mirando nubes


Un poema olvidado que fue escrito
para una hija que ya nadie recuerda.
¿Es posible encontrar algo más triste?
Pero eso no me importa. Ven aquí,
dame otra vez la mano. Sí, allá arriba
pasan las nubes. Míralas y dime
qué ves en ellas: ¿barcos, dinosaurios,
pokémon, una escuela, un niño feo?

Ahora todo es eterno para ti.
El tiempo no se agota ni se pierde,
y nosotros también somos eternos,
y es eterno el asombro por la vida.
pero pronto sabrás que este conjuro
que nos hace creer inseparables
dura sólo un segundo, hasta que pronto
se deshace en los dedos, como el ala
de un ángel extraviado entre las nubes.

Intento imaginar cómo será
el hombre al que amarás más que a ninguno.
¿Cuánto amor estarás dispuesta a dar?
¿Y cuánto aceptarás? ¿Habrá un amor
que algún día te sea suficiente?
¿Hasta dónde querrás sacrificarte
a cambio de una risa o una promesa?
¿Y cuánto exigirás? ¿Sabrás perder
a ese hombre que te dio lo que querías?
¿Buscarás, ojalá no, a un hombre
que se parezca a mí? ¿O preferirás
un hombre decidido que no sufra
por la fría inacción del intelecto?

Mejor mirar las nubes a tu lado,
buscando alguna forma que me indique
que podrás ser feliz, un día incierto.
Busco un delfín, un sol, una estrella
de mar. Busco una casa entre los pinos.
Busco un halcón y un mar al mediodía.
Busco un espantapájaros que nos mire
desde lejos, sonriendo, y sea yo,
protegiéndote aún después de muerto.

No pido más. Y así lo escribo,
para que estas palabras, algún día,
cuando ni tú ni yo seamos nada,
y cuando nadie nos recuerde, y cuando
a nadie importe nada de lo nuestro,
conserven un destello estremecido
de esas nubes que vimos,
de esas nubes que somos.

Autor: Eduardo Jordá

Ilustración: Rene Magritte, “le sovenir determinant” (1942)

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