tres para uno (Federico Beltrán Masses, 1934)

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A pesar de la revolución artística dirigida por los contemporáneos españoles de Beltrán, al pintor de origen cubano nunca le interesó ni el cubismo ni el futurismo. El legado realista de su maestro en Barcelona, Sorolla, fue sustituido por un simbolismo místico. En su uso del color Beltrán forjó una identidad individual que se concentró en lo psicológico. Su trabajo se compara superficialmente con el de su buen amigo Kees van Dongen, quien, como Beltrán, capturó el escapismo que caracterizó a la sociedad post primera Guerra Mundial.

El guitarrista y sus tres compañeras se encuentran frente a la ciudad de Venecia, el escenario nocturno de Beltrán y una fantasía cargada de misterio erótico. Las estrellas en el cielo se reflejan en la oscura Laguna de color turquesa. Allí, los barcos descansan en sus aguas tranquilas mientras una escena sugestiva se despliega para el espectador en el muelle de madera cercano: una mujer de pelo de cuervo vestida en encaje negro sostiene una rosa en su mano enguantada; Ella tiene un parecido sorprendente con la esposa de Beltrán, Irene. A su izquierda, una joven belleza trenzada llena de blasfemia mira a su compañera, tocando suavemente su hombro cubierto de encaje en un deseo de atención o una tímida caricia. En el medio, un hombre y una mujer se miran apasionadamente el uno al otro; Él toca una guitarra mientras que la mujer parece bailar, una mano levantada por su pelo rojizo.

La pareja recuerda una pintura anterior del artista: un retrato de la actriz Pola Negri y, el póstumo, Rudolph Valentino – su amante – tocando su guitarra. Beltrán también había sido un amigo cercano del actor y había vivido varios meses en la mansión de Valentino en Los Angeles en 1925. Negri, motivado por el dolor o la publicidad, había pedido a Beltrán-Masses que pintara su retrato con Valentino a su lado después de su muerte. Beltrán pintó varios retratos de Rudolph Valentino mientras se quedaba con él en Falcon Lair, pero a partir de esas obras Valentino se convirtió en Beltrán la icónica figura masculina – “el amante oscuro” que pobló muchas de las composiciones dramáticas del pintor. El rostro del actor aparecería arquetípicamente en la obra de Beltrán-Masses a lo largo de los años treinta.

La sensualidad de la pintura es una explícita escena cargada de erotismo. Hay una abierta invitación a la bisexualidad y al sexo en grupo. Las mujeres audaces -femme fatale de la época- fascinaron a Beltrán.

Los hombres rara vez eran más que participantes incidentales en las escenas de Beltrán, pinturas como “Tres Para Uno” y “El Sueño de Don Juan” los convirtieron en sujetos, si no en figuras centrales.

El legendario libertino seductor Don Juan apareció por primera vez en la obra El burlador de Sevilla y el invitado de piedra de Tirso de Molina, que se publicó en España hacia 1630. La ópera Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart (1787) y el poema épico de lord Byron Don Juan (1821) también se inspiran en el fantasma ficticio.

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Para “El sueño de Don Juan” (1930) Beltrán recurre al icono de Rodolfo Valentino, un amante latino moderno.

En esta orgía con cuerpos retorcidos el protagonista, el hombre está, misteriosamente, vestido. Con ropa y dormido o muerto. El Don Juan en la pintura lleva el hábito negro de la Tercera Orden de los Dominicos, una organización laica. Las mujeres intentan seducirlo, devorarlo. Este Don Juan es inmune a las tentaciones de la carne que lo envuelve. Aquí Beltrán ilustra quizá póstumamente el deseo de su amigo de escapar de su imagen unidimensional de Don Juan. Aquí él se ha liberado de las demandas del estudio, de la celebridad y de un público femenino adorador. Valentino expresó a Beltrán su deseo de paz, de un retorno a los placeres simples, incluso deseando morir joven.

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