La Chiquita piconera (Julio Romero de Torres, 1930)

22 Març 2012

 Esta carita de cera
a mí el sentío me quita.
Te voy pintando, pintando
ar laíto der brasero
y a la vez me voy quemando
de lo mucho que te quiero.
¡Várgame San Rafael,
tener el agua tan cerca
y no poderla bebé!

Es este cuadro el auténtico testamento pictórico de Julio Romero de Torres, donde sintetiza toda su concepción de la pintura y del arte. Es un retrato lleno de madurez, hondura y sosiego.

La escena de este lienzo, se desenvuelve en el interior de una humilde habitación, donde una joven sentada en una silla de anea, se adelanta sobre un brasero de cobre, sosteniendo en sus manos una badila de metal. Una puerta abierta, deja ver al fondo, el paseo de la Ribera, el Río Guadalquivir, el Puente Romano y la Calahorra, todo bajo un cielo de anochecer. Sus acostumbrados fondos de luminosos atardeceres, se vuelven aquí oscuro anochecer, presagiando quizá que la vida del maestro que se apagaba.

El hombro desnudo, el incipiente nacimiento de los pechos y las bien torneadas piernas abiertas de la joven embutidas en medias de seda presionadas por ligas de color naranja constituyen la oferta de la muchacha para brindar su joven cuerpo a cambio de alguna moneda que la libere de su humilde condición.

Lienzo de técnica casi fotográfica en el tratamiento de los planos, donde la modelo mira penetrante, no al infinito como en la pintura clásica, sino de una forma directa y próxima, donde se encuentran todos los elementos fundamentales que definen la pintura de Romero de Torres: Córdoba envuelta en brumas, siempre distante y próxima; la belleza como ideal, reflejada en la mujer; la mezcla de ardor y frialdad; de dulzura y desencanto, de arcaísmo y modernidad; de nostalgia y presencia.

Desde su juventud, Julio Romero de Torres se ganó una merecida fama de seductor y mujeriego. Tres años antes de su muerte, casi de manera obsesiva,  el único oscuro objeto de deseo en su pintura son los retratos que tenían como modelo a la joven María Teresa López. En “La Chiquita Piconera” tenía 16 años y ya el pintor estaba gravemente enfermo y había cesado de acosar a su adolescente musa.

La leyenda de este cuadro nace con la visión de esa “Lolita” que desnudaba sus larguísimas piernas y el hombro y miraba con ojos felinos al sitio donde se encontraba el pintor maduro, enfermo y con justa fama de seductor y que fue  motivo de habladurías y coplas alimentadas por la imaginería y la cultura popular. Y la musa del pintor devendría diez años después la mujer morena que cantaba la España pobre de la posguerra.

La protagonista de este cuadro, “Niña con jarra” (1928) también es María Teresa López.

En este lienzo, las facciones serenas y agradables, la mirada tranquila y el ligero gesto de melancolía retratan a la mujer con maestría, consiguiendo un efecto admirable de realidad espacial, reflejada por la intensidad de las luces en algunas zonas y fondos en penumbra.

El pintor continúa la tradición retratista de la pintura andaluza, que nos trae el recuerdo de la Escuela Sevillana barroca.


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