bañistas (Picasso, 1918)

4 Juliol 2022

Las vacaciones de 1918 eran las primeras que Picasso pasaba junto al mar desde que era niño. Acababa de casarse con la bailarina Olga Khokhlova y se habían ido a pasar el verano a Biarritz.

Estas divertidas bañistas a orillas del mar, con ese fondo deliberadamente naïf (velero y faro incluido), aún están a medio camino entre lo clásico y el cubismo.

En este pequeño óleo, lo primero que capta toda la atención del espectador son las extrañas proporciones de las tres figuras femeninas de la composición, estilizadas y colosales, escultóricas y de poses audaces. Nos encontramos ante “Las Bañistas”, donde Picasso nos presenta dos figuras femeninas en traje de baño sobre la arena de la playa, mientras otra, un poco más allá, ondea su pelo al viento. La primera de ellas, con bañador color malva, se nos muestra de espalda, con la cabeza girada a la derecha sobre un potente cuello y medio perfil, a la izquierda de la vertical dorsal, con sus dos manos se escurre el resto del agua que permanece en el cabello tras el baño, la pierna derecha descansa sobre la arena mientras que la izquierda, flexionada, soporta el peso y equilibrio del cuerpo. La siguiente figura, con traje de baño carmesí, yace descuidada en una diagonal cuyos extremos lo componen su brazo izquierdo, en una flexión imposible, y la pierna derecha extendida completamente, la joven está adormecida sobre una pequeña elevación que se insinúa sobre la arena, una toalla que sujeta con su mano derecha protege el redondeado rostro del sol, su pierna izquierda doblada en ángulo recto descansa sobre la blanca arena de la costa. El centro de este trío femenino, y que reclama mayor atención, tanto por parte del autor como del espectador, es, sin duda alguna, la muchacha que en despreocupado ademán e imposible torsión corporal, con bañador verde agua rayado en blanco, introduce los dedos de ambas manos entre los mechones de su larga cabellera negra en ademán de sacudirla al aire, bien para secarla o bien para eliminar el resto de arena del mismo, el brazo izquierdo enmarca un rostro que se  gira en riguroso perfil y absoluta desproporción hacia el sol del luminoso día. Hacer notar que los rostros de las bañistas van ganando en detalles y expresividad conforme avanza la composición de derecha a izquierda.

Un paisaje marino rebosante de aire y luz, dominado al fondo por el faro de Biarritz, es la excusa utilizada por Picasso para enmarcar a “Las Bañistas”. El renovado interés del pintor malagueño en esta época por los dibujos realistas a menudo lo llevó a copiar fotos y postales que encontraba o le enviaban algunos amigos, como es el caso de esta instantánea que capta la línea de costa del Cabo deMiguel, con el faro al fondo. En el paisaje aquí pintado domina la línea recta, dividiendo el cuadro en tres franjas horizontales. La que cubre la zona superior del pequeño cuadro está dominada a la derecha por el escollo del Cabo con el faro sobre su punta y unas nubes blanquecinas que quedan patentes tras la silueta vertical del mismo, otras tantas aparecen difuminadas ocupando el resto de un cielo brillante y pleno de luz y color. En la franja intermedia, un velero con vela triangular completamente blanca y desplegada es mecido por una apacible brisa marina, a su derecha se adivinan dos escollos rocosos donde van a romper las olas y la izquierda de esta zona, repleta de agua marina, es irrumpida bruscamente por una roca oscura de la arena de la playa que contrasta fuertemente entre ésta y el verde de la inmensidad del horizonte marino. Por último, la franja horizontal inferior es ocupada por las bañistas sobre la arena de la playa. La joven que se nos muestra de pie participa de estas tres franjas espaciales y le sirve a Picasso como elemento divisorio vertical del contenido figurativo del óleo, el paisaje marino y las otras dos figuras, de modo que este conjunto llena casi completamente la zona derecha del cuadro, dejando prácticamente vacía su izquierda.

Picasso pintó “Las bañistas” en 1918 durante su estancia en Biarritz donde se encontraba de luna de miel con Olga Koklova, bailarina rusa del ballet de Diaguilev. El Picasso de Biarritz está enamorado y sereno, pleno de vigor y creatividad, queda fiel reflejo en sus telas y plasma en ellas la intensidad de sus emociones. Las pinturas de Picasso nos transmiten todo lo que sentía y vivía, sobre todo, en lo referente al amor. Éste va a constituirse en el hito que va a delimitar un estilo y el siguiente: cada vez que el genial artista se enamora, cambia su estilo pictórico.

“Bañista sentada” (1930) es una obra concebida según una rigurosa estilización a modo de “estructura ósea” que da vida a un ser monstruoso cuya cabeza, semejante a la de una mantis religiosa, se repite en una de las figuras de la Crucifixión. La mantis, que mata a su compañero después del apareamiento, es utilizada con frecuencia en la iconografía surrealista y simboliza a una mujer devoradora y malvada.

¿De dónde ha extraído Picasso esta figura absurda y quimérica, en la que no hay rastro de belleza al modo tradicional?

La mujer representada, de huesos delgados y afilados, parece impalpable y sutil como una hoja de papel. Compuesta por carne, huesos y cartílagos parece más un ilógico y misterioso ser de espacios interestelares que un habitante del planeta Tierra. Picasso muestra sus bellísimas transparencias a través de un equilibrado juego de llenos y vacíos y una aplicación ligera y muy diluida del color, tanto que en algunos puntos es posible ver el subyacente dibujo al carboncillo.

Lo que sorprende una vez más es la feminidad y la sensualidad de este cuerpo deformado. La manera en que cruza las piernas y la gracia con que se agarra la rodilla son mostradas con una verosimilitud extraordinaria que choca con la deshumanización de las formas.

Las figuras retorcidas aparecieron por primera vez en los cuadros de Picasso en 1925 y se prosiguieron, ya con ardorosa seguridad, hacía 1929, cuando su instintiva sensibilidad ante el inmediato destino de la humanidad, pleno de riesgos, le condujo a elaborar cada vez más figuras con duras y huesudas formas de escuetos colores.

En el verano de 1922, Picasso propone a Diaghilev La carrera como telón de fondo para el ballet Le train bleu, con tema escrito por Jean Cocteau, música de Darius Milhaud y vestuario de Chanel. El pequeño cuadro representa a dos mujeres enormes y en actitud descompuesta que corren por la playa: el ballet, efectivamente, era una loa al deporte y al nudismo.

Las dos figuras, más que correr hasta perder el aliento, parecen estar danzando. La referencia a la Antigüedad es de nuevo obligada: el drapeado rígido y firme de las túnicas y los movimientos poco coordinados remiten a las ménades danzantes del arte griego, y no sólo eso; la composición recuerda las utilizadas en las obras mitológicas de Poussin. A pesar de las formas hinchadas y desproporcionadas, las dos mujeres conservan una carga de sensualidad similar a la de la Gran bañista.


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