El exilio (Guerrero Medina, 2000)

Una larga fila humana avanza lentamente, de manera ordenada. Con esta obra Guerrero Medina nos muestra la desesperación de los miles de personas que llegaron a las playas de Argelers tras la caída de Barcelona en enero de 1939. Familias enteras, cargando con las pocas pertinencias que habían podido salvar, acababan de atravesar los Pirineos a pie. Los rostros anónimos van desdibujándose a medida que avanzamos la mirada siguiendo la fila. Al fondo podemos ver que la masa de colores termina por confundir la presencia humana con el paisaje. Los rostros desdibujados y con unas líneas profundamente marcadas no pretenden individualizar cada persona, sino generalizar la situación al conjunto de la población que tuvo que recurrir al exilio para poder sobrevivir durante aquellos fatídicos años.

La caída de Barcelona en enero de 1939 provocó una terrible diáspora: medio millón de refugiados intentaban huir hacia Francia aprovechando que el entonces jefe del gobierno francés, Édouard Daladier, del partido radical, había autorizado abrir el paso de la frontera por Irún, por la Jonquera y Portbou. Fue así como Argelés, un pueblo de 23.000 habitantes vio llegar 353.107 personas a pie: familias enteras con las pertenencias que habían podido salvar, que se encontraban en un estado calamitoso, pues después de tres años de guerra acababan de hacer el paso de los Pirineos a pie.

Llevado a cabo a petición del gobierno francés el 9 de marzo de 1939, el “informe Valière” estimaba la presencia de unos 440.000 refugiados, de los que 17.000 eran mujeres, niños y ancianos; 200.000 eran soldados y milicianos; 40.000 eran inválidos y 10.000 eran heridos.

En marzo de 1939 Robert Capa visitó el enorme campo de la playa de Argelés y encontró encerrados a 800.000 republicanos españoles. Dejó un testimonio escrito: “Un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento. Para coronar todo ello, no hay agua potable, sino el agua salobre extraída de agujeros cavados en la arena”.

Guerrero Medina en esta serie sobre La retirada republicana no refleja la miseria; todo lo contrario, se propone transgredir la realidad lastimosa, ir más allá de la vergüenza, la pena y el dolor para poner de manifiesto un sentimiento de admiración por una dignidad extrema: los rostros adustos de cada uno de los hombres y las mujeres del ejército vencido que vestían ropa sencilla pero limpia y pulcra; y que caminaban derechos y con la cabeza bien alta como si fueran no los vencidos, sino los auténticos vencedores.

Entre enero y febrero de 1939 medio millón de personas cruzaron la frontera, camino de Francia. Gente de todas partes y de todas las condiciones, reducidos a un magma que exhala tristeza, unidos de repente por una experiencia común, un sentimiento devastador, intuido a lo largo del viaje, durante el lento camino de huida, y que estalla con toda la fuerza en los intensos y emotivos instantes que preceden el paso de la frontera. Hacía mucho frio, todos se cubrían como podían, pero costaba muy poco entender que, desposeídos de todo, nunca nadie se había sentido tan desnudo.

A los rostros les cuesta hacer emerger al hombre o a la mujer que habían sido. Guerrero dibuja el desvanecimiento, un vacío que encuentra la expresividad en la falta de apariencia. Los rostros se amontonan en un abigarramiento que recuerda a la concentración de motivos de los capiteles románicos. Se junta, en estas caras, en su palidez, su blancura de mármol, una tensión infinita volcada toda ella hacia el interior. Una forma de pudor, para esquivar las miradas de seres desconocidos, compañeros de desdicha o altivos gendarmes, que sólo podrían descubrir una tristeza lancinante, que de rebote aún sería mucho más grande. Los ojos se cierran para no ver el vacío. Indiferentes o atemorizados frente a una geografía que no les tempera el dolor ni les comunica nada, sino la pérdida, los ojos se cierran para proteger el corazón de nuevas agresiones. Pero en los labios entreabiertos se insinúa un pánico aterrador. Sobre estos rostros sin edad, de repente ha caído a plomo la vejez. Y sin embargo son rostros llenos de dignidad. El infortunio les ha abatido, la enfermedad ha dejado huella, la desolación les ha borrado el carácter familiar hasta parecer que no son capaces de reconocerse los unos a los otros, aunque en la debacle les sostiene una humanísima dignidad.

Y una vez franqueada la frontera, en el acto se hace evidente con una brutalidad sin paliativos qué representa la condición de exiliado. El exilio significa que uno deja de ser dueño del propio destino. El segundo después de saber que uno no perdería la vida uno tuvo que aprender que la nueva vida venía marcada por la dirección que le señalaba una bayoneta. La libertad acabada de estrenar conducía a la prisión. Hoy son nombres anodinos, festivos y hasta comportan imágenes placenteras: Sant Cebrià, Argelers. Entonces fueron nombres siniestros, símbolos de falta de futuro, una nueva representación de la derrota, un nuevo y diferente campo de batalla. Había comenzado la lucha por la supervivencia.

Como unas zarzas feroces, los enrejados de alambre marcaban agresivamente el territorio. La otra reja la ponía el mar, una pared compacta y helada. La intensidad de los rostros cambia. La desesperación abre la puerta a la rebelión. Para algunos, el exilio se inicia con una gran aventura, una huída sin final que desemboca en una gran guerra. Para otros, el paso por los campos de concentración fue, por suerte, un tiempo relativamente breve de incomodidades y enfermedades, de vejaciones que avivaron el espíritu emprendedor. Otros se dejaron la piel, fatigados, debilitados, hartos de soportar las condiciones salvajes de aquellas arenas siempre húmedas.

Guerrero Medina rinde homenaje a la fotografía que sin lugar a dudas mejor resume los tres años de conflicto bélico. Se trata de la instantánea captada por el fotógrafo Robert Capa donde vemos a un miliciano en el momento en que es derrotado; el fusil que lleva en la mano no le ha servido para defenderse y un tiro ha acabado con su vida. La obsesión de Guerrero Medina por esta imagen lo lleva a trabajarla incansablemente y el resultado es esta serie de obras en tinta china dedicada a la muerte del miliciano. Los fondos negros dejan el protagonismo absoluto al miliciano que está cayendo, derrotado por una bala enemiga. Este se nos presenta como un héroe que no ha podido sobrevivir y con quien el destino azaroso ha cumplido su misión.


El camp es el título escogido por Guerrero Medida en esta obra donde muestra a un grupo de personas detrás de la alambrada de las playas de Argelers. Si nos fijamos en las palabras de Robert Capa tras visitar este lugar, podremos entender mejor lo que el artista quiere mostrar. “Un infierno en la arena: los refugiados sobreviven en tiendas de campaña improvisadas o chozas de paja que solo ofrecen una mísera protección contra la arena y el viento. Para más inri, no hay agua potable, únicamente el agua salobre extraída de los agujeros excavados en la arena.” Los pálidos rostros de las mujeres que vemos detrás de esta barrera improvisada son el ejemplo más claro de la narración que Capa nos hace sobre aquel terrible calvario que centenares de personas tuvieron que sufrir.


En este caso, Guerrero Medina nos sitúa en el interior de un camión. Delante nuestro se nos abre toda una fila humana –la misma que podemos ver en muchas más obras de esta exposición– bien ordenada que se pierde en el horizonte en dirección a la frontera y de camino a Francia. Como si estuviéramos conduciendo el camión, Guerrero Medina cambia radicalmente el punto de vista de su obra y nos coloca dentro de la escena. El cristal de la cabina del vehículo nos separa de la multitud que con paso firme se dirige a la libertad. Tenemos una visión completa de la fila casi perfecta, que no pierde el orden en ningún caso, un orden que quizás nos remite a la dignidad de cada una de las personas que integran esta interminable hilera humana de la que quien observa, de alguna manera, forma parte.


Una columna de hombres y mujeres serpenteando en un paisaje inmenso donde en el fondo la masa de personas resulta engullida por la vegetación de las montañas. Es verdad, si nos fijamos bien, que estas escenas nos recuerdan fotografías conocidas mundialmente, que Guerrero Medina conocía. El artista transforma este pasado cruel en belleza a través de la grama cromática y de su pincelada. Consigue esta belleza mediante la interiorización de esos episodios dramáticos y su posterior plasmación con la paleta. No es una belleza superflua, sino una belleza donde queda reflejada la conciencia del artista.

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