Pastora con su rebaño (Millet, 1893)

25 Octubre 2012

En Pastora con su rebaño una joven cuyo trabajo es vigilar unas ovejas que están paciendo, se dedica a coser con un calcetín  marrón, dejando el cuidado de los animales a un pequeño perro negro  Este género de idilio agreste es propio de muchos de los cuadros de Millet.

La calma, la serenidad y la armonía, triunfan en este lienzo. Vestida con una capellina de lana y con una capucha roja en la cabeza, una joven pastora (tal vez la propia hija del pintor) se mantiene en pie delante del rebaño. Hace punto, bajando la mirada hacia su labor. En un paisaje monótono, que se extiende sin el menor accidente hasta la lejanía, está sola con los animales. El rebaño forma como una mancha de luces ondulantes, con los reflejos de las llamas del sol poniente. La escena es admirable debido a precisión y melancolía. Millet ha sabido observar hasta los más mínimos detalles, como las florecitas del primer plano. Juega con la perfecta armonía de los azules, de los rojos y de los dorados. La escena es de lo más apacible y seduce a todos aquellos que prefieren la evocación de los idilios campestres a la de la miseria campesina.

Millet sintió toda su vida una fuerte nostalgia de lo rural, cuestión nada difícil de entender si tenemos en cuenta que había nacido en el seno de una familia de campesinos. Por regla general, en las primeras décadas del siglo XIX ser campesino era prácticamente equivalente a ser pobre y era casi seguro que quien había nacido en el seno de una familia de esa clase acabaría heredando la condición de sus padres. No fue éste el caso, sin embargo, de Jean François Millet (1814-1875) quien tras evidenciar en su primera juventud sus aptitudes para el dibujo, tuvo la enorme suerte de poder estudiar pintura en París, gracias a la obtención de una beca. Inició así una carrera consagrada a la pintura que ya no se interrumpiría hasta su muerte. Lograba con ello burlar a un destino que parecía condenarlo a las faenas agrícolas.

Millet no se olvidó nunca de sus orígenes. Aunque en sus primeros momentos se dedicó a pintar cuadros de tema mitológico, pronto descubrió que el mundo de lo rural y la vida de los humildes campesinos que él mismo había conocido en su infancia podían ser también un tema lo suficientemente atractivo como para ser llevado al campo de la representación pictórica. Y no sólo eso: en 1849 se instaló en Barbizon, una aldea relativamente cercana a París, dando así una clara muestra de desapego al mundo urbano que a mediados del siglo XIX crecía aceleradamente en Francia como consecuencia de las transformaciones de todo tipo que se estaban desarrollando con la revolución industrial.

No fue Millet el único que adoptó esa decisión. Por la misma época otros artistas siguieron ese curioso retorno a lo rural, hasta el punto de que suele emplearse la denominación de Escuela de Barbizon para definir el tipo de arte realizado por este grupo de pintores que pretendían reflejar la naturaleza en sus obras, a través de la representación del paisaje, tratando al mismo tiempo de plasmar los efectos de la luz, para lo cual solían realizar sus cuadros pintando al aire libre. Desde ese punto de vista, los pintores de la Escuela de Barbizon, a medio camino aún entre el romanticismo y el realismo, pueden ser considerados  antecedentes directos del impresionismo.

“Otoño” (1874)

En Otoño, acabada la siega, se han ido las espigadoras y se deja a pastar a las ovejas. Más allá de los montones de heno se encuentran la llanura de Chailly y los tejados de Barbizon.

La cosecha ha sido recogida y tres enormes pajares dominan el lienzo; están pintados en el estilo distintivo de todos sus pajares. Al pie de uno de ellos, un pastor se apoya en su bastón, descansando de su trabajo mientras su rebaño espiga entre los rastrojos.

El campo se abre a la llanura alrededor de Barbizon, el campo abierto donde se habían realizado muchas de las pinturas de Millet. Arriba, el cielo está lleno de pájaros arremolinados, iluminados en blanco contra la nube gris púrpura de una lluvia de construcción.

Millet vivió de forma humilde en Barbizon prácticamente el resto de su vida. Pero a él no sólo le interesaba el paisaje natural, sino las labores que los seres humanos realizaban sobre él. De esa forma, muchos de sus cuadros se pueblan de humildes campesinos, de hombres y mujeres rurales sorprendidos en las faenas habituales de la vida cotidiana como la siembra o la siega. Sus obras pueden encuadrarse dentro de la pintura realista, ya que no hay en ellas ningún tipo de idealización, aunque tampoco pueda apreciarse interés por efectuar crítica social de algún tipo. Millet se limitaba a contar son sus pinceles lo que veía y, sobre todo, lo que el mismo había vivido en su infancia. Y eso le parecía suficiente. Pura nostalgia de lo rural.


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