Robespierre


La mandíbula destrozada de Maximilien Robespierre
el día de su ejecución. Él mismo
habría intentado suicidarse. De esta herida
lo atendieron los médicos:
debía ser decapitado por tirano.
Diecisiete horas más tarde, ascendía a los cielos.
Apenas respiraba
pero hubo un terrible aullido de dolor
cuando lo echaron sobre la tabla. El verdugo
con una indolencia de rata
arrancó de cuajo los sucios trapos
que mantenían su cara unida
y dejó a su peso las carnes rotas del revolucionario,
que se desencajaron. El aullido
atravesó la Plaza de la Revolución,
las calles
que habían sido suyas,
las iglesias, las fuentes, los jardines,
las civilizaciones.
Crujió París.
Se estremeció de frío
la pulcra voluta de la gloriosa Ilustración.
La plebe –eso animal que somos–
entró por un momento en éxtasis
y aplaudió en su ceguera y festejó la desdicha.
El dolor ajeno nos une.
Hay una extraña solidaridad
en el sufrimiento del otro,
en la humillación de aquel sueño
que podría haber sido
de todos,
y finalmente ni siquiera fue.

Autor: Andrés García Cerdán

Ilustración: The execution of Robespierre and his supporters on 28 July 1794

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