las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002)

las hermanas de la magdalena
Sinopsis: Los conventos de la Magdalena en Irlanda eran gestionados por las hermanas de la Misericordia en nombre de la Iglesia católica. Acogían a muchachas enviadas por sus familias o por los orfanatos, que allí quedaban encerradas y a las que se obligaba a trabajar en las lavanderías para expiar sus pecados. Dichos pecados eran de distinta naturaleza: desde ser madre soltera a ser demasiado bella o demasiado fea, o demasiado simple o demasiado inteligente, o víctima de una violación, y por tales pecados trabajaban sin percibir ninguna retribución, 364 días al año, y se las hacía pasar hambre, se las sometía a castigos físicos, humillaciones, violencia física y moral, y se las separaba de sus hijos. Las penas que tenían que cumplir eran ilimitadas. Miles de mujeres vivían y morían allí. El último convento de la Magdalena en Irlanda cerró sus puertas en 1996.

El prólogo del film consta de tres breves historias de mujeres jóvenes llevadas por la fuerza a una lavandería: la primera, por haber denunciado ante su familia, durante una fiesta de boda, que un primo suyo acababa de violarla; la segunda, una huérfana, por permitirse coquetear con los muchachos que la llaman desde el otro lado de las rejas del orfanato; la tercera, por haber tenido un hijo fuera del matrimonio. Los tres casos conforman una vista panorámica y desoladora a una cultura profundamente católica, tóxica, donde las mujeres, para ser consideradas morales, sólo pueden habitar tres ambientes bajo estricta supervisión, sometidas a una autoridad ajena y con su sexo anulado o severamente restringido: la casa paterna, la casa del esposo, y el convento.

En efecto, en las historias que The Magdalene Sisters cuenta, son las propias familias —o el estado encargado de suplir la custodia familiar– las que abandonan a sus hijas en los hogares de las monjas y les dan la espalda. La autoridad de las monjas es absoluta -y se ejerce de manera despótica-  en función de la altura moral y el respeto social que automáticamente ganan aquéllos que se consagran a Dios, pero es de hecho una autoridad delegada: las familias de las internas pueden venir a sacarlas en cuanto lo deseen. De esta manera se ofrece el retrato de una institución perversa pero de una sociedad enferma. Las monjas contaron con la total colaboración del Estado que les envía mujeres sin recursos a través del sistema judicial.

Las víctimas de la esclavitud de las Magdalenas finalmente comenzaron a encontrarse y contar sus historias al final del siglo pasado, luego de que estallara un escándalo al descubrirse decenas de cadáveres de internas enterradas en tumbas anónimas en terrenos de un convento. Una investigación reveló el nivel de los abusos llevados a cabo en los asilos, que (sólo desde los años 1920 y sólo en Irlanda) afectaron a unas treinta mil mujeres.

Más recientemente el gobierno de Irlanda, después de dilatarlo todo lo posible, decidió reconocer su parte en el asunto y ofrecer atención y compensación monetaria a las sobrevivientes. El gobierno también solicitó a las cuatro órdenes religiosas responsables de las lavanderías que, pese a no haberse dado un proceso penal, hicieran el gesto de reconocer los abusos cometidos y aportaran fondos. Las monjas se negaron unánime y categóricamente. Así queda sin castigo humano -el divino a buen seguro lo tendrían por muy devotas que fueran- el  uno de los grandes crímenes de la Iglesia Católica en el siglo XX.

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“No por casualidad, la acción de la película que ganó el León de Oro en la última Mostra de Venecia transcurre durante los años 60. Mientras buena parte de las mujeres europeas se emancipaban social y sexualmente, una orden católica convertía sus reformatorios irlandeses en verdaderos infiernos para las infortunadas muchachas allí recluidas por haber atentado contra la moral. El actor Peter Mullan, en su segundo largometraje como director, aprovecha las enseñanzas de Loach o Figgis para denunciar, con voz propia, la terrible experiencia de algunas de estas víctimas de la intolerancia religiosa. La institución posee aires dickensianos y el film carga sus tintas anticlericales con tan particular ensañamiento que incluso se permite algunos momentos de respiro para aliviar la tensión. Las actrices protagonistas son tan poco conocidas como eficaces, y la cámara de Mullan se mantiene a una elegante distancia que les permite actuar con la libertad de la que sus personajes no disponen. La mirada de Las Hermanas de la Magdalena deviene así tan nítida como implacable, tan abierta como inquisitiva. Las injusticias que se denuncian resultan dolorosamente ofensivas y sus consecuencias ahondan en las heridas hasta el punto de aceptar que Mullan haya cedido a la tentación de dejar alguna puerta abierta a la esperanza. La superiora del convento, interpretada por la veterana Geraldine McEwan, llora ante una proyección de Las campanas de Santa María, de Leo McCarey. Al Vaticano, en cambio, no le ha gustado nada la película de Mullan. Va a ser su mejor publicidad, porque para predicar hay que hacerlo con el ejemplo.Para anticlericales con estómago a prueba de ruedas de molino. Lo mejor: la rabia sostenida que el film destila. Lo peor: no poder afirmar que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” (Esteve Riambau)

Mas información sobre las atrocidades de la Iglesia católica en Irlanda: https://es.wikipedia.org/wiki/Asilo_de_las_Magdalenas

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