el entierro de San Sebastián en la cloaca Maxima (Alejandro Ferrant y Fischermans, 1869)

18 gener 2020


La escena se ambienta bajo las impresionantes bóvedas de las cloacas de Roma, cuyos fríos muros, cubiertos de líquenes, trasmiten la humedad lóbrega e inhóspita del lugar. Varios servidores descuelgan el cuerpo sin vida de san Sebastián, maniatado y sujeto por cadenas, que se aprestan a depositar en la camilla cubierta con un lienzo con el crismón, anagrama griego de Cristo. La patricia romana Lucina contempla el descendimiento con hondo dolor en su rostro, apoyándose en una joven sirvienta que sujeta en las manos un brasero para mitigar la frialdad de la cloaca. Junto a ellas, un muchacho de espaldas al espectador sujeta un jarro y un gran manto con el que cubrir el santo cadáver. Al fondo de la composición, otra criada vigila expectante al pie de las escaleras que conducen al exterior, ante el temor de ser descubiertos.

La emocionante belleza formal de este monumental lienzo y el hondo dramatismo con que está narrado su argumento muestran claramente las facultades de Ferrant como pintor y sus especiales dotes para el género religioso.

Ferrant despliega todos los conocimientos de su aprendizaje en la ambientación arqueológica del episodio, así como su dominio de la anatomía heroica del cuerpo masculino; el cuerpo de san Sebastián y el grupo de hombres que lo sujetan constituyen uno de los fragmentos más bellos e impresionantes de la pintura española de la segunda mitad del siglo XIX.

Junto a ello, Ferrant también hace gala de sus facultades técnicas a la hora de matizar las gradaciones que dan relieve al sudario que cubre la camilla o la tenue claridad que se adivina al final de las escaleras y que perfila la silueta de la sirvienta que vigila la entrada. Con todo, el tratamiento lumínico de la escena hace concentrar lógicamente la atención en la figura de san Sebastián; soberbio ejercicio académico de desnudo del peso muerto de un cuerpo masculino inerte.


cariátides

17 gener 2020

A Esther

Desciende despacio la lluvia
por el empedrado del boulevard
y la luna, vehemente, irradia
el zaguán sombrío de las amantes.

Cristaliza la pena en la taberna
y la luz, mortecina, alumbra
la escarcha de las cariátides.

Aprender que la soledad es compañía
y el tiempo mesura la biografía.

Autor: Javier Solé


cicatrices

16 gener 2020


La mezquina mosca de mi avaricia
la coqueta guadaña de mis desgracias
la insustancial espada de mi rabia,
los invisibles abortos de mi envidia
los fulanos y menganos de mis golpes
el brazo enterrado de mi fuerza
el olor a limbo de mis tonterías
la baba sobrante de mi lujuria
las calles burlonas de todos mis vacíos
el catecismo perdido de mi tristeza
el purgatorio negado a mis errores
la incontable pólvora de mi remordimiento
la falsa ortografía de mis secretos.

Autor: Miren Agur Meabe

Ilustración: Lita Cabellut, “Portrait Coco Strong woman”


crece en mi jardín

15 gener 2020


Crece en mi jardín
una sola rosa negra
entre rojas y amarillas,
nadie se le acerca.

Muere de lluvia o de sol,
ahogada en su perfume.
Pero renace más oscura,
indemne en su poder
de no haber sido cortada.

Autor: Natalia Litvinova

Fotografía de Ara Güler


cigarro

14 gener 2020


Apuras tu vida
calada tras calada.
Mañana serás ceniza.

Autor: Esteban Maldonado

Ilustración: Lita Cabellut, “Coco Chanel”


los bardos llegaban con el verano…

13 gener 2020


Los bardos llegaban con el verano. Por los verdes caminos vagaban de aldea en aldea.

Y siempre había algún anciano que decía: «Vienen del país de la nieve, del país de los bosques y los lagos helados».

Y les agasajaban con manteca y arándanos maduros.

Pero los bardos jamás se detenían más de un día en cada aldea.

Al amanecer seguían su camino. Los niños les llamábamos llorando inútilmente.

Autor: Julio Llamazares

Ilustración: Jozef Israëls, “Niños del mar” (1872)


el desfile (Botero, 2000)

12 gener 2020


En El desfile (2000) una serie interminable de muertos en sus ataúdes son llevados por los supervivientes, sumidos en desconsuelo y espanto, hacia el cementerio del lacerado pueblo.

La violencia en Colombia siempre ha sido una de las obsesiones de Botero. Como ocurre en este óleo de grandes dimensiones, en el que se sintetiza la profusión de muertos que han inundado, por décadas, el país. Pareciera que los ataúdes sepultan a los habitantes y las calles de este pueblo, que podría ser casi cualquiera en Colombia.

Una realidad que Botero plasma en un pueblo desfigurado, con casas desproporcionadas y sin orden ni armonía.

El color que más se utiliza en “El Desfile” es el rojo y el negro. El rojo porque bien es un desfile de varios muertos, denota la sangre derramada del pueblo y el negro, por el luto y la agonía que padecen los pobladores.


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