escuela de mecánica de la armada

Aldo Bahamonde - 03
Ordena los cuerpos el cocinero
les impone un orden, los conecta,
para que canten juntos:
un instrumento orgánico,
un coro de sangre joven
Primero palpar las entrañas
porque ahí, en su flujo
en su tejido sensible
está la música oculta
el canto secreto de los cuerpo
que sale a la luz cuando se los desgarra
Canto joven, se tensan los músculos
y se ablanda la carne
la sangre se coagula bajo la piel
como teclas en un piano doloroso
La plebe se macera.
La máquina de la crueldad los desviste
de toda ternura y vida
La máquina los incluye como alimento
de su funcionamiento aceitado
no ajeno de un placer perverso,
porque si hay algo que goza la máquina
es de cumplir de forma exacta.

La mesa de disección. Se macera la carne.
El cocinero extrae entre gritos la música de los cuerpos
con cada grito la máquina sigue funcionando
se alimenta por ósmosis.
Con cada grito la sangre fluye
la sangre corre
como corren los sueños para escapar de la tortura.
Mientras tanto, la orquesta de cuerpos canta
y el cocinero dirige el concierto de gritos
Las gárgaras de la saliva atragantada
y la presión de los ojos que parecen explotar
con cada pulso eléctrico, cada incisión violenta
son sus melodías.

Esos cuerpos no padecen la metralla,
la piadosa metralla que transforma la muerte
en un chasquido, en una explosión breve y múltiple,
en un encuentro determinante entre el plomo y la carne
Para el cocinero eso no es música.
La carne sólo canta en la maceradora
donde la frecuencia del dolor encuentra
la cuerda con la vibración justa
como la encuentra el águila
en el hígado de Prometeo
El cocinero quiere que los cuerpos canten
que canten macerados para que entonen hasta el nombre de Dios,
alguno de sus tantos nombres, secretos y ocultos
como oculta parece estar la bondad en el mundo
que se ha vuelto sordo de gritos, sordo al dolor
por el anestesiado tiritar del alma
bañada por el miedo.
Dios no se les escapa, pero si el brillo
los ojos se inyectan en sangre
luego la chispa se vuelve lechosa
se licúa en el sufrimiento
que ahora vive sin descanso
como una herida abierta
en el mundo.
Los ladrillos chillan en silencio
igual que los bebés que vienen al mundo para callar
y los fetos que son condenados
a un nacimiento prematuro
de violencia prematura
y de gritos provocados.

Pequeñas existencias;
condimentos para el cocinero
porque su canto no resiste
su existencia es blanda
nacen blandos, mueren blandos
y el único relámpago de música
es el grito de su nacimiento.
El cocinero prefiere cuerpos curtidos
esos de carnes duras que han bebido
que han comido, que hirieron y que se han visto
en el reflejo del espejo y dijeron:
“En esto me he convertido
yo soy esto”
Porque han bebido de las mieles del miedo
se han hecho duros y amargos
y su esperanza y bondad
se ha escondido muy lejos.
La humanidad está en ellos escondida
también por el miedo,
pero el cocinero hace de estos huesos duros
de la piel sólida y la voluntad de hierro
su instrumento más bello.
Los ojos tapados, la voz quebrada
los dientes partidos por la tensión.
La mandíbula contiene la fuerza
de un animal
de un hombre despojado
de un hombre que se cae en despojos
de una humanidad que se fisura
dejando expuesta la vida
expuesta en su último suspiro
como el leve soplo de vida
que acompaña a una mariposa
su existencia suspendida.
Un diamante frágil es la mujer para el cocinero
un brillo que explota en el momento del orgasmo
que no es amor, nada más lejos del amor.
La mujer también se macera, pero sus gritos son gemidos
para el cocinero.
Sus gritos agudos, su retorcerse entre espasmos
le trae recuerdos dulces a él
los atesora como otros atesoran el amor
pero no, nada más lejos del amor.
El cocinero macera la vida lentamente
rápido no, rápido se rompe
se quiebra y se desgrana entre las manos
como una flauta de cristal.
Los fragmentos desparramados
se incrustan en la tierra y el concreto
se siembran en silencio
para que alguna generación final
coseche sus voces
como se cosechan margaritas
flores que echarán raíz en la herida abierta del mundo
limpiando la sangre, volviéndola agua
la misma que brotó del pecho de Cristo
cuando lo ultimaron con la lanza
El cocinero macera los cuerpos
les absorbe la música hasta dejarlos mudos
luego del coro de gritos reina el silencio.

El cocinero quiere hacer que los cuerpos canten
que el mundo macerado cante
hasta quedar en silencio
y disfrutar desde su mesa el teatro mudo
la concreción extática de lo muerto.
Pero el cocinero no cuenta con la naturaleza curva del tiempo
que gira hacia adentro y devuelve el espíritu a la materia
En silencio sepulcral de la orquesta del cocinero
los cuerpos macerados se desgranan en la tierra
donde el polvo vuelve al polvo y la carne a la carne
el silencio se hace oír como un grito a la inversa
como un respiro, como el primer aire que aspira la criatura
es el humus de la tierra resistiendo
el humus de los nombres que se perdieron formando abono
abono para margaritas
Y el cocinero ya no puede podarlas o aplastarlas
porque las margaritas crecen como los hongos crecen
como una red que no perdona
que transforman al cocinero en alimento y luego en canto
La alquimia del mundo hace justicia
salva la materia.

De los cuerpos mutilados llegarán también
los cantos de victoria

Autor: Alan Emilio Ojeda Serrago

Fuente original:

http://www.diarioregistrado.com/cultura/116618-escuela-mecanica-de-la-armada-un-poema-de-alan-ojeda.html

Ilustración de Aldo Bahamonde

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