suicidio (George Grosz, 1916)


En Suicidio (1916), en un cruce de calles, yace, resaltado por una alfombra rodeada de barandilla, casi como en un ring de boxeo, el cuerpo de un hombre que se acaba de pegar un tiro, quizá una metáfora de que ha sido vencido por la vida. El bastón aún asido por su mano izquierda, la pistola en el suelo cerca de la otra mano; a un lado el sombrero y un perro rojo, al otro una mancha de sangre en la que se ve una efigie sonriente, quizá el mismo suicida ya liberado. Un transeúnte, cuya cabeza se sale del cuadro, pasa deprisa, encorvado; otro, sin rostro, está parado junto a una farola y un tercero desaparece por el margen izquierdo.

En el fondo hacia la derecha, una prostituta se asoma a su escaparate casi desnuda con una flor en la mano; su cliente, un anciano, está sentado detrás. Otro perro rojo dobla la esquina, seguido por alguien de quien sólo se ve asomar la mano y un poco el brazo derecho. Todos parecen ajenos al suceso principal: el suicidio.

La pintura está bañada en una luz roja infernal; en las calles rojas, los perros carroñeros rojos merodean…

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