las cigarreras (Gonzalo Bilbao, 1915)

1 Mai 2018

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“Toda mi obra como artista ha sido sentida y emocionada en el culto a los trabajos de la obrera sevillana, tan dignos de glorificación, y que constituyen la grandeza de los pueblos… Creo firmemente que impulsó mi pincel la providencia en holocausto de la obrera sevillana, de la grandeza de su abnegación, de la santificación de su pobreza” (Gonzalo Bilbao)

Esta pieza realizada en 1915 puede considerarse como una obra costumbrista, regionalista y simbolista al mismo tiempo. Con el trasfondo de Las hilanderas de Velázquez, la composición se desarrolla en la Fábrica de Tabacos de Sevilla donde una de las cigarreras, que se sitúa en primer plano, hace un descanso en su trabajo para amamantar a su hijo.

Esta escena maternal provoca la atención de sus compañeras más próximas, creando un ambiente vitalista, relajado y cordial, mientras que el resto de las trabajadoras continúa con su labor rutinaria de manufactura de cigarros.

En este cuadro el pintor muestra la implicación social de su pintura al superar la tópica representación folclórica de tipos populares andaluces para expresar su sentimiento ante la abnegación, el esfuerzo y la dignidad de estas mujeres, pertenecientes a las clases sociales más humildes, proletarias que desarrollando su trabajo cotidiano adquieren en su obra la condición de heroínas.

La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, fundada en 1620, fue la primera de su género que funcionó en España. Administrada directamente por la Hacienda pública desde 1684, fue uno de los mayores complejos industriales de Europa. Ubicada en un enorme edificio rectangular, cuyas azoteas eran usadas como secaderos, el delicado trabajo de elaboración de los cigarros se había iniciado con personal masculino. Sin embargo, a partir de 1812, a semejanza de las restantes fábricas tabaqueras del país -Cádiz, Alicante, A Coruña, Madrid- las mujeres les sustituyen en el desempeño de estas labores. Los motivos por los que se optó por el empleo de personal femenino son entre otros la mayor habilidad, destreza y paciencia que muestran las mujeres para la laboriosa manufactura pero, evidentemente, también porque era una mano de obra más barata en un trabajo que exigía gran número de operarios. En unos tiempos en los que los trabajadores, y mucho menos las mujeres, no tienen reconocido ningún derecho laboral, las condiciones de trabajo de las cigarreras eran extremadamente duras. En la factoría de Sevilla, que generaba una de las mayores producciones de cigarrillos del país, llegaron a trabajar diariamente más de seis mil mujeres, aunque con la paulatina mecanización su número irá disminuyendo y en 1906 las cigarreras quedaban ya reducidas a algo más de la mitad. Soportando un calor sofocante, las trabajadoras se repartían en grupos de seis a diez por las diversas galerías de la factoría, denominadas “cuadras”, en mesas de trabajo donde una veterana, “ama de rancho”, supervisaba y anotaba la producción de cada empleada. Bajo el asfixiante calor, en una atmósfera densa y viciada, impregnada de un irritante polvillo que flotaba permanentemente en el ambiente y el penetrante olor a tabaco y sudor, las mujeres liaban los cigarros sentadas, pues no se les permitía levantarse de sus puestos, pero compatibilizaban las interminables jornadas laborales con la charla constante, por lo que el incesante ruido era otra de las características del lugar.

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Las cigarreras solían comenzar en el trabajo en torno a los 13 años y no existía un límite de edad para la jubilación. A principios del siglo XX cobraban un salario de 2 pesetas diarias, lo que suponía menos de la mitad de un jornal masculino, pero que permitía a estas mujeres ser independientes y mantener o colaborar al mantenimiento de sus familias. Además, las que eran madres, y muchas de ellas lo eran y solteras, estaban autorizadas a llevar con ellas a sus bebés para darles el pecho y podían tener a su lado en el taller a los niños en cunas que la propia fábrica les facilitaba, lo que permitía que sin dejar de liar los cigarros pudiesen mecer con el pie las camitas, con lo que las sufridas operarias compartían su trabajo con las obligaciones maternas. Son tiempos en los que los trabajadores no tienen más derecho que el salario que cobran, no existe ningún tipo de atención social por parte del Estado, no hay seguro de enfermedad, alumbramiento, viudedad, orfandad o incapacidad y tampoco pensiones de jubilación. En este difícil ambiente las cigarreras, sin embargo, logran constituir como colectivo una asociación de tipo benéfico, una hermandad de socorro, aún sin carácter sindical, en la que a través de un fondo común se pagaban los subsidios por enfermedad, los días de baja por maternidad y la asistencia a las ancianas que ya no podían realizar su labor. Estas mujeres, estimadas y admiradas por su duro trabajo, adquieren fuerza y, conscientes de su cualificación, serán reivindicativas, documentándose entre 1905-1916, aunque con escasos resultados, varios conflictos en los que las trabajadoras reclaman derechos elementales como la equiparación del salario con los varones, la jornada laboral de ocho horas o la regulación de los despidos, reivindicaciones que llevarán incluso a la convocatoria de grandes huelgas en el período comprendido entre 1918 y 1921. Las cigarreras sevillanas, que atienden y compaginan su trabajo con sus obligaciones como mujeres y madres, ya que las agotadoras jornadas laborales no las eximen de sus tareas domésticas, se convierten en ejemplo paradigmático de la revolución industrial y pronto serán un tema atractivo para los artistas.

Con pincelada suelta y una paleta elegante y luminosa, Bilbao adopta un realismo naturalista basado en la tradición velazqueña, que nos evoca a Las hilanderas, y presenta una instantánea del trabajo cotidiano en el interior de la fábrica reflejando con exactitud y detalle su ambiente. Se recrea en la figura de una mujer situada en primer término, una joven madre que, sin levantarse de su mesa de trabajo, detiene momentáneamente su actividad laboral para dar el pecho a su hijo, al que acaba de levantar de la cuna que se sitúa a su derecha, ante la amable mirada de algunas de sus compañeras. El artista individualiza los rostros y los gestos del grupo de operarias que protagonizan esta emotiva escena, en la que radica una gran parte de la carga social de la obra, comunicándonos una denuncia dulcificada de la dureza de vida de las cigarreras.


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