boulevard Montmatre mañana de invierno (Pissarro, 1897)

19 Març 2021


Los impresionistas se preocuparon por representar la misma escena a diferentes horas del día; surgen así series de gran belleza como la dedicada por Monet a la Catedral de Rouen o ésta en la que Pissarro se interesó por el Boulevard Montmartre. Por la mañana con tiempo gris es la vista que muestra en esta ocasión. La imagen es siempre la misma, pero cambian los efectos atmosféricos y las iluminaciones, así como el trasiego de la gente. La perspectiva creada es sensacional, desde una posición elevada que provoca el corte de planos, como si estuviéramos ante una ventana, muy del gusto de Degas. La pincelada ágil recrea perfectamente la frenética vida parisina, sin olvidar los elegantes edificios, con sus tejados de pizarra y sus bosques de chimeneas. Cuando el espectador contempla esta impactante imagen parece trasladarse al París del siglo XIX.

Las imágenes que vamos a comparar aquí recogen esta nueva imagen de la ciudad. Son tres vistas del Boulevard de Montmartre, realizadas por Camille Pissarro en 1897.

La primera muestra el Boulevard Montmartre en una fría mañana de invierno en la que el sol intenta salir para calentar a transeúntes y casas. El cielo cae plomizo sobre la ciudad y la luz se apaga tornándose verde y ocre. Los brillos grisáceos del pavimento permiten intuir que ha llovido hace poco, mientras que la escasa presencia humana transmite una sensación desapacible. Pero sobre esta impresión general destacan algunos colores cálidos: los puntos naranjas de las hojas de los árboles, algunos detalles rojizos de las tiendas y los efectos rosáceos del cielo.


En la segunda se nos muestra la calle en un día de otoño, con los árboles medio desnudos de hojas y la luz del sol filtrada por las nubes, lo cual provoca sutiles diferencias lumínicas entre los edificios, dependiendo de su orientación. Por el boulevard circulan numerosos carruajes en ambos sentidos y en las aceras se entretienen los paseantes mirando los escaparates de las tiendas y los cafés.
El cielo cae plomizo sobre la ciudad y la luz se apaga tornándose verde y ocre. Los brillos grisáceos del pavimento permiten intuir que ha llovido hace poco, mientras que la escasa presencia humana transmite una sensación desapacible.


En el último cuadro vemos el Boulevard de Montmartre por la noche. La noche ha caído sobre el boulevard que Pissarro había mostrado al atardecer, por la mañana invernal o con tiempo gris, conformando una serie de inigualable belleza. Las lámparas de gas se han encendido y las luces de los comercios crean bellos reflejos amarillos en la acera y en el pavimento, desapareciendo buena parte de los viandantes mientras que los carruajes estacionados encienden sus luces. Los edificios se envuelven en una sombra malva típica del Impresionismo, creando un atractivo juego de contrastes con el amarillo de las lámparas. La pincelada empleada por el pintor es rápida, sin apenas preocuparse por el dibujo, apareciendo abundantes manchas. El resultado es espectacular al mismo tiempo que fantástico, incluso un poco irreal, lo que se acrecienta por el tipo de pincelada, nerviosa y desintegrada.


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