bondad

14 febrer 2022

Tú nunca te quejaste demasiado.
Solías caminar junto a tu padre.
Él te cogía por el hombro
como queriendo compartir tu sufrimiento.
Yo te miraba adentro de los ojos
preguntándome si sabías el carácter
de tu enfermedad.
Cantabas
en los tiempos mejores
en los que Dios te concedió una tregua.
Y qué hermoso era entonces
salir de paseo por la calle,
coger tu coche lila
e irnos juntas
a contemplar la aurora.
Tú nunca me decías: “Madre,
cuánto me duele la cabeza”.
Y tomabas tu negra gata entre tus manos
que anhelaban aferrar la vida.
Aunque yo ya sabía que todo era
un camino que no lleva hasta otra parte
que la ausencia total y la amargura.
No se puede luchar con más ahínco
contra la marejada de la muerte.
Tantos días arrastrando el cuerpo
hasta el hospital tumultuoso.
Tantas noches de insomnio interminable.
Tú siempre nos decías:
” Padres como vosotros no los hay,
El día de mañana os cuidaré con todo mi cariño”.
Y yo lloraba tan adentro…
Volvía mi cabeza para que no vieses
las lágrimas que caían de mis ojos,
la inevitable herida
que habría de crecer, tarde o temprano.
Yo te lavaba el cuerpo,
te besaba en la frente,
que era pura inocencia,
sabiendo bien que un día
tendrías que alejarte de mi lado.
No puede nadie,
en este mundo,
ser tan bueno
como tú lo eras, hija mía.

Autor: María Luisa Mora Alameda

Fotografía de José Agustín Gurruchaga


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