Beata Beatrix (Dante Gabriel Rossetti, 1864)

“El silencio cae sobre mi corazón
Y agita todo su dolor.
Estiro mis brazos en el pasto largo
Y vuelvo a dormir,
Vacía de todo amor, de vida,
Como una espiga vencida”

 (Elizabeth Siddal, fragmento del poema “Un año y un día”)

 Máximo exponente del prerrafaelismo, Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) fue un seductor impenitente que quedó marcado por su tormentosa relación con Elizabeth Siddal (1829-1862), su esposa y principal musa. Mujer de salud delicada y tendencias depresivas, Elizabeth sería inmortalizada tras su suicidio en la inquietante Beata Beatrix, obra maestra de Rossetti y un fascinante ejemplo del uso de la simbología botánica en el arte.

La Hermandad prerrafaelista se oponía al academicismo y pregonaba una forma de pintura en la que predominara el detallismo, la luminosidad y el colorido de los artistas italianos y flamencos previos a Rafael. El movimiento duró poco tiempo, menos de cinco años, pero tuvo una enorme influencia en el arte inglés hasta fines del siglo XIX. De estos pintores, Lizzie fue una de sus modelos preferidas y una de sus principales musas.

Inspirado en la Vita nuova, obra de Dante en la que éste se lamenta por la pérdida de su amada, Beata Beatrix representa, en realidad, a Elizabeth Siddal, a la que Rossetti identifica con Beatrice Portinari, en el instante de su muerte.

La figura de Beatriz, ataviada de rojo y verde, presenta una expresión de éxtasis, posiblemente más sexual que religioso, llevando entre sus manos un pájaro maligno que sujeta en su pico una amapola, efímera flor que simboliza la pasión y la muerte, así como origen del opio, la droga que utilizó Lizzy para su suicidio. Tras Beatriz observamos dos figuras que se miran mutuamente, representando a Dante y al Amor. A la derecha contemplamos un reloj de sol que simboliza el inexorable paso del tiempo.

Tras la muerte de su esposa, y torturado por el recuerdo de ésta, Dante Gabriel Rossetti, caería en el alcoholismo y la drogadicción, hundiéndose en una grave depresión que, en 1872, le llevaría a intentar suicidarse.

Había enterrado junto a ella el único manuscrito de sus poemas y años después se arrepintió y decidió desenterrar los poemas de la tumba de Siddal. La leyenda cuenta que, cuando abrió la tumba, Elizabeth estaba más hermosa que nunca, y que su cabello había crecido llenando por completo el ataúd. Después de esto, Rossetti dijo haber visto más de una vez el fantasma de Elizabeth, acosándolo, quizás indignada por la profanación de su tumba y ofendida por la traición amorosa.

Más información en:

https://elpais.com/cultura/2015/11/29/actualidad/1448813597_114391.html

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