autoafirmación 24 septiembre 2014

21 Mai 2021

Yo soy aquella mujer
que magulló la cal de la tierra.
la del sauce llorón y amapolas de barro.
Mira cómo queman mis manos.
Sirena de brisa cuando
el sol se empeña en nombrarme,
y mujer sin piernas
cuando la vereda entronca de lleno
con una pálida “nada” de consabidos
dogmas, andados una y mil veces.
En ocasiones roble, en otras,
brizna de exiliado matojo.
Nunca el hacha alimentó
de mis horas el resurgimiento.
Yo…
rompí las aguas un día de mayo,
(las mismas con las que riego la yerma tierra
de las especies cadavéricas en la noche
oscura del alma)
-El obituario ya no es mi especie protegida-
Recité el cántico de alabanza
en la descomposición de los tiempos absortos,
y la mudez del cuerdo
cuando corrió por mis venas
la siniestra lechuza
que habita en el país de nunca jamás,
destronando a la niña que llevo dentro.
Retuve un hilo de pasión esperando
el ciclo de los cielos a flor de piel
cauta y esperanzada,
y Dios bajo a la tierra a abrazarme.
Conozco también los infiernos de papel
y he visto las mismísimas barbas
de un Lucifer cabizbajo y obsoleta
(alter ego de aquellas horas muertas)
con sus pusilánimes babas de bilis.
Hablé con él y me prometió un pedazo de cielo
a cambio del sacrificio de Abraham.
Me llamo Pilar,
y me cayeron treinta años y un día
sobre el pescuezo
como una lluvia de meteoros
en las praderas de aquel trigo verde
que arrasó un Othar prosaico.
Y despojada de mis lamentos
me puse los zapatos de caminar
entre las aguas intuyendo
océanos de arrebato y carmín
que traspasé,
cautelosa, hierática,
sin mojar demasiado a las rocas
de mis dominantes tiempos.
No os pido me bajéis lunas o estrellas ciegas,
ni almidonados corazones atravesados
por las lanzas de cupidos venidos a menos.
No os pido granos de arroz en medio
de la parduzca hambruna del espanto.
No os pido el último trago de agua
en los eriales de saldos que frecuento.
-El problema de pedir
la solución del dar-
Pero no seáis la quimérica escalera
de plástico,
que no me deje alcanzarlas.
No hagáis de mí una insulsa
y repetitiva Lot.
Sed compasivos, dejadme
ver de qué material
se han forjado vuestros sueños.
Yo soy Pilar
autodidacta del amor.
Madura Afrodita que grita
los nombres de las alboradas
en la lengua materna de las piedras
filosofales.
Complacida ninfa de un lago de negros cisnes
a los que adoro y hago míos.
Soy, la que escribe poesía para no morir,
la que no muere para escribir.
Y veo los lirios como un molino de viento
en quijotesca demencia,
limpios y coloridos
como en eterna primavera.
O una montaña de nieve
en el vientre de la playa
como vitalicio invierno.
A veces primaria y en ocasiones
advenedizo grafitti sin regias tapiadas.
Vigorosa fogata de hogar
donde templar el desaliento
de una noche sin nadie a quien mirar,
o tempestuoso
viento de poniente si las esquirlas
de la impotencia rondan mi ventana.
Me llamo Pilar
y
todavía me quedan sueños.

Autor: Pilar Gorricho

Ilustración: Dalí, “los remordimientos o esfinge enterrada en la arena” (1931)

Esfinge enterrada en la arena comparte la sintaxis visual de un número importante de ” paisajes nostálgicos ” que el artista pintó en torno a 1931 y que suele representar la figura solitaria de un hombre o una mujer en una llanura plana y abierta fuera de la cual sobresalen formaciones rocosas preeminentes. La cara del hombre o la mujer siempre está escondida, quizá por la vergüenza o la culpa, o en otro caso la melancolía, mientras que el cuerpo suele dar la espalda al espectador y sólo se ve por detrás.

La pose triste de esta figura, con la cabeza escondida en la mano, con una sombra negra alargada, finalmente hace referencia al famoso grabado de Albrecht Durero Melancolía I (1514) esa gran alegoría de la naturaleza melancólica del individuo creativo y las variaciones posteriores del tema de la soledad, la melancolía y la pérdida en artistas como Arnold Bröcklin y Giorgio de Chirico, cuyas pinturas Dalí admiraba profundamente. Esta iconografía reducida al mínimo permitía al artista contrastar la suavidad de la piel lisa de la mujer y de la tela de seda con la dureza del paisaje geológico, que se puede afirmar con toda seguridad que corresponde a los promontorios rocosos de tonos dorados y naranjas del Cap Norfeu, cerca de Cadaqués, en la costa catalana.

El resultado final, por tanto, es una cruda representación de la soledad, la melancolía y los deseos eróticos reprimidos, quizá asociados con la reciente y traumática enfermedad de Gala que padecía de pleuresía. La salud débil de Gala amenazaba con destruir su recién estrenado estado de equilibrio, tanto personal como artístico, y sumirle de nuevo en las profundidades tortuosas de las fobías infantiles y los miedos adolescentes al sexo y a la muerte.


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