retrato de la bailarina Anita Berber (Otto Dix, 1925)

Otto Dix - la bailarina Anita Berber (1925)
El 10 de noviembre de 1928 falleció en Berlín, víctima de la tuberculosis, la bailarina y actriz alemana Anita Berber. Tenía solo 29 años.

Anita Berber fue una de las personalidades más fascinantes de la Alemania “expresionista” y decadente de la República de Weimar en los años 20. Había nacido el 10 de junio de 1899 en Leipzig, en el seno de una familia de artistas, pues su padre (Felix Berber) era violinista, y su madre (Lucie Berber) era cantante de cabaret. Sus padres se separaron cuando ella era muy pequeña y pasó a vivir con su abuela en Dresde la mayor parte del tiempo.

Anita Berber fue un icono de la Alemania decadente durante la república de Weimar, antes de la llegada del nacional socialismo.

Modelo, actriz del cine mudo, bisexual, drogadicta, destacó principalmente como bailarina, incorporando a su baile un estilo transgresor y erótico que fascinaba al público llegando a bailar desnuda al compás de la música de compositores de la talla de Strauss o Debussy. Sus detractores la consideraban vulgar y de mal gusto, mientras que sus seguidores la admiraban por su sofisticación y atrevimiento.

No obstante su mayor notoriedad la alcanzó en el baile, donde su estilo rupturista y transgresor fascinó al público y generó una gran controversia. Anita introdujo en el escenario un erotismo ostentoso, así como una imaginería grotesca y macabra, en unos espectáculos que incluían música de grandes compositores como Debussy o Strauss. Llegaba incluso a bailar desnuda en el escenario. Sus detractores la consideraban vulgar y de mal gusto, mientras que sus seguidores la admiraban por su sofisticación y atrevimiento.

Pero donde Anita Berber rompió todos los esquemas fue en su vida personal. Era una habitual de los ambientes gays y underground de Berlín, y en su círculo de amistades figuraban todo tipo de personajes de los bajos fondos, como prostitutas, mafiosos, boxeadores… Sus bisexualidad era bien conocida, con exposiciones públicas de lesbianismo, lo mismo que su adicción a la cocaína, y sus excesos con el alcohol. Berlín era por esta época una de las ciudades más liberales de Europa, y ella cultivaba su reputación de “chica mala” que al público le encantaba.

Tantos excesos le acabaron pasando factura a Berber, deteriorándola física y mentalmente. Por esta época Otto Dix hizo varios retratos de ella en los que la presenta envejecida, demacrada y con todo el aspecto de una vampiresa puta y drogadicta. Estos retratos acabaron consolidando su reputación como un icono del Berlín decadente y libertino de la época de Weimar, que muchos consideraban la Sodoma y Gomorra del siglo XX, y que acabó trágicamente con la llegada de los nazis al poder en 1933.

En el retrato de Anita Berber, Dix se concentró exclusivamente en la reproducción del cuerpo y su inclusión en las diversas gamas de rojo del fondo. El tórax y los brazos tienen un contorno más preciso que las piernas. La figura de Anita parece surgida de la nada. La escueta posición erguida permite una extrema desviación hacia la derecha de las caderas, con el brazo en jarras sobre la cadera. La curvatura del cuerpo, con una flexibilidad que parece de goma, sugiere la ligereza del cuerpo. El vestido estrecho, cerrado y de manga larga, acentúa y destaca la línea corporal. La flacidez del pecho y vientre se subraya por medio de ligeros toques de blanco, que acentúan las luces y sombras.

El color rojo tiene en el cuadro una dimensión corporal propia. Un vestido de suave tela roja acaricia refinadamente sus formas con un efecto cromático tan penetrante que se prolonga más allá del cuerpo, asumiendo la totalidad del fondo. La afinidad del rojo con la sangre es evidente. El aura que rodeaba a Anita era de vicio y decadencia, de eros y muerte.

El rostro y las manos son dos elementos definitorios del carácter del personaje. El rostro lívido se asocia con la enfermedad y la decrepitud. Es un rostro consumido, con las mejillas caídas, la boca absurdamente pintada, la mirada rasante y petrificada, tendente al vacío. Es, en verdad, antes que burlona o arrogante una mirada fatalista.

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