Petra (Jaime Rosales, 2018)

1 Juliol 2019

Sinopsis: Tras la muerte de su madre, Petra inicia la búsqueda de un padre cuya identidad le ha sido ocultada a lo largo de su vida. Todos los caminos parecen conducir hacia un hombre poderoso y despiadado. El destino, empeñado en imponer su lógica cruel, llevará a Petra hasta el límite de su fuerza interior.

“Petra es una maravillosa pieza artística apta para miradas contemplativas en tardes de lluvia y viento” (Santiago Jurado)

Petra es un ejercicio de gran solidez y muy bien trazado, que consigue algo tan complicado como hacer de su guion la principal baza narrativa, sin escudarse en espejismos o desmesurados recursos de montaje; una narración tan cruda como inteligente sobre la tiranía en su estado más salvaje.” (Alberto Sáez Villarino)

 “Con Petra, película que remite ya a la tragedia griega desde la solemnidad del nombre propio que da lugar al título, Jaime Rosales vuelve a hacer gala de una inteligencia y de una sensibilidad que están a la altura de pocos. Así, y mediante una serie de capítulos —en cuyos títulos ya se nos indica lo que va a ocurrir, la imagen solo se ocupará de describir la acción— que alteran la cronología de los hechos para dar lugar a una narrativa fragmentada, el director de Barcelona nos presenta a una pintora joven, Petra, que se acomoda en la casa de un pintor viejo, cabrón y de éxito. ¿El motivo de todo esto? La artista cree que se trata de su padre. Partiendo de esta premisa, típica como ninguna otra, por supuesto, Jaime Rosales se adentra en la vida de una familia fracturada y de todo lo que se encuentra alrededor de ella. La cámara del autor de Hermosa juventud (2014), que estará sometida a un perpetuo movimiento que recorre los exteriores e interiores desde el encuadre sin personajes hasta el encuentro de la figura humana, para después dejarla de lado de nuevo, entrará en contraste, desde la suavidad y parsimonia de su pasear, con la intensidad de las acciones que registra.” (Pablo Castellano)

“La calculada y minuciosa estructura de la cinta conduce al espectador por un extraño laberinto a la vez ajeno y perfectamente reconocible; transparente y sonámbulo. La cámara se coloca siempre de frente en el lugar más transparente de todos. Las escenas se van hilando en planos que son a la vez secuencias tan tensos y crudos como magnéticos. Todo queda a la vista y, sin embargo, lo que cuenta es la herida que discurre por dentro.” (Luis Martinez)

“en ella sigue experimentando con dispositivos (movimientos laterales de la cámara, que prolongan la duración de una escena mientras el corazón de esta sigue latiendo fuera de campo; una estructura capitular y discontinua, que desmonta sin descanso las expectativas que genera un relato jugando con su previsibilidad) que se interrogan, indirectamente, sobre qué sentido tiene narrar una historia, cuál es la responsabilidad moral del cineasta a la hora de decidir sus derivas. No es casual que, en el epicentro del film, haya un demiurgo que mueve los hilos, un dios perverso que controla la puesta en escena de sus monstruosos trucos para hacer avanzar la trama hasta que esta se independiza, toma cartas en el asunto, se adueña de sí misma para albergar una esperanza de reconciliación, lejos de ese genio del mal que entiende el arte como un valor de mercado.” (Sergio Sánchez)


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