Ciencia y caridad (Picasso, 1895)

Este cuadro se considera la última gran obra academicista del joven –jovencísimo, sólo tenía quince años cuando lo pintó- Picasso.  Se trata de una obra esencial en la etapa de formación del pintor malagueño, cuyo tema se enmarca en el realismo social tan presente en la segunda mitad del siglo XIX

Es conocido en el ámbito artístico que el padre de Picasso, José Ruiz Blasco, fue un pintor mediocre y con poco éxito, por eso proyectó en su hijo sus aspiraciones. Quiso enfocar su carrera hacia el éxito académico y, para que el joven artista participara en la Exposición Nacional de Bellas Artes, lo guió hacia un tema que unía la medicina moderna y el socorro asistencial, según un modelo de moda que había que imitar. Su padre sabía que un cuadro de estas características sería del agrado del jurado pues la caridad y una visión edulcorada de la miseria es siempre del agrado de las mentes pudientes y conmueve los corazones tanto de las clases acomodadas como del jurado. Éxito seguro sin asumir riesgos.

En la obra se representa a un médico y a una monja con un niño, personajes que rodean a una mujer enferma –se supone que la madre de la criatura- que se encuentra acostada en una cama.

El médico, sentado mientras toma el pulso a la mujer -una enferma de aspecto lánguido y desnutrido, a punto de fallecer- observando su reloj de bolsillo, encarna la ciencia. La caridad está representada por la monja-cuya presencia en los hospitales solía ser habitual- que, con el niño –futuro huérfano- en brazos, ofrece a la moribunda un tazón de caldo reconfortante. La habitación es mísera, a juzgar por el aspecto de las paredes, la ventana permanece cerrada y la decoración es sobria, prácticamente desnuda.

Todo el cuadro está estructurado de manera que toda la atención se concentra en la figura de la enferma.

Según las investigaciones el propio padre del pintor está representado en el médico. Por otra parte, aunque se trate de una obra preparada concienzudamente para ganar el certamen, la temática no le es ajena al pintor pues responde a una situación familiar vivida durante la infancia. Se trata de una enfermedad grave de la madre de Pablo. Curiosamente, las radiografías y estudios del cuadro muestran un ennegrecimiento en la cara de la enferma, lo que evidencia “numerosos retoques”, como si al pintor le hubiera costado encontrar el efecto deseado, esa cara pálida que representa el tránsito entre la vida y la muerte, la salud y la enfermedad. Como si junto al desafío técnico de plasmar el sufrimiento se superpusiera el infinito dolor real y tangible de la madre enferma.

Finalmente, la unión simbólica de ciencia y caridad  aunaba entonces el progreso social con la visión humanista y filantrópica como si el debate eterno entre razón y fe aún perviviera. Es más, aún hoy la necesidad de no olvidarse que la caridad es una forma de solidaridad y que los enfermos –todavía con mayor intensidad los desahuciados-  precisan paliar el dolor físico con todos los avances científicos sin olvidar reconfortar el alma.

Entre las diversas fuentes de inspiración de Picasso consta acreditada la influencia directa de la obra de Paternina García-Cid, “La visita de la madre” (1892).

Conviene tener presente que la pintura hospitalaria, como subgénero del realismo social, alcanzó su punto álgido en las décadas de 1880 y 1890 y acaparó numerosas distinciones en las exposiciones internacionales.

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