un día como otros

piedras que caminan
Un año más -y ya son veintitrés-
cumplo el triste ritual de escribirte un poema
con la vana esperanza de que dure
algo más que las flores
que depositaré sobre la piedra.

El diecinueve de septiembre
es tan solo una fecha, exactamente igual
a un veintidós de abril,
de octubre o de febrero.
No se completa un lustro
ni termina otra década sin ti,
solo es un día más viviendo con tu ausencia.

Recuerdo aquellos meses del principio,
cuando hasta las esquinas lloraban a mi paso
y me compadecían
incluso los mendigos más hambrientos.
Por entonces
todos los niños se llamaban Jaime,
tenían ocho años, me arrojaban
a la cara tu muerte.
Yo escuchaba a sus madres llamarlos por su nombre
y los odiaba un poco.

Ahora sin embargo mis amigos me dicen
que debo superarlo. Yo me río;
ignoro qué acepción del verbo superar,
de las cuatro que ofrece el diccionario,
he de aplicar a esto.
¿Será “ser superior”? ¿O “rebasar un límite”?
¿O “vencer un obstáculo” o tal vez
tendré que “mejorar las propias cualidades”?
Me van a perdonar,
ninguna de las cuatro me convence.
Aquel dolor cruzó todos los límites,
y ahora ya no encuentro más obstáculo
que salir de la cama cada día
y ese lo voy salvando.
En cuanto a mis dudosas cualidades
¿hay alguna mejor que ser capaz
de sonreír siempre que te recuerdo?

Autor: Ana Montojo

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