alegoría de la libertad (María Izquierdo, 1937)

15 Juny 2022

En esta misteriosa imagen, una chimenea de la que sale un espeso humo negro genera una criatura fantástica y apocalíptica: la libertad, un ser de alas blancas, lleva en una mano una antorcha dorada, y en la otra agarra bárbaramente las cabezas cercenadas de cinco mujeres por sus largas cabelleras negras. Libertad vuela hacia el cielo con sus trofeos de guerra en un oscuro cielo nocturno más allá de una luna creciente, mientras está rodeada por los mismos rayos de fuego dorado que aparecen en Alegoría del trabajo y en otras pinturas de Izquierdo de esta época. La imaginería de Alegoría de la libertad irónicamente socava el título nobiliario de la pintura, ya que la figura alegórica estándar de la libertad alada que lleva una antorcha aquí es en realidad el portador y quizás el perpetrador de la muerte violenta. La pintura también puede comentar irónicamente sobre los sacrificios que se consideran necesarios para la libertad. Las mujeres decapitadas son víctimas de poderes que escapan a su control, y en la imagen se evidencia una cualidad sacrificial. Las cabezas agarradas aluden a imágenes de sacrificio ritual en el arte prehispánico, donde los guerreros agarran a sus víctimas arrodilladas por el cabello. El nacionalismo de Izquierdo se basó en un fuerte indigenismo, y ella afirmó regularmente que la cultura indígena del pasado y del presente era la base del arte mexicano moderno. Sin embargo, a diferencia del trabajo de muchos pintores en el México de la época, Izquierdo evitó utilizar motivos precolombinos en un estilo abierto ni creó imágenes de indígenas exóticos.

En Alegoría de la libertad la chimenea humeante ubica la escena dentro de la vida urbana contemporánea, e Izquierdo utiliza una violencia alegorizada con huellas del pasado indígena para subrayar el estatus problemático de la mujer en el México de los años treinta.

“Viernes de Dolores” (1945) representa un altar construido para la fiesta que conmemora los siete dolores de la Virgen, que se celebra una semana antes del Viernes Santo. Izquierdo estaba claramente fascinada por la belleza estética de estos altares tradicionales, y pintó varias escenas similares entre 1943 y 1946, cada una con una imagen diferente de la Virgen y una composición distinta de objetos relacionados. No se sabe que Izquierdo haya hecho altares para el Viernes de Dolores en su propia casa y, en cambio, parece haber basado sus composiciones en una combinación de los altares que había visto a lo largo de los años y su propia imaginación creativa. Aunque la Virgen de los Dolores se viste tradicionalmente de púrpura y tales altares a menudo siguen un esquema de color púrpura y dorado, Viernes de Dolores utiliza en cambio la compleja combinación de colores brillantes que definió la paleta de Izquierdo en la década de 1940. La pintura representa ofrendas comunes, que incluyen brotes de trigo en cuencos de cerámica pintada, flores, velas y naranjas atravesadas con banderitas de papel picado. Las cortinas de encaje blanco transparente sirven como marco tanto para el altar como para la pintura en su conjunto, creando una construcción del espacio elaborada pero ambigua que también se encuentra en las pinturas de alacena de Izquierdo de estos años. Al colocar el altar en primer plano en lugar de representar a los fieles, Izquierdo crea un espacio privado en el que el espectador entra y participa. Este efecto trompe l’oeil también se basa en las tradiciones de las pinturas exvoto que copiaban estatuas sagradas veneradas rodeadas de velas y flores en los nichos de sus iglesias, y que permitían a los patrocinadores llevarse una réplica pintada para colocarla en su propia casa.

Solo el título de esta pintura al óleo “Zapata” (1945) identifica la tumba reciente sin marcar como la de Emiliano Zapata, cuyos únicos dolientes aquí son caballos. La pintura sin duda perturba las expectativas de una representación icónica y heroica del general revolucionario asesinado en abril de 1919. En la pintura de Izquierdo, sin embargo, el único eco de la Revolución es un paisaje sombrío y pesimista con un árbol volado y un cuervo negro, que recuerda escenas de devastación.

“Paisaje con piña” (1953) forma parte de una serie de obras pintadas por María Izquierdo, que nos recuerdan a la pintura metafísica del artista italiano Giorgio di Chirico, en paisajes tropicalizados pero con una naturaleza árida en donde se muestran unas cabañas que por lo desolado del paisaje podemos imaginar que están abandonadas, quedando como único rastro de vida una piña en primer plano y un horizonte verde al que llega el espectador a través de un camino de árboles deshojados.

Las composiciones de María Izquierdo formaban parte de la gran variedad de propuestas plásticas del momento; a pesar de tener grandes diferencias pictóricas e ideológicas con algunos de sus contemporáneos, también simpatizaba con la idea de crear un arte vanguardista vinculado con una estética que atendiera aspectos propios de la cultura mexicana y al mismo tiempo le diera un carácter universal. No se interesó por mostrar un nacionalismo histórico, narrativo o idealizado pues al igual que muchos de sus compañeros, estaba en contra de este tipo de pintura; además perteneció al grupo de artistas que entendieron y expresaron la mexicanidad de muy diversas formas; si bien es cierto el “indigenismo pictórico” era una tendencia común, no se presentaba de manera uniforme, incluso María Izquierdo desarrolló una pintura que se alejaba de la alegría, el sabor vernáculo, la vitalidad popular o la mexicanidad desbordada de aquellos años.

Este tipo de interpretaciones sobre su pintura han terminado por construir un mito fundamentado en la pureza de las formas, provocando el olvido y abandono del sentido crítico de sus composiciones y fomentando un discurso preciosista del mundo popular mexicano. Cuando en realidad la propuesta de María Izquierdo revierte la iconografía posrevolucionaria y el discurso tradicional sobre el nacionalismo artístico y nos muestra una realidad más existencial y emotiva que nacionalista.

La iconografía de María Izquierdo es muy amplia y diversa. Además de naturalezas muertas, paisajes solitarios y escenas circenses, encontramos que la figura femenina es un tema recurrente. Surrealistas y feministas, así eran las obras de María Izquierdo.

Los colores vivos e intensos dan vida a la trayectoria artística de la muralista, pero es la figura femenina uno de los elementos más comunes en la pintura de Izquierdo, cuya relación entre la mujer y la feminidad tiene un sentido metafísico; simbólico acaso, y existencialmente social, que se ve acompañado de toques muy nacionales combinados con elementos universales. La fantasía y soledad son también temas que abordó en sus pinturas, así como esporádicas escenas del circo.

En “La tierra” (1945) María Izquierdo crea una metáfora de la Tierra representándola como una mujer desnuda de bronce, que es un signo de angustia. Ella está unida al suelo por el contacto entre él y tres de sus miembros. La similitud de colores entre el suelo y la figura, y el contacto entre ambos, hacen que el espectador sienta que ambos son iguales, inseparables y por tanto de pertenencia. Un paño de color banco cubre la cabeza y se envuelve alrededor de su cuello. Este elemento se interpreta como símbolo de pureza, y de uno de sus extremos cuelga cubriendo sus genitales. A pesar de esto, uno de los senos está expuesto, para representar que es una fuente de alimento. La mujer y la tierra han sido comparadas desde la época prehistórica, ambas tienen la virtud de dar vida, es decir, han servido como símbolo de fertilidad. No encontramos ningún rastro de vegetación en esta mesa, lo que podría deberse a la falta de agua, y por esto, la figura con su mano izquierda se elevó hacia el cielo, suplicando en agonía.

En “Alegoría del trabajo” (1936), un desnudo desesperado se agazapa y se cubre el rostro con las manos en un amplio paisaje de cerros rojos y dorados. Elevándose sobre la mujer hay una figura divina: un par de piernas masculinas amenazantes que emergen de los cielos nublados y están conectadas a una esfera dorada cubierta con símbolos de la luna y las estrellas. La esfera dispara rayos de fuego, que se extienden sobre el paisaje. La mujer acobardada y la presencia masculina altamente sexual y amenazante pueden indicar que se trata de un comentario alegórico sobre la explotación de la mujer.

Izquierdo también evocaba con sus pinturas un mundo ancestral y onírico. A menudo pintaba escenas de sueños, o como en este caso, de pesadillas.

Con su intuitivo manejo del color pintó “Sueño y presentimiento” (1947), tras tener un extraño sueño una noche. En él, María sostenía su propia cabeza cortada en la ventana y sus largos cabellos se enredaban en las ramas y raíces de los árboles que crecían en el exterior. Mientras tanto, su propio cuerpo, junto con otros cuerpos decapitados, escapaba sin cabeza en un paisaje metafísico con aires al estilo de Chirico una de sus influencias pictóricas.

El presentimiento de esta pesadilla pictórica se terminó convirtiendo en premonición, ya que unos meses después de pintarlo, la pintora sufriría una hemiplejía que la dejaría con el lado derecho de su cuerpo paralizado y sin habla. Debió hacer un gran esfuerzo para aprender a pintar y hablar de nuevo. Comenzaría a partir de entonces su etapa final, la más fuerte y profunda, en la que los problemas físicos y emocionales influyen en demasía.


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