el Cristo de la sangre (Zuloaga, 1911)

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Zuloaga, aunque vasco, estuvo muy vinculado a las tierras de Castilla, especialmente a Segovia y a Ávila. Su pintura tenebrosa recogía elementos reales (rostros auténticos y el paisaje castellano) para aunarlos con elementos simbólicos y con ciertas dosis de religiosidad mística. El resultado es una pintura austera, algo adusta, que llega a ser casi trágica.

Este es el caso de “El Cristo de la Sangre“. Zuloaga encuadra la escena en un marco de paisaje castellano, en el que aparece al fondo la ciudad amurallada de Ávila. El pintor elige las tonalidades oscuras y azuladas propias del crepúsculo, que aumentan el dramatismo del momento.

La escena está presidida por un Cristo barroco, con la cara cubierta por la cabellera de mujer que solía ponerse en algunas de estas imágenes para aumentar su realismo. En el extremo izquierdo del cuadro, un enjuto clérigo como los que en la época abundaban en los pueblos castellanos, lee su breviario. El resto de la escena está compuesta por campesinos metidos a cofrades, que portan grandes cirios y aparecen en diversas actitudes devotas. El contraste viene dado por una figura casi central con una gran capa roja. Su cromatismo contrasta vivamente con los apagados colores del resto de la obra. Su color rojo capta enseguida la mirada del espectador, que rápidamente relaciona la sangre del Cristo con la destacada capa roja. 

La composición es espléndida; es una escena llena de realismo y misticismo. Realista es por la presentación de las figuras delgadas y de expresión seria en su papel de sacerdotes que presencian el acto de la crucifixión. El acomodo disperso de las figuras rompe con los esquemas más tradicionales de composición, pues un hombre observa de frente al espectador mientras otros dos a su derecha alzan su mirada en presencia de Cristo. El cuadro representa el misticismo de la religiosidad española, con su figura del Cristo lánguido y con cuerpo ensangrentado que recuerda a las procesiones de la Semana Santa. Por esta razón, la obra de Zuloaga se entiende como un emblema de la reflexión sobre la esencia española, que fue una constante en la obra de artistas contemporáneos conocidos como la “generación del 98”.

Su visión de la realidad es dura, bastante crítica. Una España dominada por una religiosidad antigua, que sólo conduce a la sumisión y la pobreza. Una España -Castilla, su “esencia”- anclada en el pasado -Ávila al fondo, patria primera del misticismo de Santa Teresa y un pueblo inculto, dominado por la iglesia.

El conjunto es un retrato muy realista de la Castilla profunda. Los rostros que retrata Zuloaga son personajes del mundo rural, que precisamente se caracterizan como campesinos por su piel. Una piel morena, expuesta al sol de tantas siegas, en la que podemos apreciar unas arrugas profundas en cara y cuello.

Es un estilo sobrio, conciso, sin retórica, con contenidos críticos y un ansia de renovación, lleno de tristeza. Pero que en su modernidad remite al clasicismo, hay ecos de Velázquez y El Greco.

Los colores sombríos que elige Zuloaga no son casuales, sino también simbólicos: indican el crepúsculo de un país decadente y preso por su falta de apertura al mundo.

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