oración

Girodet de Roussy - El Entierro de Atala (1808)
Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar…
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.

Con esta sed quemándome.

Autor: Juan Gelman

El interés por temas mitológicos procedentes de otras culturas es un síntoma más de esta inclinación romántica que desarrolla la pintura simbolista. Si a eso se añade una historia de amor imposible, con la Muerte como telón de fondo, tenemos ya todos los ingredientes que necesita Anne-Louis Girodet Trioson (1787-1824) para “El entierro de Atala” (1808).

“Atala se presenta como un relato que el viejo indio Chactas, de la tribu de los Natchez, hace a René, exiliado en América. La acción se sitúa en Luisiana, en el siglo XVIII. Chactas se había enamorado, a los 19 años, de una india cristiana, Atala, perteneciente a una tribu enemiga de los Natchez. Ella salva a Chactas, prisionero, de la muerte. El amor entre ambos es imposible a pesar de la intervención de un misionero, el padre Aubry, que quiere casarlos. Atala se envenena y revela su negativa al matrimonio antes de morir: su madre, india cristiana, al nacer ella casi moribunda, juró a la Virgen que su hija no se casaría nunca si lograba sobrevivir. El padre Aubry y Chactas la entierran.”

El cuerpo de Atala, violentamente iluminado, contrasta con la oscuridad del interior de la gruta y nos invita a salir rápidamene al exterior, donde otro foco de luz ilumina la cruz, emblema de la muerte y de la surrección. Sin duda, aquí encontramos los ecos de la Muerte de Marat, pero mientras David se recreó sólo anatómicamente en el cuerpo del héroe, su discípulo añade ahora una elevada dosis de sensualidad que nos confunde, pues nos sentimos extrañamente atraídos por la hermosura inerte de la princesa. Girodet se ha cuidado incluso de no perturbar la belleza del cadáver y deja que veamos su pecho escultórico, para lo cual ha inclinado lateralmente la pequeña cruz que sostiene en sus manos, como si este símbolo de la eternidad se opusiera a la sensualidad que su cuerpo despide.

Hay también un mensaje impreso en la piedra, situado en la parte superior central, que acogerá los restos de Atala hasta el final de sus días: “j’ai passé comme la fleur’, j’ai seché comme l’herbe des champs” (he muerto como una flor, me he secado como una hierba del campo). Esta fugacidad del tiempo es la elegía fúnebre que entona esta bellísima pintura.

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