risas de cocodrilo

Christian Schad - retrato del doctor Haustein (1928)
No te engañes.
El de la foto
tan sonriente
ya era infeliz
(tú lo sabes,
bien que lo sabes).

Contémplalo ahí detrás,
público o comparsa,
borroso
incluso en primer plano.

Sonríe
aunque esté muerto.

Si le pides
que se adelante
no da sombra.

Convéncete:
sólo la sombra
no da sombra.

Autor: Carlos Vitale

Fuente original:

http://carlosvitale.blogspot.com.es/2015/01/risas-de-cocodrilo-no-te-enganes.html

Ilustración: Christian Schad, “retrato del doctor Haustein” (1928)

Un hombre sentado, con las manos enlazadas, posa para el pintor que le hace el retrato. Bien trajeado, sus finas manos sugieren que se trata de un hombre refinado, de clase acomodada. Sin embargo, salvo por el objeto quirúrgico (se trata de una sonda uretral llamada benique, instrumento propio de la especialidad de urología) que deja ver parcialmente en su brazo, en el lugar donde se encuentra no hay algún otro detalle que permita completar su personalidad o profesión, ni siquiera vemos los brazos de la butaca donde seguramente apoya los codos. Retiene especialmente nuestra atención la intensidad de su mirada, sus enormes ojos negros y la sombra —que no es la suya— que se proyecta sobre el fondo, a su espalda.

Sabemos que el retratado es el doctor Haustein, un prestigioso dermatólogo especializado en enfermedades venéreas en cuya casa berlinesa se celebraban concurridas y animadas reuniones literarias y políticas, organizadas por su esposa Friedel. Son los años de entreguerras, cuando Alemania estaba regida por la República de Weimar y Berlín era una ciudad activa y liberal con una intensa vida nocturna en sus bulliciosos cabarets. La llegada al poder del partido nacionalsocialista en 1933 puso fin a ese periodo histórico. En ese mismo año, el doctor Haustein, de origen judío, acabaría ingiriendo veneno para evitar su detención por la Gestapo. Algún tiempo antes, su esposa se había quitado la vida.

El modelo ocupa la mitad inferior de la composición para dejar espacio a una misteriosa sombra que se proyecta sobre la pared del fondo del cuadro y que no pertenece a Haustein. Según el testimonio del propio Schad, esta sombra de una figura femenina fumando, que nos recuerda a las sombras del cine expresionista, pertenecía a Sonja, una modelo de la que se había enamorado Haustein.

La iluminación del cuadro es fría y procede de una fuente de luz artificial que no podemos ver, pero que se sitúa en la parte central, algo desplazada a la izquierda (del pintor y nosotros los espectadores) y a una altura ligeramente por debajo de la cara del doctor. Schad elabora meticulosamente la imagen del retratado, atendiendo a los más mínimos detalles de su fisonomía y reproduciendo con gran cuidado las modulaciones de la luz y la sombra sobre su rostro y sus manos. El suyo es un realismo que busca definir los rasgos individualizadores: las grandes orejas, los ojos oscuros sin pestañas iluminados por pequeños puntos blancos y la expresión resuelta y amable de su boca cerrada. El gesto de las manos añade un factor psicológico al personaje: es una postura nerviosa, algo impaciente.

Este cuadro sobrecoge. La mirada tranquila y serena del protagonista se oscurece con una sombra rara, algo tenebrosa, tétrica, parecida a la del conde Orlok de la película Nosferatu (Murnau, 1922) y, quién sabe, puede que ese famoso fotograma influyera de alguna manera en Christian Schad a la hora de realizar este retrato.

El miedo se palpa en el lienzo, no en el Dr. Haustein. Se palpa, en la sombra, en lo que la sombra anuncia y que más tarde se haría realidad, la muerte

El realismo de este retrato está fuera de toda duda, pero además de la apariencia del hombre hay algo más que nos intriga: la enorme sombra que se proyecta sobre el fondo claro y se recorta con perfiles precisos, ofreciéndonos la extraña forma de una cabeza vista de perfil, la boca entreabierta por la que sale humo y sobre todo las manos de las que son sólo visibles tres dedos alargados y crispados.

Las sombras han gozado siempre de un gran poder evocador. Inestables y fugitivas, imposibles de tocar y apresar, representaban lo intangible, el espíritu. El alma de los muertos, separada definitivamente del cuerpo, es una sombra.

Seguramente, Christian Schad, no era consciente entonces de lo premonitoria que podía resultar esa fantasmagórica sombra que parece acechar al Dr. Houstein; no sólo para el médico -que se suicidaría cinco años después de que se pintara el cuadro, para evitar lo que le esperaba si le detenía la Gestapo- sino para el destino de toda Europa. Al fin y al cabo, no era otra cosa que la sombra de Sonja, la amante de Haustein, fumando un cigarrillo…

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