ancha vida

Toulouse-Lautrec - Dance at the Moulin Rouge (1889)
A vivir se aprende tarde. Mientras casi ni existimos.
Nos quejamos de la vida porque no da tiempo a nada.
Y queremos que perdure con sus pros y con sus contras,
que se alargue y se descorche un nuevo tour con más etapas.

Pero no nos damos cuenta en la brevedad abnegada
de que el tramo más valioso rara vez es el más largo;
porque no es cuestión de tiempo y es vivir una sorpresa
que no entiende de estaciones ni se mide con los años.

Que seremos más felices si vivimos a lo ancho.
Y para eso hay que inventarse cada día y cada mundo:
ir a Japón, leer libros, abrazar brazos cruzados,
escribir, aprender magia o apuntarse a algunos cursos.

Todo vale, mientras se haga; lo importante es hacer mucho
porque dura siempre poco hasta la vida que más dura;
no sabemos cuánto queda pero sí hay algo seguro:
una vida nunca es corta si se vive con anchura.

Autor: Rafael Sarmentero

Ilustración: Toulouse-Lautrec, “baile en el Moulin Rouge” (1889)

La inauguración del “Moulin Rouge” en 1889 supuso para Toulouse-Lautrec uno de los momentos más felices de su vida ya que se iniciaba una fructífera relación con el local de moda más importante de Paris. Los bailes, las atracciones musicales y las bailarinas harían famoso este lugar.

Diversos personajes interactúan entre ellos, se apoyan en la barra del bar, discuten y observan a las bailarinas. Gracias a la línea pictórica que guía el ojo hacia los personajes en segundo plano a través de una hábil disposición de los elementos sobre la tela. Allí se entrevé a un hombre con la cara de calavera y a la bailarina Jane Avril, musa del pintor. En ese segundo plano están retratados amigos del pintor, los también pintores M. Guibert, F. Gauzi y Marcellin Desboutin y el fotógrafo P. Sescau.

En frente de ellos, a la izquierda del cuadro, Valentin-le-Désossé (Valentín el descoyuntado), famoso vividor de la época, dirige a otra bailarina, anónima. Es pelirroja y fuerte, lo que hace pensar en La Goulue en una actuación en público. El movimiento de estos bailarines contrasta con la quietud del público. En el primer plano, una elegante dama con vestido rosa y sombrero.

El colorido empleado por Toulouse-Lautrec es muy vivo. La alegría del local ha sido captada perfectamente, lo que demuestra su integración plena en él.

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