metrópolis (George Grosz, 1916-1917)


Metrópolis, pintada por George Grosz en Berlín en plena guerra, entre diciembre de 1916 y agosto de 1917, con una interrupción debida a su nueva llamada a filas, entre enero y mayo de 1917, representa una visión alegórica e inquietante de una sociedad encaminada a su propia destrucción La. pintura, consecuencia de los horrores de los que el artista había sido testigo, se inscribe dentro de un estilo marcadamente expresionista, aunque el solapamiento de planos geométricos de la composición nos remite a la estética cubista.

Este cuadro es un clamor rojo de gritos sofocados. En un paisaje urbano que hace honor al título, vemos dos ríos de gente que van en sendas direcciones, marcadas por las calles, como si los individuos de uno no tuvieran nada que ver con los del otro y los de cada río sólo tuvieran en común que van en la misma dirección. Al llegar a la esquina, que está casi en el eje vertical del cuadro, ambos grupos se entrecruzan, sin llegar a mezclarse, y siguen su camino, desconocido para nosotros y quizá también para ellos. Todos los individuos avanzan a paso rápido e inclinados hacia delante, como abatidos por el peso de alguna culpa, quizá hipnotizados por una creencia común.

Es de señalar la falta de correspondencia en la proporción entre unas figuras y otras. Las hay de distintos tamaños, y no se trata de un efecto de perspectiva. La más grande, en el centro, justo detrás del pie de la farola, bien podría encarnar a la Muerte de una manera disimulada,

Esta figura nos lleva a hablar de los coches fúnebres que aparecen en la pintura. Uno de ellos, cuyos caballos desaparecen justo detrás de esta supuesta representación de la Muerte, cruza el cuadro de izquierda a derecha, conducido por un esqueleto con chistera, y su decoración recuerda un macabro teatro de guiñol. El otro coche fúnebre avanza por la calle de la izquierda, desde el fondo, aunque está aparentemente parado. Entre ambos coches fúnebres hay algo que podría ser un tercer coche, quizá también fúnebre a juzgar por su color, yendo en sentido opuesto al anterior, tirado por un caballo aún más fantasmal que los otros, si cabe, al que un personaje, también de negro, parece aferrarse. En la escena aparecen dos vehículos más; desde el fondo de la calle por la derecha avanza un tranvía verde y una furgoneta con el techo azul.

El espacio del cuadro queda definido, fundamentalmente, por una perspectiva oblicua que el edificio del hotel hace patente. Éste está colocado en ángulo o esquina y las dos calles que recorren sus fachadas, fugan oblicuamente hacia izquierda y derecha. La farola de la que cuelgan dos luminarias, que posiblemente quiere indicar el centro de la plaza, está situada justo delante de la esquina del edificio principal en ángulo, lo que acentúa el efecto de la perspectiva oblicua.

Una ciudad alienada, dominada por la velocidad y la prisa, ante la cual los ciudadanos se convierten en autómatas deformes en su carrera.  

La inmovilidad de los edificios choca con la fuga dinámica de personas, que huyen en diferentes direcciones, creando una especie de marcha caótica, mientras que el edificio principal, inmóvil, divide la pintura en dos.

Esta ciudad terrorífica que vemos en el cuadro es la plasmación de una sociedad enferma, corrupta, aislada y egoísta, la principal causante de la guerra que asolaba Europa.

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