Hidalgo (Orozco, 1937)


En 1937, en la Bóveda de la Escalera del Palacio de Gobierno de Guadalajara, el mexicano José Clemente Orozco pintó uno de los retratos más expresivos del Padre de la Patria, Miguel Hidalgo. Todavía hoy en día el cura Hidalgo sigue siendo objeto de admiración y veneración por parte del pueblo mexicano. Junto a Emiliano Zapata o Francisco Villa, forma parte de los personajes históricos más querido y mitificado por los mexicanos.

Aborda en un tríptico el tema de la Independencia de México. Al centro, Miguel Hidalgo —cuya imagen no se deforma desde ningún punto— se levanta con una antorcha en la mano en el lugar donde emitió su decreto para abolir la esclavitud en 1810.

La obra está dividida en cinco partes: “Las fuerzas tenebrosas”, “Luchas fratricidas”, “Hidalgo”, “Las víctimas” y “El circo contemporáneo”, en las que se interrelacionan la Iglesia, el Estado y las corrientes de pensamiento de la época de José Clemente -la esvástica de la Alemania nazi, la hoz y el martillo del comunismo ruso y los bonetes eclesiásticos.

Hay dos espacios diferenciados en el mural; una inmensa parte superior dominada por la gigantesca figura de Hidalgo y la masa compacta grisácea y verdosa de la parte inferior. Cuando el espectador sube las escaleras del Palacio de Gobierno, empieza por ver el terrible espectáculo de la parte de abajo, pero de repente, surge, como si se abalanzara sobre nosotros, la figura impetuosa de Miguel Hidalgo.

La primera impresión es pues muy impactante, hace medir y sentir al espectador la inmensa fuerza del héroe retratado. Éste surge desde un fondo rojizo, una especie de torbellino bosquejado con amplios brochazos circulares y reforzado por la posición de los brazos del libertador que siguen el esquema circular.

Su actitud, con el puño en alto, sumamente viril, es la posición por excelencia del rebelde, del libertador, la del padre de la Patria, del gran artífice de la independencia que dio, el 16 de septiembre de 1810, el famoso grito de Dolores: «¡Viva la Virgen de Guadalupe, muerte al mal gobierno, abajo los gachupines!», con el que desde entonces se conmemora en México el día de la independencia. Miguel Hidalgo aparece pues aquí en su posición de líder, guía del pueblo hacia la independencia y la libertad: con su tea encendida, pone fuego al espacio intermedio, lleno de banderas rojas que arden, formando una pirámide dominada arriba por la silueta de Hidalgo. El líder anima al pueblo a rebelarse encendiendo la llama de la rebeldía que prende fuego a las banderas. Aparece como un hombre providencial, un Prometeo que lleva al hombre el fuego de la rebelión, de la lucha. Esta lucha es la de 1810, la lucha por la emancipación contra los españoles, pero más allá de esta fecha, el mural nos indica que este combate no se ha acabado todavía. En efecto, las banderas rojas no se parecen para nada al estandarte de la Virgen de Guadalupe bordado por la corregidora a principios del siglo XIX; remiten más a la bandera rossa de los movimientos sociales modernos. Estamos en pleno siglo XX, el mono que lleva el obrero con los brazos abiertos en la parte inferior del mural, nos lo confirma. De la parte superior a la parte inferior, Orozco nos ofrece un escorzo temporal, saltándose los siglos para reflejar las luchas sociales contemporáneas de los años 1930. Los hombres que están a nivel de las banderas en el tercer plano, son muy diminutos, como para simbolizar la lejanía a la vez espacial y temporal y así poner de relieve la larga lucha que los mexicanos están llevando desde 1810 hasta la década de los años 1930.

Orozco parece decirnos que Hidalgo, desde el fondo y origen de la historia, sigue siendo, en pleno siglo XX, un ejemplo, un mentor para seguir la lucha por la emancipación, no sólo contra los «gachupines» de 1810, sino contra la explotación y la opresión en general, la de ayer y la de hoy. Hidalgo parece animar al pueblo a seguir con la lucha de clases, a derribar a los opresores de hoy como lo hicieron con los españoles.

Catalogado como uno de los tres grandes pintores del siglo XX en México, el muralista José Clemente Orozco destaca por su técnica, capacidad de síntesis y creatividad para plasmar las injusticias sociales de un país en busca de identidad, el impulso de los héroes patrios y la importancia de los fenómenos sociales y políticos, empleando en ello sus característicos tonos rojos y negros.


En Cristo destruye su cruz (1943) se desenvuelve una escena encendida e iracunda. Si observas de derecha a izquierda encontraras primero las ruinas de un antiguo templo, mientras que al centro de la composición verás al nazareno desatando golpes furiosos con un hacha contra la cruz. Finalmente, en el lado izquierdo, avivado por la madera de la cruz, arden los libros sagrados.

En efecto, al pintar la ira de este Cristo que desata una tormenta de fuego y destrucción contra la pesada joroba de la cruz, contra los pilares de un Templo de papel y papeles a seguir, contra Las Sagradas Escrituras y su lectura literal, contra los miles de libros escritos con palabras vacías que intentan fundar la vida en un insulso más allá, en contra de todo eso José Clemente Orozco arremete decididamente. Es decir, arremete en contra de las corrientes de catolicismo más conservadoras del México de los primeros años del siglo XX.

La ira de Cristo se desata contra los símbolos que consagran su dolor en pos de la supuesta Redención de la humanidad. Es una ira de fuego. Es una ira que quema hasta el éxtasis. Pero también es la ira que destruye las cadenas que apresan a la humanidad misma. Destruye a la religión y su ideología de debilidad, de sometimiento ingenuo, de esperanza ya podrida y cansada de esperar el supuesto advenimiento. Sólo la acción radical engendrada a partir de esa ira puede cambiar el mundo sin enmascararlo una vez más.

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