La absenta (Degas, 1876)

El Café de la Nouvelle-Athénes era el nuevo centro de reunión de varios pintores tras abandonar el Café Guerbois y semillero de la bohemia intelectual. Es también el lugar en el que se desarrolla una de las obras más conocidas de Degas, posando para la ocasión la actriz y modelo Ellen André y el grabador Marcel Desboutin. Ambos se sitúan tras una típica mesa de café y delante de los espejos que adornaban las paredes del local. Encima de las mesas encontramos una bandeja con la botella de absenta, la copa de licor y un vaso que contenía una bebida no alcohólica, según el testimonio de la protagonista. La mujer aparenta ser una prostituta de las muchas que había en aquellos momentos en París, llegadas del campo ante la promesa de trabajo y la esperanza de una vida mejor.

Su afición por el alcohol sugiere la incorporación de la mujer a los vicios que hasta ahora eran exclusivos de los hombres. El gesto de desprecio y ausencia de la dama es una de las notas características de la pintura. Junto a ella contemplamos al hombre, indiferente ante la mujer que le acompaña, resultando difícil saber cuál es la relación existente entre ambos. El hombre y la mujer, a pesar de estar uno al lado del lado, están encerrados en aislamiento silencioso, sus ojos vacíos y tristes, con características de caída y un aire general de la desolación. Quizá sea una alusión a la desesperanza de esa nueva sociedad industrial que se está creando, totalmente individualista y despreocupada de los problemas de los demás.

Esta es quizás la obra que mejor representa el estado de decrepitud y de soledad que envolvía a las mujeres que acabarían desembocando en la prostitución como única vía de escape para la supervivencia: los hombros hundidos, los ojos abatidos y de mirada indiferente, perdida; los pies separados; el vestido arrugado. No existe comunicación entre las dos figuras, que pese a estar sentadas una al lado de la otra, parecen pertenecer a dos mundos paralelos.

Sabemos que es una escena matinal por la luz grisácea que se aprecia entrando por la ventana. Es una de las imágenes de Degas más devastadora de la vida pública parisina. Nos muestra sin tapujos la cara posterior del mundo del espectáculo en contraposición a las elegantes sesiones de ópera o a los enternecedores bailes burgueses que copaban el interés de su contemporáneo Renoir.

En esta obra, Degas alude directamente a uno de los principales problemas de la sociedad parisina de su época, el elevado grado de alcoholismo de la población – de las mujeres mediante el ajenjo (absenta), una bebida considerada terrible por sus fuertes efectos instantáneos, que se había convertido en el blanco favorito del movimiento moderado francés. Y aún hay más, porque esta bebida la coloca delante de la figura femenina y no de la masculina, como queriendo enfatizar todavía más el problema: su afición por el alcohol sugiere la incorporación de la mujer a los vicios que hasta el momento eran exclusivos de los hombres.

La mujer bebiendo ajenjo se convirtió en una metáfora del lado oscuro de la Modernidad. Es sinónimo de la soledad y el desamparo, del anonimato y de la dureza de la vida moderna.

Lo que aparentemente parece una obra realizada de manera rápida y casi sin pensar resulta una escena sumamente estructurada. Las líneas verticales y diagonales organizan la composición, preocupándose por la profundidad al reflejar a las dos figuras en el espejo y situar las mesas en sucesivos planos. Los colores también han sido profundamente estudiados, con el ya tradicional contraste entre los tonos oscuros del traje de Marcel y los colores claros de la blusa y el sombrero de Ellen. De esta manera acentúa el contraste de ambas personalidades. La luz tiene un papel importante en esta imagen: resbala por los modelos y crea tibias sombras, distribuidas de manera acertada. Los reflejos de luz en el mármol y en los cristales se consiguen gracias a un ligero toque de color blanco. Precisamente la pincelada es bastante suelta, apreciándose los rápidos toques del pincel, sin olvidar la existencia de una destacable base de dibujo. La influencia de la estampa japonesa se aprecia en esta escena por la doble perspectiva utilizada; así, se ofrece una visión desde arriba para las mesas y frontal para las figuras. Haber cortado la rodilla y la pipa de Marcel muestra la influencia de la fotografía, siendo éste un rasgo de modernidad.

El estilo del cuadro ofrece la impresión de una instantánea tomada por un espectador en una mesa cercana. Pero esta impresión es engañosa porque, de hecho, el efecto de la vida real es cuidadosamente ideado. El cuadro fue pintado en el estudio y no en el café.

En la segunda mitad del siglo XIX es habitual la pintura de mujeres solitarias bebiendo y retratar vidas degradas por el alcohol o la prostitución –o ambas cosas a la vez-.

Probablemente la versión más profundamente retrograda de estas pinturas sea la del pintor vasco Díaz Olano que en “Arrepentida” (1896) –el título ya es toda una declaración de principios morales cristianos conservadores-  da una visión trágica donde un fondo con iconografía religiosa revela unas malsanas intenciones de redención.

Por el contrario, conforme a una sociedad más abierta, la visión de mujeres solas en la pintura de la segunda mitad del siglo XX responde a una óptica que refleja unas veces soledad u otras desamor, tedio existencial o erotismo. Entre las muchas opciones posibles se ofrecen dos: Joseph Lorusso y Rob Hefferan.

Els comentaris estan tancats.

%d bloggers like this: