Gregorio en Sepúlveda (Zuloaga, 1908)

“una figura deforme de horrible faz, ancha, chata y bisoja, calzados los pies de alpargatas y las piernas de calzones que medio se le derriban, en mangas de camisa, abierta ésta por el pecho, que avanza con enormes músculos de antropoide. Sobre el suelo se alzan, y apoyados en su hombro se mantienen en pie, dos henchidos pellejos que conservan las formas orgánicas del animal que en ellos habitó y afirman un no remoto parentesco con el hombre monstruoso que los abraza como a dos semejantes. Más que un ser humano parece un trozo de pedrusco y es el representante, por así decirlo, de la barbarie, de la España anclada en el pasado, de lo irremediable del peso de los siglos sobre España”. No contento con esto añade “¡Divino enano mortal, bárbaro animáculo que aún no llegas a ser un ser humano y lo eres bastante para que echemos de menos lo que te falta! Tú representas la pervivencia de un pueblo más allá de la cultura; tú representas la voluntad de incultura”

(Ortega y Gasset)

“monstruo de pesadilla, contrahecho, ridículo, espantable, con sus manos torcidas, manos de manco; una apoyándose en un enorme pellejo, y en la otra un jarro de barro, en que parece ofrecer el vino a todos los bebedores; vino de discusiones de reyertas, de pendencias, de crímenes. La víctima de la fiesta el cielo negro y de pesadilla, en que se destaca un viejo bárbaro cansado, con la lanza mirando al suelo; nuevo Quijote sin ideales que nunca conoció un día de gloria, y triste rocinante este viejo caballo, que produce pena y que parece ha de estar recorriendo estos viejos pueblos de España entra las rechiflas y el aplauso de un pueblo bajo y cruel”

(Gutiérrez Solana)

El 4 de mayo de 1861, un vecino de Lastras de Cuellar llamado Bernardo Gil Baca bautizó de urgencia con agua de socorro a un niño. Su retrato acabaría colgado de las paredes de una de las mejores pinacotecas del mundo, el Hermitage de San Petersburgo. Este niño también llegó a ser símbolo de una España que la Generación del 98 quería olvidar.

Ese día nació Gregorio de las Heras Arranz, hijo de Eusebio y de Juana, también naturales de este lugar. Los augurios no eran muy esperanzadores. Sin embargo, contra todo pronóstico sobrevivió. El niño padecía enanismo y presentaba deformaciones que le acompañarían y seguro le condicionarían toda su vida.

No sabemos mucho de la vida de Gregorio ni de su familia en Lastras. En Segovia vivía en la indigencia extrema en una cueva edificada por el mismo en la ladera del cementerio.

En los albores del siglo XX conoce al conocerá al pintor Zuloaga. Al parecer entabla una estrecha relación con el pintor durante su etapa segoviana, teniéndole a su lado mientras trabajaba y presentándole a personas que acudían a su estudio. Gregorio posa para el pintor en al menos dos cuadros.

El primero, titulado “El enano Gregorio el botero” le representa con dos pellejos al hombro, mangas de camisa y alpargatas, delante de las murallas de Ávila. En el segundo cuadro se ve al enano con Sepúlveda al fondo. Gregorio pasará a la posteridad, convirtiéndose en el modelo predilecto del pintor vasco.

Gregorio estaba muy unido a su madre y a su muerte desemboca en un alcoholismo y muere de hepatitis aguda a los pocos meses, en 1909.

El cuadro El Enano Gregorio el botero se había presentado en París en 1908, alcanzando un éxito inmediato. Los intelectuales de la época ponen su atención en la figura deforme y a la vez altiva de nuestro paisano. La generación del 98 no tuvo piedad de él y escogió a Gregorio como icono de la incultura y la barbarie de la España que querían dejar atrás.

 

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