retrato de Maurice Barrès (Zuloaga, 1913)


Barrès era un escritor lorenés, gran aficionado a la Historia y a las tradiciones, interesándose especialmente por el pasado de Toledo, llegando a escribir una obra titulada “El Greco o el secreto de Toledo”. Naturalmente cuando Zuloaga le retrató empleó una composición protagonizada al mismo tiempo por el escritor y por la ciudad imperial, tomando como referencia la Vista y plano de Toledo de El Greco, uno de sus pintores favoritos.

Una visión espectacular de Toledo con sus más importantes edificios: el puente de Alcántara, el Alcázar y la catedral, simplificando Zuloaga las arquitecturas y suprimiendo el plano del lienzo original del pintor manierista. El resultado es una obra cargada de simbolismo y teatralidad, en la que literatura y pintura se funden con toda la intensidad.

De ese mismo año “Vista de Toledo” donde la referencia a El Greco y esos cielos exagerados y apocalípticos es una constante en los paisajistas del siglo XIX.

Zuloaga alternará su estancia en París con largas temporadas en España, y en concreto en Segovia. En París se dedicará principalmente al retrato y desde Segovia iniciará su pintura de paisajes y de tipos castellanos, consolidando así su otro estilo, el de la “España negra.”

Zuloaga vivió en un ir y venir continuo, importantes fueron también sus desplazamientos a Italia, Alemania y América. Se puede apreciar, igualmente, cómo en su vuelta a España la temática de sus obras experimenta un cierto retorno. Un giro costumbrista, con la representación de ambientes populares: fiestas, meriendas, reparto de vino… O también, los paisajes.

En estas obras, se observa la influencia de la tradición realista de Courbet, a la que añadirá los recursos del impresionismo y del postimpresionismo.

Zuloaga no fue un paisajista cualquiera. Aunque sus comienzos estuvieron impregnados por el impresionismo, su técnica fuertemente empastada, la estructura de sus planos, el dramatismo y el estudio de la luz, es fruto de una interpretación personal, llena de gran fuerza expresiva y de segura energía.


Sus paisajes de las ciudades castellanas contienen una gran carga psicológica que implica la identificación con el territorio. Así, el duro paisaje castellano se convertirá en la imagen emblemática de España. Su visión de España le identifica con la Generación del 98, muestra la decadencia de las ciudades y el deseo de la vuelta a la tierra y al paisaje yermo, en busca de una autenticidad y una identidad nacional. La sobriedad, la nobleza, y el pesimismo imperante en la generación literaria parecen reflejarse en los lienzos de Zuloaga.

Pintó los tipos españoles y las visiones de una Castilla ruda, hosca y empobrecida. Se sirvió de varios elementos, como son, la miseria y las costumbres tradicionales de los pueblos.

Se interesó por el paisaje rural, por las viejas casas agrietadas, las edificaciones populares y las nobles fachadas de piedra labrada desgastadas y erosionadas que sufren el paso de los años y de la historia.

Recurrió a los pueblos y a los campesinos porque en los pequeños pueblos era donde mejor se conservaban las tradiciones. Sus imágenes, por tanto, muestran una España campesina, con personajes solemnes, hieráticos y atemporales.

En Mujeres en Sepúlveda, serán las propias figuras las que conducen la mirada al pueblo medieval, con retorcidos caminos y aglomeradas casas sobre un áspero paisaje de barrancos y colinas.

Sepúlveda fue, sin duda, para Zuloaga, el pueblo que mejor expresa el carácter español, castellano, austero y adormecido en un rincón de la historia.

Ilustraciones: “Retrato de Maurice Barrès” (1913), “Vista de Toledo” (1903), “Catedral de Segovia” (1938) “Calle de una vieja ciudad castellana”(1894) y “Mujeres en Sepúlveda” (1909)

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