mujer sentada (Picasso, 1921)

Tradicionalmente se habla de clasicismo en relación con las obras ejecutadas por Picasso entre 1920 y 1923. Las temáticas y el modo de representar a los sujetos protagonistas son evidentes referencias al mundo antiguo, que el artista estudió durante su estancia romana: las mujeres semidesnudas, de las que vemos a veces un seno, los perfiles griegos y las túnicas que las cubren.

El clasicismo que guía a Picasso en la ejecución de estas obras se relee con una mirada cubista que lo desarraiga del mundo al que pertenece para reinterpretarlo. Todo es enorme, exagerado y monumental; la mujer aquí retratada es en realidad un gigante bueno, de manos y pies desproporcionados que salen de una túnica tan rígida que semeja mármol. Los colores y los juegos de luz y sombra sirven a Picasso para manipular el cuerpo de la mujer, dándole ese aspecto hinchado y rígido en el cual parece estar congelada. Todo ello, sin embargo, no quita a la figura una elegancia y una feminidad en el gesto y la mirada. La mano apoyada en la cara, en la que tamborilea suavemente, y las piernas cruzadas recuerdan una vez más los delicados movimientos de los personajes de Ingres. La actitud pensativa y el codo clavado en la túnica recuerda, por el contrario, el célebre grabado Melancolía I de Durero.

El motivo de la mujer sentada en un sillón era uno que Picasso usaba una y otra vez en las décadas de 1920 y 1930.

Mujer sentada en un sillón (1938) responde a la época de madurez del artista que ya ha fusionado varias tendencias pictóricas desde el cubismo, expresionismo y surrealismo. El rostro ha sido dislocado de tal forma que sus rasgos aparecen vistos en posiciones diversas, un ojo de frente, y el rostro de perfil, escalonándose en una construcción aberrante y muy poco agraciada pictóricamente hablando. pero, que al ser analizada demuestra responder a un modelo viviente.

Es evidente que el arte picassiano de este momento ha tenido gran influencia sobre otros pintores contemporáneos, especialmente sobre el inglés Francis Bacon.

La evolución continua a la que Picasso somete a su propio estilo lo lleva en 1937/1938 a experimentar con la llamada “telaraña”, una estructura reticular que aprisiona formas y colores en una espiral variopinta.

La chaqueta amarilla presenta al personaje sentado, en posición frontal. En este caso concreto, dicha técnica está limitada a la chaqueta amarilla, mientras que el resto del cuadro (el fondo, los brazos del sillón, el propio rostro de Dora Maar) está realizado precisando nítidamente los contornos y los campos de color.

Sentada en una silla negra y gris encontramos a la mujer del sombrero de pez. Su figura, compuesta por planos que se entrecruzan y entrecortan, contiene una mirada serena e inquietante. La mujer sostiene sobre su cabeza un bodegón que mezcla la mar y la tierra: un pescado, azul como su pecho y sus brazos, y un limón, amarillo como la tela que cubre su cuello y sus muñecas. La idea, surrealista, la ejecución, cubista.

Las manos reposan serenas sobre su regazo. Su rostro y su mirada desconciertan. La mitad derecha de su cara es gris y el ojo de este lado aparta su mirada melancólica. La mitad opuesta del rostro es más oscura y su almendrado ojo izquierdo mira con intensidad al frente, a nosotros. Sobre la mejilla izquierda parece haber una herida, que sangra pinceladas rojas. Bajo esta, los labios esbozan una mueca angustiosa.

En la esquina superior izquierda, justo debajo de la reconocible firma del pintor, se esconde la siguiente fecha: 19–04–1942. El día en el que Picasso decidió firmar este cuadro, Europa llevaba dos años y ocho meses sumida en una guerra en la que se producirían algunos de los actos más inhumanos que la historia jamás ha visto: la deportación de miles de judíos a campos de concentración o los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki son tal vez los ejemplos más notorios.

Teniendo en cuenta los dramáticos acontecimientos de los que esta mujer fue testigo, no es de extrañar, pues, que la mitad derecha de su cara, de color más claro, decida ignorar el presente y evadirse en el interior del marco que la contiene y protege. Por el contrario, la mitad más oscura de su rostro, marcada con una herida sangrante, mira horrorizada hacia fuera del cuadro, hacia un presente descorazonador que se materializa entre la crueldad y la sinrazón que caracterizaron aquellos desafortunados años de la Segunda Guerra Mundial.

Els comentaris estan tancats.

%d bloggers like this: