Monje a la orilla del mar (Friedrich, 1809)

“En infinita soledad, a orillas del mar, resulta maravilloso contemplar un desierto de agua sin límites bajo un cielo cerrado. A ese sentimiento se une la necesidad de tener que desplazarse hasta ese determinado lugar, que de él haya que regresar, el deseo de superar ese mar, saber que no es posible, y advertir la ausencia de cualquier tipo de vida, aunque oigamos su voz en el rumor de las olas, en el soplido del aire y en el movimiento de las nubes.”

“Es magnífico mirar sobre un desierto de agua sin límites desde la soledad infinita de la orilla, bajo un cielo nublado. Para ello es necesario haber ido hasta allí, añorar todo lo que se desea para vivir y, a pesar de ello, oír la voz de la vida… y así yo mismo me convertí en el capuchino… Nada puede ser más triste y más insoportable que esta posición ante el mundo: ser la única chispa de vida en el amplio reino de la muerte, el solitario centro del círculo solitario. El cuadro con sus dos o tres misteriosos objetos se presenta como el apocalipsis…”

(Heinrich von Kleist describiendo el cuadro de Friedrich).

En la precaria orilla, sobre una leve duna
soy un cuerpo en penumbra, una interrogativa
silueta que contempla el horizonte incierto,
perplejo frente al mar vacío de veleros.

Y pienso en el desorden nevado de la muerte.

 Santos Domínguez Ramos, fragmento del poema inspirado en el cuadro de Friedrich

Blog en bosque extranjero:   http://santosdominguez.blogspot.com.es/

El monje frente al mar (1809) fue considerado ya desde su primera exposición pública un cuadro memorable; adquirido por el joven príncipe heredero Federico Guillermo en la exposición anual de la Academia de Berlín —junto a su pareja “Abadía en el encinar “— causó una enorme conmoción y perplejidad en los círculos artísticos alemanes

Friedrich creó aquí una composición de tres superficies de proporciones extremadas y con ello la obra más radical del romanticismo alemán: playa, mar, cielo. El cielo, un muro impenetrable que se desgarra hacia la altura, ocupa tres cuartas partes del lienzo. La inmensidad azul reduce el mar, la tierra, el hombre y el animal a una existencia diminuta. El océano, por el contrario, ocupa una zona delimitada. Sus olas, coronadas de espuma se convierten -desde un punto de vista cósmico- en un elemento dominado. La playa bañada por el oleaje, en el sentido habitual, no existe. Ante un mar casi negro la franja de arena con dunas destaca en un tono gris-blanco, débilmente azulado. La costa de color claro es la única base sólida. Todos los elementos de vida, las hierbas sobre las dunas, o las gaviotas que vuelan hacia la lejanía, son elementos aislados, apenas perceptibles.

Su composición es tan aparentemente sencilla como arriesgada: una superposición extrema de tres superficies horizontales de distinta dimensión y potencia visual —playa, mar y cielo— en un tenso equilibrio isostático, inestable e imperfecto, sin apenas otro elemento significativo que el monje en soledad. El cielo —aire húmedo y frío—ocupa casi 4/5 partes de la superficie del cuadro y constituye un muro casi impenetrable para nuestros ojos, comprimiendo con su gélida vastedad las otras franjas inferiores de realidad que contemplamos: el mar oscuro, casi negro, y sus olas espumantes… la playa levemente ondulada, grisácea. En la playa, frente al mar y el cielo desmesurados, inmerso en el espectáculo del amanecer, un monje de hábito marrón —un hombre solo— evidencia su diminuta estatura física ante la enormidad del universo… al tiempo que nos sugiere la profundidad de sus pensamientos, su grandiosidad existencial…

Esta obra nos muestra lo sublime, la pequeñez del monje frente al océano. Aquí recoge el ideal de contemplación del místico solitario pero también el de trascendencia. Plasma la idea del transito al más allá a través de una contemplación desde la orilla las luces del amanecer en el cielo, siendo la tierra identificada con el mundo terreno y el cielo con la salvación. Así, el sol aparece entre las nubes como una promesa de felicidad eterna. El espacio ocupado por el mar, de aspecto oscuro y salvaje, separándonos de la luz, representa al pecado y a la dureza de la vida.

En la estrecha franja de tierra vemos un hombre solo. El monje en hábito marrón oscuro se confronta al universo. Consciente de su inferioridad ante la inmensidad, se enfrenta a los elementos que le rodean y encarnan la categoría de lo “sublime”, según Burke. Sin embargo, la posición del monje parece segura: él confiere acento y medida a la composición. Su posición dominante se halla en el punto en el que la línea de la orilla forma un ángulo obtuso. Con gesto de tristeza apoya la cabeza en la mano. El hombre desamparado alza la mirada al cielo, que se aclara. Con la figura del monje, alejada de lo cotidiano, Friedrich crea un efecto de distanciamiento, pues ¿qué hace un monje en una playa? Su celda y su espacio de meditación es el mar y no el monasterio. El motivo nos lleva a pensar en un anacoreta, una persona que se ha retirado del mundo. Lo externo, el universo, refleja así lo interno, el estado de ánimo. El monje está rodeado de un paisaje, que en el sentido de Friedrich, está potentemente definido como creación divina.

Interpreto al monje como un hombre sobrecogido, pero también lúcido, en el amanecer de sus dudas existenciales, quizás teológicas. Algunos autores, como Kleist, han especulado que el monje es el mismo Friedrich… ¿Qué misterios contempla a estas horas de la mañana el monje-pintor? ¿Es una alegoría sobre la vastedad de la muerte —nada y silencio indeterminados— que tan cerca había experimentado Friedrich con la reciente muerte de su padre? ¿Es el pintor abrumado por su responsabilidad frente a la total plenitud de la Naturaleza? ¿O, por el contrario, una alegoría del pintor ante el inmenso e indeterminado vacío de la tela desnuda? —Qué terrible sensación de soledad, dios…

El monje se halla absorto. Su breve silueta es, apenas, un minúsculo accidente que no llega a turbar el predominio de los tres reinos. Tierra, mar, cielo, tres franjas infinitas empequeñecen la presencia del solitario; posiblemente también el gran ruido del silencio le anonada. La inmensidad le causa una nostalgia indescriptible y, asimismo, un vacío asfixiante. La antigua grandeza, perdida en el horizonte, le es retornada en forma de angustia: el mar se abre a sus pies como un fruto dulce y amargo.

 

 ”Necesito la soledad para conversar con la naturaleza

Abadía en robledal” formó  pareja con Monje en la orilla del mar. Hasta la fecha no había realizado obras de semejantes dimensiones. Como la anterior, fue expuesta en la Academia de Berlín en septiembre de 1810 y adquirida por Federico Guillermo III de Prusia a instancias de su hijo.

La mayoría de los estudiosos han resaltado su profunda espiritualidad; se representa un funeral en un paisaje de invierno. Los monjes portan el ataúd a través de una portada gótica, en la que se puede apreciar un crucifijo flanqueado por dos pequeñas luces. Estas ruinas góticas, se han identificado con las del monasterio de Eldena, junto a la costa báltica. El camino serpentea por un cementerio cubierto de nieve, lleno de tumbas irreconocibles.

Hay una espesa niebla; las encinas se alzan sobre el cementerio como símbolo de perdurabilidad. A pesar de asemejar un bosque, ninguna encina se superpone a otra. Es un árbol sagrado desde la Antigüedad.

Con esta obra, Friedrich traza la prolongación de su pareja, el ‘Monje en la orilla del mar’. Si allí él era el monje meditabundo, solo ante la muerte, en ésta prefigura su propio funeral.

La zona superior, que simboliza el reino de los cielos, es intensamente luminosa.. Las ruinas son una alegoría de la religión del pasado, en oposición a la fuerza vital de las encinas y la luz celestial. La naturaleza ha vencido a la iglesia; la muerte es inevitable e ineludible y ello nos invita a meditar sobre la vanidad y futilidad de lo humano, como lo hacía el monje Friedrich junto al mar.

5 respostes a Monje a la orilla del mar (Friedrich, 1809)

  1. Pau escrigué:


    Friedrich me pone los pelos de punta.

  2. blocdejavier escrigué:

    Lo sabía, preparé esta entrada para ti al descubrir la imagen del cuadro en una comparación que se hacía con otro de Goya (“El perro”) que muy pronto aparecerá por aquí con un poema de Goytisolo. Esta pintura no es de mis favoritas pero su interpretación si.

  3. Pau escrigué:


    Ohh… gracias J., infinitas🙂

  4. […] Monje a la orilla del mar, Friedrich (1809) […]

  5. Super bonitos los cuadros

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