la casa de la esquina (Ludwig Meidner, 1913)

10 Novembre 2018


Ludwig Meidner (1884-1966) fue un pintor expresionista conocido sobre todo por sus series de pinturas de tema apocalíptico, en la misma corriente que otros artistas y poetas del momento, anticipó el inminente desastre de la Gran Guerra. Sus paisajes y ciudades bajo el fuego y las plagas del fin del mundo pueden llegar a sobrecoger, un par de años después el Apocalipsis hizo su ensayo general en las trincheras.

Los expresionistas alemanes tenían de la gran ciudad una visión negativa; eran un lugar hostil y amenazador, propicio a la corrupción. En este caso, Meidner nos ofrece este paisaje urbano centrado en una casa tambaleante y que parece desplomarse ante nuestros ojos. El edificio que representa el artista es la Villa Kochmann, un palacete de Dresde.

Como ocurre en Metrópolis de George Grosz, esta pintura de Meidner es representativa de la influencia que ejercieron sobre su estilo expresionista la estética y la temática urbana del futurismo italiano, que pudo contemplar en la galería Der Sturm el año anterior, así como del orfismo de Delaunay, a quien conoció en el café Josti de Berlín, quizás con motivo de su exposición en esa misma sala en enero de 1913. Ahora bien, mientras que los futuristas exaltaban la energía de la ciudad y Delaunay nos dejaba una imagen colorista y cubista de los grandes monumentos modernos, como la Torre Eiffel, los paisajes urbanos de Meidner transmiten una atmósfera apocalíptica y se muestran hoy ante nosotros como premoniciones del caos y la destrucción que se avecinaba.

La técnica es deudora del cubismo; dividir la casa en planos y volver a montarla, combinando diferentes perspectivas. Lo que en realidad es un edificio sólido y recio, se convierte en una estructura tambaleante, que produce inquietud y desasosiego. Una construcción tan inestable como la Europa de ese momento.

La temática principal de Meider fue la ciudad, el paisaje urbano, que mostró en escenas abigarradas, sin espacio, con grandes multitudes de gente y edificios angulosos de precario equilibrio, en un ambiente opresivo, angustioso. En su serie Paisajes apocalípticos (1912-1920) retrató ciudades destruidas, que arden o estallan, en vistas panorámicas que muestran más fríamente el horror de la guerra.



Las pinturas de esta serie se inscriben en un extraño patetismo, obsesionado por dotar a los lienzos de una agitación visual para constatar el hundimiento de una era. Esa concepción novedosa, de quiebra de la historia como mero proceso cronológico, es compartida por otras corrientes del momento como el futurismo. Por eso no extraña que acudiesen a coartadas como el Apocalipsis, la decadencia social, los estragos de la peste o a referentes figurativos como el personaje de Jeremías.


Lo que Meidner denomina paisaje es en realidad la visión viva, a través del color y el contraste, del ataque aéreo a la zona baja de una ciudad, del que parecen librarse aún los barrios que se extienden sobre dos leves promontorios a izquierda y derecha. En el centro, casas que arden entre las calles, en las que pueden distinguirse las diminutas personas a las que, a base de minúsculos brochazos, se ha dotado de piernas para intentar huir de la barbarie. En el cielo, estallidos que rompen una noche que pretendía ser oscura, formidablemente representada por la quiebra de ese azul al que ya no dejarán ser morado. Para la caída de los artefactos administra con generosidad el amarillo, pero la introducción de rojos y verdes en ordenado desorden consagra una dinámica de gran atracción. Si el fuego es protagonista, la sencillez con la que el artista dota a las llamas sobre los tejados de feroz movimiento destructor es admirable.

Es llamativo que años antes del uso los bombardeos como mortífero medio de aniquilamiento de la población civil un pintor se decidiera a recoger una visión tan clara del horror venidero.


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