La balsa de la Medusa (Géricault, 1819)

15 Abril 2012

 

“Ni la poesía ni la pintura podrán jamás hacer justicia al horror y la angustia de los hombres de la balsa” (Géricault) 

Géricault expuso Los náufragos de la Medusa en 1819. El monumental lienzo indignó a la mayoría de quienes la vieron, a pesar de que sus figuras perfectamente modeladas y el fuerte claroscuro debieron resultar familiares al público gracias al arte neoclásico. También eran conocidas las dramáticas descripciones de naufragios con los supervivientes navegando a la deriva en botes salvavidas. La causa de las iras del público fue la presunción del artista al emplear un formato sin representar ningún tema clásico, heroico o edificante como mandaban los cánones académicos.

La historia del barco francés “Medusa” fue uno de los sucesos más espeluznantes de Francia. La fragata había naufragado frente a la costa oriental africana. La tripulación abandonó a su suerte a 150 personas en una balsa. Los náufragos navegaron a la deriva trece días durante los que se sucedieron terroríficas escenas de locura, muerte, asesinato y canibalismo. Cuando finalmente se avistó la balsa sólo quedaban quince supervivientes, cinco de los cuales murieron tras el rescate. Las altas esferas ocultaron el suceso Más tarde en otoño de 1817  los supervivientes publicaron un relato que provocó una oleada  de repulsa, narración que fue inmediatamente confiscada. 

Con la obstinación propia del artista, Géricault se lanzó a transformar este escándalo en una composición que superó, con mucho, el mero  reportaje o el cuadro de género, para convertirse en una parábola del comportamiento humano en condiciones extremas. Hizo numerosos bocetos y estudios previos sobre cadáveres y restos humanos sacados de cementerios y ejecuciones públicas.

La escena recoge el momento en que los náufragos avistan la fragata que no los recogerá. Los personajes componen toda una galería de las expresiones posibles, desde la desesperación más absoluta del anciano que da la espalda al barco, pasando por los primeros atisbos de la esperanza hasta llegar al entusiasmo desbordado de los hombres que agitan sus camisas al horizonte. La visión es completamente dantesca, con la balsa medio deshecha por el oleaje, los cuerpos de los muertos, putrefactos, mutilados, desperdigados por la balsa….

El cuadro fue receptor de multitud de críticas, muy duras algunas de ellas. El autor muestra la escena con un realismo macabro, deteniéndose en la anatomía resaltada de los náufragos moribundos, para lo cual reunió decenas de cadáveres en su estudio para realizar análisis anatómicos; y componiendo las figuras a base de líneas serpenteantes y espirales, lo que imprime más dramatismo a la escena. La visión es completamente dantesca, pues la balsa está medio deshecha por el oleaje, los cuerpos de los muertos se ven putrefactos, mutilados, desperdigados… El pintor estuvo ocho meses rodeado de cadáveres y de una réplica de una balsa similar a la del suceso (creada por el autor de la original, superviviente del desastre) para poder empezar a realizar el cuadro.

A pesar de que las figuras que Géricault diseñó estaban perfectamente modeladas y del magnífico claroscuro que utiliza, que recuerda al gran Caravaggio las críticas populares no se focalizaron sobre el estilo de la obra, sino hacia su contenido. Ante los ojos del espectador, solamente desfilan la galería de expresiones humanas que componen la obra; la combinación inquietante de figuras idealizadas y la agonía que plasma con extremado realismo, así como su gigantesco tamaño y la minuciosidad de los detalles, desataron una tormentosa controversia entre los artistas de tradición neoclásica y los que tenían una opinión diferente de los temas que debía tratar la pintura.

Géricault rompió con todas las reglas temáticas del neoclasicismo en este cuadro, pero sí respetó las de la composición. Podemos observar la pirámide que forman las personas en la balsa (cuyas figuras evocan la forma de representarlas de Miguel Ángel) que está coronada por un hombre de color negro (que ondea una pieza de tela para llamar la atención de los barcos). Mediante esta composición se pretende dar solidez al cuadro, lo que contrasta con el caos del oleaje. La importancia del lugar que otorga al personaje negro puede estar en concordancia con la lucha por abolir la esclavitud que se acababa de iniciar. Por otro lado, el hombre que agita el trapo blanco muestra la esperanza por la salvación. A la izquierda del lienzo, un hombre de avanzada edad se cubre por un manto rojo dando la espalda al barco creando un punto de impacto visual hacia el cual se va la mirada rápidamente. Esta figura es antagónica a la anterior, ya que es símbolo de la desesperanza que impregna toda la escena plagada de cadáveres. Sin embargo, gracias a las diagonales en ascendente creadas en el cuadro a través de los brazos de los hombres, llegamos a la figura del hombre negro y la esperanza exaltada por la agitación del paño. El barco que salvará a los náufragos no se averigua en el lienzo, permanece como un punto minúsculo en el horizonte del enorme lienzo; unas grandes olas abaten la barca al tiempo que el viento sopla en contra, dejando a la suerte y el azar la salvación de los moribundos supervivientes.

El hacha ensangrentada es la única referencia al espantoso canibalismo descrito por los supervivientes y el uniforme tirado de un saldado francés es la metáfora del derrumbe político y militar de Francia.

Es precioso como Géricault plasma el viento en los personajes. Mientras el anciano con el llamativo manto rojo ha curvado su cuerpo a favor del viento, como sinónimo de rendición a la muerte, los jóvenes de la pirámide contonean su cuerpo en contra intentando salvarse del trágico destino. Podemos observar que la colocación de los personajes no es arbitraria, sino que en la parte inferior ha colocado a cadáveres y al anciano, y encima a los que buscan la salvación, contraponiendo en ese poco espacio los dos grandes temas de la muerte y la vida respectivamente. 

La Balsa de la Medusa fue el cuadro insignia del movimiento romántico francés, por su tono apasionado y tétrico, con el hombre desconocido como protagonista absoluto de la historia.

Pero también abrió nuevos caminos al arte al facilitar el terreno para la protesta política ya que el incidente se entendió en su día como una metáfora de la corrupción reinante en el país a la caída de Napoleón donde el incompetente capitán que había obtenido el puesto por influencias políticas abandona la fragata en un bote salvavidas, junto al resto de oficiales, y deja a su suerte al resto de la marinería a la que considera socialmente inferior.


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