Maria Munk en su lecho de muerte (Klimt, 1912)

22 febrer 2022

El mediodía del 28 de diciembre de 1911 a los 24 años, en su departamento, Ria Munck se disparó al corazón con un revolver calibre cinco milímetros, hallando la muerte de inmediato. Hecho poco comprensible, ya que perteneciendo a una de las familias más acaudaladas y prestigiadas de Viena, gozaba de los privilegios de su clase. Pronto se conoció que el motivo era por la decepción amorosa que sufrió al enterarse que su amante no se casaría con ella. Ewers le escribió una carta dando por terminada la relación, esto después de que la madre de Ria, con una cuantiosa dote por delante, le hubiera pedido casarse con su hija para reivindicar su imagen transgresora de las normas morales.

Ría fue siempre un dolor de cabeza para sus padres, Arenka Pulitzer y Alexander Munk, que en los albores del 1900 en Viena, tenían un prestigio y una fortuna que cuidar, ante los rumores que protagonizaba su rebelde hija. Siendo bonita, rica y caprichosa no paraba de trangredir las normas morales de una chica judía decente: fumaba, usaba las faldas demasiado cortas, y sobre todo, se había hecho amante de un alemán libertino, cuarenta años mayor que ella.

Así que para aliviar con arte el dolor por la tragedia de su hija encargó a Klimt un retrato de su amada Ría en su lecho de muerte.

Klimt realizó tres versiones antes de dejar satisfechos a los padres: “Ria Munck en su lecho de muerte” (1912), “La bailarina” (1916-1917) y “Retrato de Ria Munck III” (1917-1918).

La primera le pareció demasiado siniestra a la familia, ver el rostro pálido de Ria con los ojos cerrados, recostada sobre una almohada blanca rodeada de rosas, no era como querían recordarla.

La cabeza de la joven aparece hundida en una almohada de color claro, mientras que una especie de manta le llega hasta la barbilla y cubre sus mejillas parcialmente. La pálida cara de la joven parece una máscara y las formas afiladas de la nariz y la barbilla revelan ya la rigidez típica de un difunto. Los opulentos tonos rosa con los que Klimt representa la almohada, la manta y, sobre todo, las rosas suaves y delicadas que cubren su cuerpo, casi consigue que se olvide el motivo del cuadro y constituyen un pintoresco contrapunto a la trágica realidad. Klimt la pintó en paz, con las mejillas rosadas, y con la boca parcialmente abierta, como si sólo ella soñara rodeada de flores al igual que la Ofelia de Shakespeare….

Pidieron otro óleo a Klimt. Este pintó nuevamente a Ria -ahora en vida-, erguida de cuerpo completo, los senos al aire, las piernas visibles con medias de hilo. Retrató a Ría plena de un erotismo audaz y misterioso, donde la muchacha muestra un pecho desnudo y sus torneadas piernas vestidas con medias de hilo asomando bajo su falda, está en una pose frontal completa, pero su cabeza se vuelve levemente seductora hacia la izquierda. Sus mejillas tienen un sensual tinte rosa y la forma horizontal alargada de sus ojos le da un aspecto oriental. El óleo tampoco fue aprobado por la familia quien lo calificó de atrevido; tampoco querían que así se recordara a la joven.

La tercera fue la vencida. “Retrato de Ria Munck III” pasó a formar parte de la colección de la madre de Ria, no se sabe si por convicción o porque fue imposible reclamarle a Klimt -quien murió de un derrame cerebral el 6 de febrero de 1918 a los 55 años-, dejando la obra inconclusa.

Pinta a Ria con mejillas vitales y rosadas y sus hermosos ojos oscuros.y una sonrisa soñadora. Hay un delicado matiz de color azul claro en la cara y el cuello, que le confiere su aspecto fantasmal.


A %d bloguers els agrada això: