tierra prometida (Cristobal Toral, 2014)

“Preguntarse por la libertad es preguntarse
por la longitud de la valla
y sus hendiduras,
por quiénes son los vigilantes,
por quiénes quieren pasar al otro lado.
Avanzan: sepulcros
a merced de la corriente.
Avanzan: como avanza el silencio.
Como se pudre un cadáver”

(David Eloy Rodríguez)

Es un feroz homenaje a la valla de Melilla. La alambrada antitrepa, en la que no caben los dedos. La altura siniestra. Arriba, enroscadas sobre sí mismas, las famosas y afiladísimas concertinas. El suelo con zapatos abandonados, con huellas de zapatos o de pies descalzos. Una maleta desastrada y una mochila de viaje prendidas de los ganchos de metal. Guantes, gorros, prendas diversas. Y camisetas, pañuelos, trapos… todo lleno de sangre.

Esa sangre es, en parte al menos, auténtica. Cristóbal Toral se cortó las manos al manipular las concertinas; decidió limpiarse en los jirones de ropa que forman parte de la obra. No fue el único que se hirió al montar ese símbolo del peor de los viajes posibles: el que no te permiten hacer.

Unas pocas monedas, una camisa ensangentada y una frase de Albert Camus: “Uno no se puede poner de parte de los que hacen la historia, sino de los que la padecen.”

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