la pesca del atún en Ayamonte (Sorolla, 1919)

Sorolla - la pesca del atún en Ayamonte (1919)
“…Ayamonte es exacto de color y construcciones a Tetuán, iguales pisos, sólo faltan los moros. Yo espero que dentro de pocos días tendré el asunto bueno para mi cuadro, porque aquí se pesca el atún en grandes cantidades, además tengo enfrente Portugal, separándoles el río Guadiana que tiene kilómetro y pico de ancho, hermoso, estupendo, y toda la ribera de Ayamonte tiene barcas, vapores, lanchas, etc, infinidad de vapores pequeños y gasolineros transportando continuamente gentes de Portugal a España, y ésto es lo que yo quisiera ver de realizar…”
(J. Sorolla)

¿Qué vemos en “La pesca del atún” que tanto nos fascina? Luz, sobre todo luz. Luz vestida de blanco y azul, como le gusta a Sorolla. Luz que se refleja en las plácidas aguas de la ancha desembocadura del Guadiana, y ciega. Luz que ilumina y descubre la ribera portuguesa en el horizonte. Luz que se estampa en la toldilla quebrantándose en tonalidades amarillas para bañar suavemente toda la escena. Luz de plata en el frío lomo de los pescados, que aviva el rojo de la sangre esparcida por el suelo de la almadraba. Es la luz de la primavera en las costas del sur, frente a África, que despierta ahora este movimiento febril en la población: llegan los grandes atunes y la pesca hoy ha sido abundante. En el centro, tres hombres arrastran un ejemplar gigante, para colocarlo ordenadamente junto a los otros que reposan alineados. A la izquierda, un grupo de pescadores portugueses ataviados con trajes típicos aguardan tranquilos su turno: el despiece y salazón.

Esta pintura de Sorolla es una genialidad. La escena principal describe el almacenamiento de atunes recién pescados en la almadraba el momento elegido muestra tres hombres en el centro que arrastran un atún gigante para colocarlo ordenadamente junto a otros trece que ya reposan alineados en el suelo; en una plataforma inferior que es el muelle al que accede la barcaza hay nuevos atunes de los que se ocupan un grupo de hombres; amarradas a puerto están varias barcazas más, mientras otra, un vapor y dos veleros circulan por el río.

El río Guadiana en toda la amplitud de su desembocadura se extiende plácidamente, con azul luminoso matizado de blanco brillante en representación de los reflejos plateados del sol sobre la superficie; encima del río, apenas separadas por la delgada línea del horizonte que se extiende transversalmente a lo largo de todo el lienzo y que representa Portugal, aparece el cielo, aquí ampliamente tocado de amarillo como reflejo visual de todo. Hay una explosión de colores: azul blanco, amarillo como estructura principal del toldo pero también el rojo de la sangre de los pescados extendida por el suelo de la almadraba.

“Recuerdo a mi bisabuelo en la forma de la imagen de un niño sentado en su regazo, escuchando historias de marineros y las letras sin música de una folía traída de Lanzarote. Imagino su barco saliendo al alba por la bocana del Guadiana, virando a babor, con la proa enfilada hacia la barra de la Costa de la Luz, buscando un banco plateado sobre el que echar las redes de cerco.

Al final de la primavera, un viento fuerte de poniente acercaba a las costas a los atunes que se dirigían a desovar al Mediterráneo. En septiembre volvían debilitados, empujados por el levante, con la morfología cambiada, sin saber que pesqueros de bajura guiados por marineros de Ayamonte e Isla Cristina saldrían a su encuentro. Cada año se repetía el ritual de los atunes rumbo al estrecho y, con ellos, un trajín de pescadores, rederos, conserveros y comerciantes que vivían en torno a la pesca del atún, desde el Guadiana hasta la punta de Tarifa.

Imagino el barco de mi bisabuelo llegando a puerto, descargando los atunes rojos entre una algarabía de gaviotas y la mirada atenta de niños que aparcaban sus aros y sus canicas para observar el festival de la descarga. Una tarde de 1919, Sorolla esperaba a su barco en el puerto de Ayamonte, para inmortalizarlo en óleo sobre lienzo en medio de atunes desgarrados por las agallas, bajo un cielo anaranjado por un sol que se dejaba caer sobre el castillo de Castro Marim. El pescado llegaría al mercado, a la cocina de alguna taberna de marineros o a la conservera de los Hermanos Concepción. Quizás acabaría impregnado de aceite, quién sabe, empujado al fondo de alguna lata por las manos de mi tatarabuela.

Mientras el cuadro viajaba en alguna bodega hacia la biblioteca de la Sociedad Hispánica de Nueva York, mi bisabuela cruzaba el Guadiana por su desembocadura, como los atunes, para dar a luz a un hijo isleño, que volvería rumbo al oeste, a ver la luz de la vida bajo el faro de Vila Real do Santo Antonio. Su juventud está ligada a la pesca del atún, como la vida de su padre, del que se decía que era el mejor conocedor de aquellos fondos marinos, y la de su hermano, que cosía las redes rotas por los aleteos de los atunes.

Pasé muchas tardes de mi infancia en la mesa camilla de mis abuelos, calentado por un brasero, escuchando historias de pescadores. Escuché que del atún se aprovecha todo: las ventrescas magras de los atunes de verano encebolladas, los lomos prietos de los atunes de primavera transformados en tacos de mojama en salazón, la piel y las espinas convertidas en harinas de pescado.”

http://sergioimpresiones.blogspot.com.es/2007/03/la-pesca-del-atn.html

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