los caballos de Dios (Nabil Ayouch, 2012)

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Sinopsis: Yachine tiene diez años y vive con su familia en Sidi Moumen, un poblado de chabolas de Casablanca. Su madre, Yemma, hace lo que puede por sacar adelante a la familia. Su padre se encuentra en un estado depresivo y de sus tres hermanos uno está en el ejército, otro es prácticamente autista y el tercero, que tiene trece años y se llama Hamid, es el cabecilla del barrio y el protector de Yachine. Cuando Hamid es encarcelado, Yachine se ocupa de varios trabajillos que le ayudan a escapar del marasmo provocado por la violencia, la miseria y la drogadicción que la rodean. Cuando Hamid sale de la cárcel se ha convertido en un islamista radical y convence a Yachine y a sus amigos para que se unan a sus ‘hermanos’. El líder espiritual del grupo, el imán Abou Zoubeir, se encarga de dirigir el prolongado entrenamiento físico y mental de los muchachos, antes de anunciarles que han sido elegidos para convertirse en mártires. Interpretación libre de los atentados terroristas que tuvieron lugar el 16 de mayo de 2003 en Casablanca.

“Poblado de Sidi Mouden, Casablanca. Chabolas, miseria, delincuencia juvenil, falta de aspiraciones. Un polvorín en el que la tensión se palpa en cada rincón y también un lugar idóneo para que fructifique la semilla del odio y se implante el germen del fundamentalismo islámico.

El director francés de origen marroquí Nabil Ayouch nos introduce en ese feroz hervidero a través de la mirada de dos hermanos, desde su no tan tierna infancia, en la que aprenden a regirse irremediablemente por los códigos morales que impone la ley de la calle, hasta el proceso de despojamiento de sus emociones, sentimientos y personalidad que sufren en su madurez, después de caer en las garras yidahistas. Un relato sobre la pérdida de la inocencia y la manipulación religiosa lleno de fuerza poética y simbólica que funciona mejor a un nivel íntimo que como metáfora social con voluntad aleccionadora” (Beatriz Martínez)

“Nabil Ayouch no da ningún trato especial a los personajes principales de Los Caballos de Dios. Nada los exime de sus gamberradas, ni siquiera de algunos actos que bien podrían considerarse vandalismo. No se espera que empaticemos con ellos por su bondad, sino por solidaridad respecto a la trágica situación en que se encuentran. Lo que el director francés (de raíces marroquíes) se propone es plasmar con la mayor veracidad posible un contexto, un espacio maltratado por el sector occidental. Y sobretodo, dar testimonio del germen del terrorismo yihadista, que como se nos muestra en la película, no responde tanto a un orgullo patriótico (como en ocasiones se nos hace creer) como a una respuesta desesperada al mal estado de una sociedad maltratada. De ahí que no sea necesario maquillar a los personajes que protagonizan la película: desde el minuto cero entendemos que su conducta caótica (e incluso violenta) es el resultado de una dura represión” (http://www.cinemaldito.com/los-caballos-de-dios-nabil-ayouch/)

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“Ayouch, a través de una cámara nerviosa y  sin juzgar, nos va enseñando el desarrollo de la vida en una comunidad del extrarradio de una ciudad marroquí, en donde la pobreza lo caracteriza todo, desde las míseras chabolas en donde se habita, prácticamente sostenidas por piedras y fijadas con simples telas, hasta las casi harapientas vestimentas que llevan los niños y los adultos; desde los vehículos de transporte, que se limitan a auténticos cacharros o a motocicletas casi desguazadas, hasta los alimentos que se venden en el mercado, en condiciones de calidad, diríamos, poco atrayentes… Los niños juegan al fútbol, se pelean, corren, se divierten, pero son conscientes de que les espera un futuro poco halagüeño, abocado prácticamente al trapicheo, la droga, la violencia, la cárcel o el trabajo en contextos míseros y de explotación. No parece existir esperanza alguna en que el desarrollo económico y social vaya siquiera a rozarles mínimamente, y la única fábrica que se atreve a instalarse en las cercanías contrata a mano de obra foránea para su desarrollo. En esa coctelera de penuria e ignorancia, se imponen los más fuertes, quienes a través de la violencia propia y la humillación ajena consiguen ser obedecidos, respetados y tratados como los líderes de la manada. Las únicas salidas se vislumbran en ese hipotético e improbable salto a la élite del fútbol, en la incierta y tenebrosa aventura de una emigración ilegal a tierras más prósperas, y por último, en el aterrizaje en el fanatismo religioso, que con promesas de paraísos eternos, consigue llevar a su terreno a mentes propensas para acumular consignas y odios, mediante ambientes que saben rodear a aquellos desfavorecidos por la vida de cierto compañerismo, amistad, dedicación, admiración y camaradería.”(Pilar Roldán)

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