la defensa de Sebastopol (Deineka, 1942)

16 febrer 2022

Un infierno incendiario en el fondo, explosiones, humo, escaramuzas… 29 de junio de 1942, Crimea, tenemos el Mar Negro a la izquierda y nuestros pies se posan sobre un navío acorazado. Marineros soviéticos se enfrentan ferozmente a las tropas nazis invasoras para defender la base naval de Sebatopool. El primer plano tan brillante e iluminado crea un contraste brutal.

Los personajes se nos muestran como figuras monumentales; sus rasgos físicos evidencian sus características morales, psicológicas e ideológicas. Pictóricamente el blanco incólume para el héroe y el gris-negro para el enemigo. Los héroes tienen rostro, los enemigos están deshumanizados. El eterno binomio del bien y el mal se entiende mejor cuando es más simple.

Aleksandr Aleksándrovich Deineka fue uno de los más importantes artistas soviéticos del llamado Realismo Socialista. Trabajó todo tipo de disciplinas artísticas con cierto aire propagandístico donde se alababan las bondades del deporte, la cultura, la industria y el trabajo en el «paraíso socialista soviético».

Cuando estalló la Revolución, Aleksandr entró en la mayoría de edad y su arte estaría ligado desde entonces al régimen. Con el tiempo se convirtió en uno de los principales propagandistas del nuevo orden político ruso. Sus obreros y campesinos felices trabajando, hermosos atletas y después valientes soldados serían perfectos para idealizar la utopía comunista.

Por ello, durante décadas Deineka fue injustamente denostado, obviando que fue un excelente artista y no un simple pintor académico rozando lo kitsch y lo ingenuo. El pintor fue uno de los soportes culturales de la propaganda de Stalin pero más allá de recalcitrante militancia comunista muchos lo consideraron «el Hopper ruso» por plasmar a la perfección el espíritu de todo un país. Trabajó la pintura histórica, propagandística y épica, sobre todo alabando el deporte soviético.

La vanguardia suele ser esquemáticamente glorificada como un valiente experimento utópico de gran valor y novedad formal, y el realismo socialista castigado como un reaccionario tradicionalismo sin valor artístico y al servicio de la propaganda política. Los influyentes dominios del formalismo, el análisis exclusivamente formal del arte de vanguardia y exclusivamente político del realismo socialista y la desatención al carácter estético del marxismo han configurado la esquemática fórmula con la que se ha comprendido habitualmente el arte del realismo socialista y su relación con la vanguardia precedente: a saber, que la vanguardia rusa, uno de los experimentos formales más radicales de la historia, con un enorme potencial utópico, fue liquidada por un arte derivativo, puesto al servicio de una ideología que alrededor del final de los años 20 ya había mostrado su rostro más totalitario.

Las imágenes del realismo socialista tienen una innegable cualidad fílmica, que permite considerarlas como fotogramas de una especie de película. Pero esa película no es ni realista ni neorrealista; no es una filmación de la realidad, sino el resultado de la filmación del sueño del que la realidad soviética fue durante años un continuado ensayo general: el ensayo general de la utopía. 

Aunque Deineka ya había pintado mujeres trabajadoras en sus principales lienzos en “En la cuenca del Don” (1947), denuncia que las jóvenes trabajan porque en la guerra se ha perdido toda una generación de hombres jóvenes. Atisbos del estilo anterior de Deineka afloran en este cuadro de estructura más convencional, como las siluetas planas de los trabajadores sobre el puente, los brillantes tonos ácidos del pañuelo rosa y el vestido amarillo, ese triangular pecho amarillo que encaja a la perfección con el puente. De hecho, la composición general forma, irremediablemente, un modelo de superficie estrictamente ordenada con líneas verticales, diagonales, y el corte horizontal del puente, proporcionándole lo que se podría calificar de una sensibilidad precursora del pop. Las severas limitaciones que imponía el realismo socialista durante el apogeo del estalinismo le hicieron diluir su antiguo estilo, pero una forma inesperadamente soberbia de realismo moderno ocupó su lugar.

En “Futuros pilotos” (1938) la imagen de estos tres chavales, sentados frente al mar un día de verano, comentando el vuelo de un avión, es de lo más evocadora. Debería dar ganas de alistarse en el ejército y convertirse en un héroe de guerra, pero lo que apetece de verdad es sentarse con ellos a hacer el vago y disfrutar del solecito. La composición de la obra es todo un acierto. Deineka divide el lienzo en dos mitades a la altura del horizonte. La parte inferior, más compleja y de colores más intensos, es donde coloca a las tres figuras.


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