la merienda (Evaristo Valle, 1905)


La obra representa la merienda campestre -sidra, algunas manzanas, tal vez dulces o bollos preñaos envueltos sobre el mantel- de un grupo de aldeanos acomodados, en un paisaje costero que recuerda al del concejo de Carreño. A ellos se acerca, apoyado en una muleta y con su hato al hombro, un pedigüeño que extiende el sombrero. Al fondo, una ermita con su pórtico, según el tipo frecuente en el concejo, y un tejo a su lado, como es costumbre en Asturias. En torno a él, se aprecia una multitud de pequeñas figuras, pabellones de feria, entoldados y barracas que llegan a la linde de un bosquecillo cercano.

La intención satírica del grupo humano y la poesía del paisaje forman un contraste artístico intenso; todas las figuras viven, pero sobre todas el viejo alegre y decidor, la comadre y el mendigo. En el paisaje, la nota alegre de la ermita destacándose sobre la ladera de la montaña iluminada en la cumbre, el mar que muere en ondas suaves en la playa, evocan todas las bellezas del paisaje asturiano.

Un grupo familiar a la salida de un bautizo o una misa de ofrecimiento de un recién nacido, con motivo de alguna festividad religiosa, es el protagonista de esta romería. Al fondo, a la izquierda, se sitúa la iglesia. En primer término, los distintos grupos de figuras, excelentemente caracterizadas en sus movimientos, gestos y actitudes, se recortan sobre el paisaje de colinas. Como La merienda La romería (1909) forma parte de una serie de lienzos en los que Valle plasmó una auténtica colección de frescos de la sociedad rural asturiana, que recuerdan algunas de las representaciones de las tradiciones piadosas de Bretaña del academicismo francés, posteriormente traducidas por Paul Gauguin (1848-1903) al lenguaje postimpresionista. Los personajes, dispuestos como en un friso, se constituyen en estudios psicológicos de cada individuo, como en El niño de las cerezas, El paseo de la marquesa o Romería. En numerosas ocasiones, uno de ellos interpela directamente al espectador con su mirada, encarnando la opinión del artista con respecto a temas diversos: los contrastes entre la mendicidad y la burguesía acomodada, las relaciones familiares o la religiosidad primitiva. En este caso, es el joven del extremo derecho de la composición, que podría ser el padre del niño; en el extremo opuesto, la madre del pequeño, con vestido rosa y toquilla negra sobre los hombros. Recibe los parabienes de una campesina, sentada junto a dos mozos y otra mujer de perfil perdido que puede ser su hermana. En el centro está la abuela, flanqueada por otras dos nietas. La mayor mira al recién nacido, a quien sostiene la madrina, tal vez la otra abuela. En el eje de la escena, la niña más pequeña se lleva la mano a la boca en un gesto infantil, y se destaca del conjunto con su vestido anaranjado con toques o lunares más claros.

Evaristo Valle (1873-1951) es uno de los grandes nombres del arte de entre siglos y que, sin embargo, permanece sepultado bajo el peso de la historia. A la altura de otros ilustres pintores como Regoyos o Beruete, Valle no alcanzó en vida el reconocimiento que sin duda merecía. Su carácter introvertido y su dificultad en las relaciones personales supusieron un obstáculo importante en el impulso definitivo de su obra.

Su estilo pictórico se caracteriza por unos efectos lumínicos a medio camino entre lo experimentado por algunos impresionistas y el sistema cromático fauvista.

Con todo ello, aplicado a su mundo costumbrista, consiguió en su momento efectos verdaderamente sorprendentes, y adquirió un creciente prestigio artístico tanto en su país como en el extranjero. Sus series costumbristas vinieron a ser complementadas a partir de 1927 con cuadros de escenas populares caribeñas de encendido colorido, similares, al menos en lo superficial, a los célebres cuadros isleños de Gauguin.

Simultáneamente, desarrolló el motivo de la máscara y el carnaval, ámbito en el que consiguió algunas de sus mejores series pictóricas. Las escenas carnavalescas de Evaristo Valle se asocian de manera inmediata con las de su contemporáneo Solana aunque en ocasiones parezcan inspiradas en algunos de los Caprichos de Goya.

El conjunto de su obra, dedicada en su mayor parte a la representación de temas populares asturianos y paisajes de su tierra, puede en general enmarcarse dentro de un expresionismo figurativo de línea regionalista. Además de sus Carnavaladas y cuadros de tema caribeño, debe destacarse su atención a mineros, pescadores, marinos y a las clases trabajadoras tradicionales, tipos que responden a una intención no sólo estética, sino también testimonial.

Otras ilustraciones: “En el malecón” (1929), “Carnavalada de Oviedo” (1929) y “En la cuenca carbonera” (1929)

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