amanecer

“Querido amigo: te escribo desde uno de los lugares más tristes de la tierra, pero de los más célebres de esta guerra también. Vivo ahora en un agujero cavado en la tierra. El espectáculo es maravillosamente grandioso noche y día, el terrible estruendo es incesante, la llanura arruinada se siembra sin cesar con el metal de muerte en el que habrá de germinar la nueva vida”

(Guillaume Apollinaire)

Las luces diminutas
que el soldado,
herido en la batalla,
divisa en el horizonte
son las casas
que no habitara
donde viven las mujeres que no amara
junto a la prole que no procreara.

Al alba,
en la ladera,
un reguero de sangre
traza un nombre incompleto.

En otro lugar,
lejos de estas montañas,
una comitiva entrega
a la madre del soldado
una medalla que el tiempo
no tardara en oxidar.

Autor: Javier Solé

Del libro de poemas “La casa del silencio” (ISBN 978-84-9095-522-2)

Ilustración: Otto Dix, “Amanecer” (1913)

El pintor expresionista, en 1913, tenía 22 años y estudiaba pintura en Dresde. Ese año, víspera de la Gran Guerra, pinta esta salida de sol como una inmediata premonición de lo que será un amanecer en un paisaje bélico: un sol de brillo sucio y apagado sobre un campo enlodado al que sobrevuelan pájaros siniestros como cuervos. Son estos animales que presagian un paisaje desolado habitado por la Muerte los únicos seres vivos que sobrevuelan como en la pintura de Vang Gogh o en la de Egon Schiele.

El cuadro, tachado de “arte degenerado” será confiscado por los nazis y recuperado milagrosamente intacto.

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