casa de locos (Goya, 1819)


Goya siempre se sintió atraído por la representación de la locura, la deformidad o las perversiones. El tema de los establecimientos psiquiátricos estaba en las tertulias de los ilustrados españoles.

En el marco de una arquitectura claustrofóbica, cuya única luz al exterior es una alta ventana con barrotes, de carácter claramente represor, se encuentran enfermos mentales que representan distintos personajes: uno —al parecer salvaje— tocado de plumas en la cabeza, otro con tricornio, uno más con tiara papal que hace el gesto de bendecir hacia el espectador, muchos otros desnudos… todos ellos en actividades grotescas y patéticas.

Sus actitudes y acciones incoherentes evidencian la demencia que les ha llevado a ser encerrados allí. Algunos elementos y detalles ayudan a distinguir los diversos estamentos sociales que Goya ha querido representar, todos ellos igualados a través del desnudo.

Así, el pueblo inculto y holgazán está representado como asistente a los toros, protagonizado por el loco que está de espaldas y sujeta unos pitones y por el que hace de picador, a su izquierda, y está a punto de apuntillar a un compañero. La Iglesia aparece retratada a través del personaje de la derecha caracterizado como Papa, tocado con una especie de tiara improvisada y adornado con un escapulario formado por un naipe, que adopta el gesto de bendecir con la mano derecha mientras en su cara se advierten unos ojos desorbitados. Tras él, encontramos la figura del emperador, con corona de naipes, un cetro en la mano y hasta una túnica. En pie, tocado con una corona de plumas y armado con lo que parece semejarse a un arco, se dispone el jefe salvaje rodeado de su séquito de acompañantes y admiradores, entre los que se encuentra su fiel servidor, una monja fanática, un monje encapuchado y otras figuras tan solo esbozadas. Seguramente es una parodia del rey de España. En el centro de la composición y también en pie, un hombre de espaldas y completamente desnudo se cubre la cabeza con un tricornio y señala al fondo como si se dispusiera a lanzar un ataque al enemigo.

La crítica feroz a la sociedad parece ser síntoma del enfado y la tristeza que Goya sin duda sintió cuando se restableció el poder absolutista de Fernando VII. Pero la mirada de Goya es humana y compasiva sobre los pobres enajenados.

Unos años antes, en 1793, Goya pinta “Corral de locos”.


En un patio abierto, que podría ser el departamento de dementes del hospital de Nuestra Señora Gracia de Zaragoza, Goya ha pintado un grupo de enfermos mentales. En el centro de la composición dos de ellos pelean desnudos, como si fueran dos luchadores grecorromanos que parecen sacados de una obra clásica, mientras el cuidador les azota con una fusta. Otros, vestidos con unas maltrechas túnicas blancas que Goya en su carta denomina “sacos” les jalean. El personaje que se encuentra a la izquierda de pie con los brazos cruzados mira directamente al espectador con gesto de horror mientras el que está sentado a la derecha con un sombrero hace una mueca sarcástica. A la derecha, de cara a la pared, un personaje en pie viste una librea, uniforme de color verde y marrón que llevaban los pacientes menos conflictivos.

La luz que ilumina la parte alta de la escena y la que entra por la ventana con rejas que se encuentra al fondo del cuadro desdibuja los contornos, produce una visión unitaria del espacio y elimina el ángulo en que se unen los dos muros del patio. Este espacio tenebroso e indefinido en el que se encuentran los enfermos mentales parece una alusión a la condición en que éstos se hallan, a las tinieblas de su escasa capacidad para comprender o razonar.

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