La voz dormida (Benito Zambrano, 2011)

1 Abril 2012

Sinopsis: En plena postguerra, Pepita, una joven cordobesa, abandona su aldea y viaja a Madrid para estar cerca de su hermana Hortensia que está embarazada y en prisión. Una vez en la capital, se enamora de Paulino, un valenciano de familia burguesa que sigue luchando en la sierra de Madrid. Hortensia es juzgada y condenada a muerte, pero la ejecución no se llevará a cabo hasta después del parto. Pepita intenta por todos los medios que le condonen la pena y, al mismo tiempo, hace también cuanto está en su mano para que le entreguen el niño a ella en lugar de darlo en adopción o enviarlo a un orfanato.

«Las cárceles y las fosas están llenas de gente que nunca tuvo ideas políticas».

Aprecio la novela de Dulce Chacón (y, en general, toda su narrativa y muy especialmente la soberbia “Cielos de barro”) y también la filmografía de Benito Zambrano (tanto esta denostada película como su extraordinario debut con “Solas”) y resulta curiosa la escisión producida entre crítica y público; la primera vilipendiando el film pese a una acogida popular extraordinaria. Admitiendo cierta academicismo es justo reconocer un pulso narrativo brillante –poco original pero de factura impecable- y un posicionamiento político beligerante pero nada panfletario. Y una adaptación concisa y lúcida, lejos del tono frío y académico, falto de emoción, de “Las trece rosas” (E. Martínez Lázaro, ) a la que gana por goleada.

Y pese a mi incondicional positiva valoración del film, no me resisto a reproducir varias críticas, todas ellas de signo contrario, que son acertadas a la vez que injustas.

 “Es una lástima que siendo La voz dormida una gran novela, La voz dormida, película, no llegue a ser una gran película. Inma Cuesta como Hortensia y María León como Pepita, llenan de humanidad sus personajes y justifican ir a verla. Pero el conjunto no consigue escapar del aroma de cartón piedra del cine de época español. Para decirlo de una forma rápida: la novela es una novela moderna sobre la guerra civil; la película es una película vieja sobre la guerra civil”.  (Nuria Vidal)

“Los personajes de La voz dormida, un grupo de presas en la España sombría y atroz de la posguerra inmediata, sobreviven entre el terror y la esperanza, se otorgan mutuamente calor, intentan mantener la ilusión de que no las van matar y de que sus seres amados del exterior van a tener la oportunidad de huir de sus perseguidores. Este universo infame, con verdugos despiadados y victimas pletóricas de dignidad y coraje, está retratado con aroma de teatro rancio, con personajes y sentimientos descritos a brochazos en vez de con pinceladas, cuidando grotescamente el maquillaje de la embarazada protagonista en medio de sus lógicamente desgreñadas colegas de infortunio. Casi todo resulta previsible, enfático y forzado en una trama que no te deja pensar por ti mismo, que intenta manipularte torpemente. No es un problema de maniqueísmo (imagino que en la realidad esas monjas, curas, carceleras, policías y militares podían ser incluso más abyectos y crueles que los que aparecen aquí) sino de que el director logre hacerte creer e implicarte en lo que está narrando. Pero la sensación de encorsetamiento, de recitado, de frases y lugares comunes, solo se esfuma cuando entra en escena el personaje que interpreta admirablemente María León. En esos momentos esta película de fórmula logra respirar, adquiere cierta vida, te conmueve el presente y el futuro de esa mujer, te hace gracia en medio de los espantos que padece, existen los matices, la entiendes y la quieres”.   (Carlos Boyero)

“Zambrano filma con su habitual academicismo formal y estilístico, sin salirse un ápice de los puntos establecidos en términos de emoción dramática y narrativa. Con una limpísima fotografía y una disposición pictórica, casi enfermiza de los elementos de cada plano, de cada secuencia, de cada espacio, el principal problema al que ha de hacer frente “La voz dormida”, más allá de no poder evitar caer en el panfletarismo de base, viene precisamente derivado de la frialdad de su puesta en escena, que termina por resultar monótona a lo largo de sus dos horas de metraje. Porque la historia necesita una vibración más auténtica que la que ofrece en su conjunto”. (José Arce)


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