la casa

Van Gogh - caserío con tejado de paja en Cordeville (1890)
Hace años que no has vuelto. Pero sabes
que allí estará la casa,
cayéndose de vieja. En otro tiempo,
sus frágiles paredes contuvieron la dicha.
Podrías caminar por sus pasillos,
apartar una viga que se ha venido abajo,
reconstruir despacio, en la imaginación,
una luz que fue tuya. Un lugar doloroso,
humilde y vacío.
Pero a salvo.
Allí estará la casa, donde estuvo
y donde estará siempre. Aunque los años
la devoren al fin, esa certeza
persiste por debajo de todo, invulnerable:
no puede hundirla el tiempo.

Autor: José Cereijo

Ilustración: Van Gogh, “caserío con tejado de paja en Cordeville” (1890)

 La frágil salud mental de Van Gogh sufre un progresivo deterioro y su carácter poco sociable se volvió cada vez más excéntrico lo que hace que, después de fuertes crisis en 1889, entre voluntariamente en un asilo de enfermos mentales en Saint-Remy.

Esta agonía se prolongó catorce meses más. El 20 de Mayo de 1890 Van Gogh llegaba a Auvers-sur-Oise, un pequeño pueblo cerca de París. Recién salido del asilo mental, llegaba allí en busca de salud y calma, con la sincera esperanza de comenzar una nueva vida y una nueva etapa en su trabajo de pintor.

Durante los setenta días que permaneció en Auvers, Van Gogh produjo más de setenta cuadros y una treintena de dibujos, una producción dominada absolutamente por los paisajes, se inspiraba en los viñedos, las casas o los campos de trigo.  La obra “Caseríos con tejado de paja en Cordeville” será su primer lienzo realizado allí.

Se sentía atraído por las arquitecturas rurales cubiertas por techos de paja, por la vegetación serpenteante y los cielos en continuo movimiento. Muestra, como era habitual en él, un encuadre fragmentario y muy cercano, las casas y los tejados son las protagonistas ya que desaparece por completo el elemento figurativo.

Pero algo ha cambiado: el luminoso amarillo que dominaba en las obras provenzales casi ha desaparecido; recurre a una paleta fría compuesta por verdes, azules y violetas que intenta traducir la inquietud de su temperamento. Con su pincelada vibrante y empastada pero abordada con pequeños toques y ejecutados a poca distancia entre sí, los árboles del fondo casi parece que cobran vida al mismo tiempo que el cielo ventoso parece que nunca parará de cambiar.

Las casas tranquilas con techos de paja que todavía podemos observar en las fotografías antiguas, parecen levantadas por alguna fuerza telúrica que dilata los volúmenes. El dibujo descabellado, con remolinos, hace ondular el tejado, enrolla en espiral las ramas del árbol, transforma las nubes en arabescos…

Cada objeto del cuadro da la sensación de que está en continua transformación pero aun así la obra muestra una quietud que estremece, como si intentase mostrar un claro sentimiento de espera. A lo mejor el símbolo de una época, la del final de su vida, en la cual la soledad fue su fiel compañía, mostrando un ritmo pictórico armónico, personal  y subjetivo que sólo intentaba expresar y liberar su propio drama interior

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