La entrada de Cristo en Bruselas (J. Ensor, 1889)

James Ensor - La entrada de Cristo en Bruselas (1889)
Al expresionismo cruel de la escuela germánica se opone la obra de Ensor, en la que pervive un humor sarcástico que corresponde a la tradición pictórica flamenca.

El estilo de Ensor preludia el desarrollo posterior de la tendencia europea que considera que la pintura tiene que ser, antes que nada, un vehículo de expresión de emociones y, a la vez, una dura crítica de la realidad.

El tema de las máscaras es casi exclusivo en la producción de este artista, que se dedicó sólo de forma esporádica al paisaje. Su mundo está integrado por máscaras de aspecto grotesco que no se sabe si pertenecen a un carnaval pasajero o si son la representación de las pasiones que animan la vida de los hombres. El conjunto parece destilar esencias de la pintura de El Bosco, Brueghel y Goya, esencias que se expresan por medio de una agresividad cromática y una violencia y rudeza en las formas.

Agudo, cáustico, impaciente, rechazando la hipocresía de ciertas actitudes sentimentales y, al mismo tiempo, advirtiendo con la lúcida sensibilidad de su propio espíritu la falacia de una predicación humanitaria en la que no veía una sólida base, se desplaza a posiciones de rebelión individual. Desde este punto de vista, Ensor es uno de los primeros artistas que, desde las posiciones del socialismo utópico o humanitario del siglo XIX, llega a las posiciones del anarquismo intelectual:

Es en La entrada de Cristo en Bruselas donde da lo mejor de su vena satírico-grotesca. “…el cuadro es como una gran farsa, una secuencia de extravagancias y un espectáculo de muecas de mofa y escarnio. “¡Viva la Social!”, está escrito en una pancarta que atraviesa la calle; “¡Viva Jesús!” figura en el lado derecho, en un pequeño estandarte; “Fanfarrias doctrinarias” se lee en la enseña de la banda de música.

Bufones, beatas, putas, soldados, máscaras, esqueletos tocados con la chistera de los caballeros, gordos y flacos, burlescas autoridades civiles y religiosas; una apretada multitud de caras raras, deformadas, fantasmales, brutales, clownescas, pueblan este gran lienzo en un ambiente de excitación carnavalesca de feria y de barracón, que rodea a Cristo montado en el asno, y en el que él mismo se funde como un personaje más.

En  definitiva, una diatriba contra las imágenes difundidas por la iconografía oficial de la Iglesia que una constata dos mundos irreconciliables, el de la justicia social y el de la bondad religiosa. En ninguno de ambos tenía confianza alguna el escepticismo ácrata de Ensor.

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