el osorio (Solana, 1931)

Solana - El osario (1931)
“Desde pequeño sentía yo cierta atracción por todo lo que las gentes califican de horrible; me gustaba ver los hospitales, el depósito de cadáveres, los que morían de muerte violenta, yo me metía en todos estos sitios”

(José Gutiérrez Solana)

Una escena macabra, con esos muertos momificados colocados en estanterías o colgados de la pared secándose al aire mientras tres monjes apañaban a otra de las momias componiéndole el sudario y colocándole, como se pueda, la cruz en una de sus resecas y huesudas manos.

Frente al luminismo de Sorolla, Solana encarna el lado oscuro, no sólo por los tonos de sus cuadros, sino por sus ambientes y personajes: bajos fondos, extrarradios, tipos humildes. Frente a la universalidad de Picasso, Solana representa a lo hispano profundo y duro: el pueblo que baila y que sufre, las procesiones penitenciales, la máscara carnavalesca, la corrida de toros, los trasfondos de la botica o el prostíbulo, los pescadores, los vinateros…

Solana viajaba en tren, siempre en la clase más humilde, recorría la geografía española –hasta que la Guerra Civil lo envió momentáneamente a París- buscando esa España marginal, desgarrada, buscando a esa gente que había descubierto también un siglo antes Francisco de Goya.

Fue contemporáneo de la llamada “Generación del 98”, denominada así por la fecha (1898) en la que el país se encontró ante la realidad histórica de la pérdida de los restos del inmenso imperio colonial, tras la derrota ante EE.UU. Aún sin entroncar del todo con el espíritu de los escritores de la mentada generación, es cierto que si podemos hallar coincidencias en diversos aspectos entre Solana y Baroja o Valle Inclán, por ejemplo. Lo solanesco y lo esperpéntico van de la mano.

Lejos de la visión de viajeros románticos, tendente al exotismo, Solana mira a su país con una óptica profunda, tratatando de bucear en lo más racial, descubriendo a la sociedad reacia a la modernidad, brutal a veces, pero con una gran hondura de sentimientos y pasiones. En su visión de la misma no sólo hallamos ecos de Goya sino de Brueghel, por ejemplo en “El fin del mundo” (1932) .

Solana - el fin del mundo (1932)
En su pintura destacan los colores negros y los ocres. Su temática, costumbrista, con tabernas, fiestas populares, barrios bajos… retratan escenas que imponen por su composición, destaca en ellos la miseria de una España sórdida y grotesca, mediante el uso de una pincelada densa y de trazo grueso en la conformación de sus figuras. Hizo así mismo un gran numero de retratos, reflejando una visión subjetiva, pesimista y degradada de España.

Su pintura, de gran carga social, intenta reflejar la atmósfera de la España rural más degradada, de manera que los ambientes y escenarios de sus cuadros son siempre arrabales atroces, escaparates con maniquíes o rastros dignos de Valle Inclán, tabernas, “casas de dormir” y comedores de pobres, bailes populares, corridas, coristas y cupletistas, puertos de pesca, crucifixiones, procesiones, carnavales, gigantes y cabezudos, tertulias de botica o de sacristía, carros de la carne, caballos famélicos, ciegos de los romances, “asilados deformes”, tullidos, prostíbulos, despachos atiborrados de objetos, rings de boxeo, ejecuciones y osarios.

Solana - La guerra“Pintó con sangre coagulada, la piel reseca de sus momias, vino tinto y hollín de las calderas del asfalto, donde se calientan los miserables en las noches heladas del invierno, creando esa materia tan solanesca y tan inconfundible que no encuentran los falsificadores. Pintó las tapias de las plazas de toros pueblerinas, el aire espeso y maloliente de grasas requemadas de las tabernas y el más espeso vaho de la sangre de toros y caballos desventrados en la arena. Plato fuerte y espeluznante pintado por Solana, tan personal y tan permanente en la pintura española” (Vázquez Díaz)

Los fantasmas de su niñez aparecen en sus lienzos convertidos en esqueletos, máscaras, maniquíes y fetos conservados en alcohol o en negros personajes asistentes a duelos y tétricas procesiones.

Se ha dicho que los traumas sufridos por Solana en su niñez habrían podido contribuir a configurar su extraña y morbosa producción. Así, se sabe que a sus cinco años quedó fuertemente impresionado al ver morir a su hermana María de las Glorias un día de Navidad. Un año más tarde, el Domingo de Carnaval, justo cuando él se encontraba solo en casa, vería irrumpir en el comedor de su casa un par de las llamadas “destrozonas”, unas máscaras vestidas con ropas de mujer, rotas y astrosas, que le pegarían seguramente un susto de muerte. También, la temprana muerte de su padre y el contemplar como su hermano Luis y su propia madre se iban volviendo locos poco a poco, debieron afectar de alguna manera su joven cerebro provocando que la muerte se convirtiese en su compañera inseparable y una constante en su obra tanto literaria como pictórica.

Solana - la procesión de la muerte (1930)El Solana macabro, atraído por la parca y sus irreversibles efectos, tiene su mejor ejemplo en La procesión de la muerte” (1930).

Se ve una clara influencia de la “Vanitas” de Valdés Leal y de las composiciones barrocas de este tipo en las que se refleja la evidencia de la llegada de la muerte. Las imponentes composiciones barrocas ejecutadas con el fin de recordar al espectador la fugacidad del tiempo–tempus fugit– y la inminencia de la muerte, renacen en composiciones como esta impactante procesión o en otras similares del pintor: La guerra (1920).

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