El doctor (S. Luke Fildes, 1891)

Luke Fildes - The Doctor (1891)

“No necesito un hijo que me quiera,
ni que sea feliz, ni hermoso,
ni que triunfe y me sonría,
ni un hijo que me cuide,
me proteja, me tutele.
Necesito, simplemente,
un hijo que me sobreviva
y al que poder amar hasta el final.
Si me faltara,
¿qué haría yo con tanto amor
como me crece para él
cada mañana?”

(Begoña Abad)

Samuel Luke Fildes (1843-1927) fue un pintor e ilustrador inglés nacido en Liverpool. A la edad de 17 años se interesó por la pintura y el dibujo como medios para impresionar y sensibilizar al público acerca de la pobreza e injusticia en la época victoriana y provocar algunas reacciones sociales y caritativas que aliviaran esos problemas.

En la navidad de 1877, Philip, su hijo mayor, murió al año de vida a causa de una tuberculosis, pese a los esmerados cuidados del Dr. Murray, médico de la familia. Fildes impresionado y agradecido del compromiso de este médico por intentar salvar a su hijo, le hizo un homenaje al pintar este cuadro cuando años más tarde.

“El Doctor” es el recuerdo de esta experiencia trasladada al lienzo y adaptada al contexto social requerido. La escena presenta una estancia pequeña, la única dependencia de la vivienda, con la sala transformada momentáneamente buscando un espacio para acomodar a una niña enferma a la que se ha instalado en un improvisado lecho.

La escasa luz natural que entra en la habitación, lo hace por un ventanuco en el ángulo superior derecho y nos permite vislumbrar esa estancia y los enseres con los que cuenta. La altura es poca, a ello contribuyen las vigas de madera descubiertas, de las que cuelgan varios objetos; las paredes están desnudas, tan sólo un grabado enmarcado viste la pared del fondo; los restos de humedad, en el marco de la ventana, son evidentes; la ropa tendida de un lado a otro; los haces de leña apilados debajo de la mesa; el pavimento no tiene más cobertura que una pequeña estera que no alcanza a todo el suelo, que está sin barrer.

El mobiliario pobre y de distinta procedencia, hay varias sillas y ninguna es igual; el artesanal banco de madera, junto a la cabeza de la paciente, sirve de apoyo a la jofaina de barro, la jarra de loza y el paño que en cualquier momento pueden ser requeridos para aliviar a la enferma. Es como si todo lo disponible en la vivienda se hubiera puesto al servicio de ese ser indefenso y las tareas cotidianas se hubieran interrumpido ante la enfermedad.

La sensación de poco espacio se acentúa al ocupar las dos sillas, sobre las que reposa el cuerpo de la niña y que hacen de lecho, el centro de la composición. La débil luz natural ha obligado al médico a reorientar la pantalla del quinqué para poder apreciar el más leve indicio de cambio en el rostro exangüe de la enfermita, que parece hundirse en el gran almohadón. Su brazo izquierdo cae inerte, mientras el otro está doblado sobre los paños que la cubren. Este primer plano se completa con la figura del médico, que sentado y representado en tres cuartos mira expectante a la niña. Una diagonal une la mirada del pensativo galeno con el rostro de la criatura.

La gama cálida tanto de las telas que tapan a la niña como de la levita del doctor nos aproximan la escena. En un segundo plano, los padres de la enferma. Los rasgos de él, están esbozados, es una persona anónima ante un dolor universal; su mirada está pendiente del doctor, depositario de la ciencia y portador de la esperanza. La madre, sin embargo, parece abatida, oculta el rostro, mientras junta sus manos en actitud implorante, y el cabeza de familia trata de consolarla apoyándole su mano en el hombro. Los dos planos, a pesar de la separación marcada por los respaldos de las sillas, están relacionados por la serie de diagonales que se establecen entre los protagonistas de la escena: la mirada del padre hacia el doctor y la de éste hacia el rostro de la niña.

“en la ventana de la habitación el amanecer está llegando -el amanecer es el tiempo crítico de toda enfermedad mortal- y con él los padres recobran esperanzas en sus corazones, la madre ocultando su rostro para no mostrar su emoción, y el padre apoyando su mano en el hombro de su esposa como para dar confianza en los primeros atisbos de la alegría por la esperada recuperación de su hija”.

(Luke Fildes)

El cuadro refleja maravillosamente el humanismo ideal de la relación medico paciente: la preocupación, la atención y al mismo tiempo el cariño que expresan los personajes y que trasciende a la pintura.

Es muy probable que Picasso se inspirará en esta obra para su composición “Ciencia y caridad” (1897).

 

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