història natural

Arturo Michelena - El niño enfermo. (1886)
He tractat amb la mort.
L’he sentit colpejar com una mosca
en la claror del vidre i l’he observat
vagant pel cel de tarda de llevant
en el calmós anyil.
M’he trobat amb al metge en la visita
tan cerimoniosa del capvespre
i he assentit a tot per no parlar.
Formem part del fons fosc d’una pintura
que en primer pla té la finestra encesa
de la cambra on s’acaba la Joana.

Autor: Joan Margarit

He tratado a la muerte.
Puedo oírla golpear como una mosca
en la luz del cristal, y puedo verla
por levante en el cielo de la tarde
en su calmoso añil. Me encuentro
al médico durante la visita
ceremoniosa del anochecer
y, con tal de no hablar, asiento a todo.
Formamos parte del oscuro fondo
de un cuadro en el que surge, en primer plano,
la ventana encendida de este cuarto
donde nuestra Joana está acabándose.

Ilustración: Arturo Michelena, “El niño enfermo” (1886)

Uno de los más grandes pintores del siglo XIX, el venezolano Arturo Michelena, realizó una obra espectacular hacia 1886. Se trata del “El niño enfermo”, que ganará medalla de oro en el salón del artista en París en 1887. Es una pintura en donde aparece un niño en una cama, su madre preocupada observa atentamente al médico quien le da las indicaciones para la mejoría del pequeño. El padre del niño se encuentra en la cabecera de la cama alerta a las explicaciones del galeno. La hermana menor está alejada, probablemente asustada, cerca de la ventana, viendo con cierto temor al facultativo.

Es una magnífica obra de estilo realista; La escena transcurre en la habitación de una casa de clase media en cuya cama cuidadosamente vestida, yace un niño entre 8 y 10 años de edad, con un cuadro de fiebre alta probablemente precedida de escalofríos, ya que permanece quieto en su lecho protegido por una cobija y arropado por una gruesa manta en un ambiente en el que la temperatura debe ser cálida, pues por la ventana cuya cortina ha sido cuidadosamente recogida penetran los rayos del sol, iluminando la estancia y produciendo un juego de luces y sombras sobre las almohadas que soportan su cabeza.

La madre sigue con atención las indicaciones del médico, en su rostro hay preocupación mas no desesperanza. Michelena se ha cuidado de colocarla en primer plano para resaltar la importancia en la protección del menor, mientras que el padre se asoma tímidamente en el área obscura de la habitación, como una figura menos relevante. Está impecablemente vestido y menos preocupado que su mujer, confiado en la prescripción del doctor.

El médico, de pelo y barba encanecida, tiene un rostro sereno. En su mano derecha sostiene un pequeño empaque que probablemente contiene uno de los medicamentos que ha indicado, mientras que en la mesa reposa un frasco con algún jarabe que ya el pequeño enfermo ha tomado y una taza que contuvo alguna infusión caliente que seguramente le aplicó su madre.

En la escena no hay dramatismo, no hay desesperanza; al contrario el ambiente general es sereno, luminoso y en el aire está la certeza que luego de unos días de preocupación, el niño sanará. Algo que, en el hermoso poema de Margarit, no acontece.

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