casas de Auvers (Van Gogh, 1890)

30 Setembre 2019


Vincent van Gogh abandonó París el 20 de mayo de 1890 con destino a Auvers-sur-Oise, un pequeño pueblo a treinta y cinco kilómetros al norte de París adonde se habían dirigido antes que él otros artistas, como Charles Daubigny o Paul Cézanne, y lugar de residencia del doctor Paul-Ferdinand Gachet, el médico y coleccionista de obras de arte a quien Theo van Gogh, por recomendación de Camille Pissarro, confió el cuidado de la salud de su hermano Vincent. A pesar de que apenas duró dos meses, la época de Auvers fue tremendamente fecunda para el pintor.

El delirio creativo que manifiesta Vincent en sus dos últimos meses, transcurridos en compañía del doctor Gachet en Auvers, se puede admirar en cualquiera de las más de 80 obras elaboradas, trabajando de sol a sol para crear más de un cuadro al día.

Durante las que serían sus últimas semanas de vida, en que pintó numerosos paisajes del natural, el artista sufrió todo tipo de sentimientos enfrentados: por un lado, una sensación de libertad frente a esos amplios y fértiles sembrados y, al mismo tiempo, una profunda melancolía y una sensación de soledad, que le llevarían a acabar con su vida

Las casas del pueblo serán representadas a las diferentes horas del día, enlazando así con las teorías impresionistas que consideraban diferente un objeto dependiendo de la luz que impactara sobre él. Así surgen maravillosas serie salidas de los pinceles de Monet o Pissarro, uniéndose a ellos el genial holandés. Las tonalidades verdes dominan el conjunto, compartiendo protagonismo con los verdes y amarillos mientras ligeros toques del rojo de las amapolas llaman nuestra atención en primer plano. El color sirve para obtener las formas, excepto en aquellos elementos que tienen delimitados los contornos con una línea más marcada, siguiendo el cloisonismo de Bernard y Gauguin, motivo habitual en toda la producción de Vincent.


En “Les vessenots en Auvers” (1890) el artista combina una composición de horizonte elevado, en la que se agrupan una serie de viejas casas de la campiña, algunas con tejados de paja, junto a unos extensos campos de trigo y algunos ondulantes árboles, con una paleta reducida, de luminosos verdes y amarillos, y unas pinceladas agitadas y nerviosas, que siguen un ritmo ondulante y repetitivo. Tal y como observaba Guillermo Solana en su estudio sobre el periodo final del pintor, el horizonte elevado es lo que diferencia estos paisajes de Auvers de los posibles antecedentes como Daubigny y George Michel, o la pintura holandesa del siglo XVII y constituye además «un rasgo general del paisajismo avanzado de la segunda mitad del siglo XIX».

A pesar de que Van Gogh pintaba frente al motivo, nos muestra una visión absolutamente personal y manifiesta de forma visual aquello que le sugiere lo que está mirando. Los fértiles prados de los alrededores de Auvers le producían sentimientos enfrentados; la sensación de libertad que tenía frente a esos amplios sembrados se contraponía a la melancolía y la sensación de soledad que le producían. Sería en uno de estos campos de trigo, que repetidamente había pintado en las últimas semanas, donde abrumado por sensaciones contradictorias y en medio de una recaída de su fuerte depresión, Van Gogh terminaría con su azarosa existencia, cuando en la mañana del 27 de julio de 1890 se disparó un tiro. Murió solo y atormentado, aunque, como leemos en la última carta que escribió a su hermano, mantuvo hasta el final un atisbo de esperanza en su obra: «La verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen».

En este paisaje de “Les Vessenots”, a las afueras de Auvers, Van Gogh representa una composición de horizonte elevado, en la que se agrupan una serie de viejas casas de la campiña junto a unos extensos campos de trigo y algunos ondulantes árboles. La paleta reducida, de luminosos verdes y amarillos, y las pinceladas agitadas y nerviosas, que siguen un ritmo ondulante y repetitivo, son propias del periodo final del pintor.


En “Paisaje con carro y tren” (1890) los amarillos de los campos de Arles dejan paso a los verdes trigales que apreciamos en esta composición. Las bandas horizontales empleadas tienen dos puntos de referencia especiales para llamar nuestra atención: el camino con la carreta y el tren del fondo. Esas bandas horizontales que organizan el conjunto se ven a su vez relacionadas con las líneas verticales y diagonales de los campos sembrados, obteniendo un entramado de líneas con el que consigue un espectacular efecto de profundidad. Las pinceladas de Vincent son ahora más rápidas, más empastadas, como contemplamos en el primer plano o en la zona superior izquierda del cuadro. Ese toque de pincel en espiral que caracteriza buena parte de su producción de Auvers también está aquí presente, proyectándose hacia el espectador para buscar una relación con él. Hay en el uso del color un tono deliberadamente frío que sólo el rojo de las casas o la carreta consiguen contrastar.


Gaston y su hermana (Gustave Van de Woestyne, 1923)

29 Setembre 2019


Gustave van de Woestyne (1881-1947) fue un pintor y grabador belga. Expresionista flamenco con rasgos simbólicos y (neo) realísticos. Desarrolla un lenguaje creativo individual en el que simplifica fuertemente la realidad y hace exactamente lo que desea, con una tendencia hacia la caricatura.

En los primeros años, van de Woestyne pintó sobre todo pequeños retratos, de expresión soñadora, con una técnica minuciosa inspirada en los pintores flamencos y que nos recuerdan el espíritu de los prerrafaelitas ingleses. Otros de estos pequeños retratos son campesinos cuya expresión se obtiene mediante un dibujo agudo, directamente inspirado en Brueghel.

Una segunda fase de su obra está consagrada a composiciones religiosas, tratadas al modo simbólico de Maurice Denis, representando paisajes campestres bajo una luz idílica. En los años 20, su dibujo se endureció, se geometrizó; el color se hizo más insistente y la expresión general más dramática. En su pintura religiosa, desistió de la elegía en favor de la expresión del sufrimiento físico y de la soledad moral, traduciéndolo en emotivos rostros de Cristo.

Gastón y su hermana están sentados uno junto al otro en una silla. El tamaño de las figuras es imponente. Hay al fondo una casa de juguetes y un árbol. Ambos están vestidos con ropa de domingo negro. A su lado crece una dalia. Las proporciones entre los niños y su entorno, combinadas con la sensación de vacío, dan a la pintura una sensación irreal, un efecto que se ve reforzado por la expresión peculiar, casi caricaturesca de los modelos. La chica que se hacía pasar por la hermana de Gaston era, de hecho, Bertha, la sirvienta de la familia.


fin del hechizo

27 Setembre 2019


A las doce;
cuando tengas que abandonar
el baile y se tornen
calabaza la carroza,
ratones los corceles,
andrajos el vestido,
ceniza el resplandor,
por favor,
no te olvides del zapato.

Autor: Pedro Flores del Rosario

Fotografía de manuel monzo soria


el cementerio de Proctor

26 Setembre 2019

«… A los setenta pruebo
en soledad
el sabor de la desolación…»

Con morboso regocijo pensábamos
que cuando llegásemos a morir
nuestros cuerpos yacerían,
primero el mío, después el tuyo,
a cuatro millas de Eagle Pond, bajo abedules,
durante siglos,
sepultados en la tierra bajo un cielo mudable.

Después de derretirse la nieve,
desde las moscas negras de junio
hasta la caída de las hojas,
el perro y yo vamos
paseando entre tumbas y nos paramos en la tuya
donde los que te lloraron,
se juntaron todos una tarde de abril.

Autor: Donald Hall

Ilustración de Gary Bunt


la cuna (Berthe Morisot, 18726)

25 Setembre 2019


En La Cuna (1872), sin duda alguna, el cuadro más famoso de Berthe Morisot, la artista representa en él a una de sus hermanas, Edma, velando por el sueño de su hija, Blanche. Es la primera aparición de una imagen de maternidad en la obra de Morisot, tema que se convertirá en uno de sus argumentos de predilección.

Dentro del impresionismo, Morisot se especializará en los temas intimistas, protagonizados por mujeres.

En La cuna observamos a una mujer vestida a la manera burguesa – traje negro con cuello y puños blancos de encaje y ajustado collar negro – contemplando a un bebé que duerme plácidamente en una cunita protegida por un mosquitero. La escena se desarrolla en una habitación, apreciándose las blancas cortinas al fondo y una pared entelada.

La mirada de la madre, la línea de su brazo izquierdo doblado, al que hace frente el brazo también plegado del niño, los ojos cerrados del bebé, dibujan una diagonal que resalta todavía más el movimiento de la cortina en el fondo. Esta diagonal relaciona la madre con su hijo. El gesto de Edma, que corre el visillo de la cuna entre el espectador y el bebé, intensifica todavía más el sentimiento de intimidad y de amor protector expresado en el cuadro.

El efecto atmosférico creado es sensacional, con un difuminado de los contornos que recuerda a la Escuela veneciana. El empleo del negro en contraste con el blanco está tomado de Manet, mientras que la luz penetrando a través de las cortinas enlaza con Degas.

La pincelada empleada por Morisot es rápida y ligeramente empastada, sin dejar de lado el excelente dibujo que siempre exhibirá. La captación psicológica de la protagonista demuestra la facilidad que tenía la pintora para el retrato.


está tu nombre tiritando

24 Setembre 2019


“No et trobo en las mans que abracen el buit
que deixes”

(Natividad Ayala)

No pidas, hija, que cese de llorar.
Te confundes, no era yo.

Esta madrugada
la lluvia mojando tu nombre
y las gotas, dubitativas,
tirabuzones recorriendo
la hendidura
de las letras esculpidas con navaja.

Un caracol,
atónito y atrevido,
besando el puntito de la i.

Los charcos eran islas formando continentes.

Autor: Javier Solé

Fotografía: Bellvitge, octubre 2016

Del libro de poemas “El exilio interior” (ISBN 978-84-1304-853-6)


en el centro de tu pupila

23 Setembre 2019


algo que alguna vez has hecho
has dicho
o has pensado
está teniendo sus consecuencias ahora

aquella rama de cerezo rota
un girasol arrancado
la lluvia que un día llegaste a maldecir
aquel deseo de hacer desaparecer
en un instante
los mares y las montañas
y llegar antes de tiempo ahí donde creías
que todavía bailaba el amor

incluso lo que no haces
no dices
o no piensas
está teniendo sus consecuencias

la flor que nunca riegas
la belleza del jardín que encuentras
donde esperabas ver tierra yerma
esa belleza que callas
los maizales caminos abiertos
que ahora ya no recuerdas

en el bosque
los árboles se derrumban
bajo el peso de la tormenta
y los pájaros prenden fuego al nido
con sus alas incandescentes
porque ya no sabes detenerte
para imaginar lluvia

en el mar
las ballenas flotan a la deriva
y tú ignoras que sus vientres
podrían haber dado a luz
aquel mundo más justo
que ya no ansías

bajo tierra
los topos han perdido el apetito
y sus presas se pudren
como los sueños que ya no persigues

no hablo de culpas

lo que intento decirte
es que es justo en el centro de tu pupila
donde se está quemando el Amazonas.

Autor: Corina Oproae

Ilustración: Samuel Bak, “Collectively” (2017)


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