origami

15 Juliol 2022

A Otagaki Rengetsu 

Al amparo de los haikus
un consuelo tibio hallé.

el agua de las montañas
la niebla que amortaja la luna
un frenesí de pétalos
la ontología de la grulla milenaria
el cuenco frugal de la alfarera.

Cuando el viento cese
la soledad regresará.

Flor del cerezo
fuiste para nosotros
la vida breve.

Autor: Javier Solé

Otagaki Rengetsu tomó los votos como monja budista, pero se la recuerda mejor como una de las poetas waka más destacadas del siglo XIX, una pintora de tinta, una calígrafa experta en un estilo refrescantemente simple y elegante, y una alfarera prolífica que inscribía poemas en piezas de cerámica para el té.  Hija de una cortesana de los barrios de burdeles autorizados y samuráis ricos, fue adoptada a una edad temprana en el clan Ōtagaki y se convirtió en dama de honor en el castillo de Kameoka. Se casó dos veces y tuvo cinco hijos, pero tras la muerte de su segundo marido en 1823 y la trágica muerte de todos sus hijos se hizo monja, tomando el apodo budista Rengetsu (“Luna de loto”). Vivió en cabañas en varios recintos del templo hasta 1865, cuando se instaló en el templo Jinkō’in, donde vivió como monja y creó arte por el resto de su vida.

Imagínate en el siglo XIX en Kioto, entonces capital de Japón y sede de la Corte imperial. Eres una hermosa mujer, hija secreta de una geisha y un samurái, adoptada nada más nacer con el nombre de Nobu por un noble oficial laico del templo Chion-in y su mujer. A los 33 años tu histórico de vida está marcado por haber perdido a tu madre adoptiva, dos hermanastros, dos maridos y a tus hijos. Una prueba de superación personal difícil de imaginar. Sin embargo, Nobu eligió el camino de la espiritualidad y encontró refugio en el dharma, combinando arte y devoción para expresar lo efímero e ilusorio de la existencia humana. Se hizo monja budista zen, adoptando el nombre de Rengetsu, que significa «Luna de Loto» y, en su nuevo camino existencial, descubrió al mundo su alma poética, dejando su impronta como calígrafa, ceramista y pintora en bellos objetos cotidianos.

Ōtagaki Rengetsu nació en Kioto en 1791. A partir de los 11 años, experimentó de manera dolorosa la impermanencia, sufriendo las sucesivas pérdidas de sus seres más queridos. A los 33 años, y un día antes de la muerte de su segundo marido, decidió apartarse totalmente de la vida secular y hacerse monja. Junto a su padre, que también se había ordenado monje, y a sus entonces dos únicos hijos vivos, un niño y una niña que murieron con 7 y 5 años, se retiró a Makuzu-an, uno de los templos del gran complejo budista de Chion-in, sede del budismo Jōdo shū fundado por Hōnen.

La obra de Rengetsu está sin duda marcada por esas pérdidas, pero también por su formación exclusiva, propia de la clase samurái a la que tuvo acceso gracias a su familia adoptiva. Cuando tenía 7 años sus padres la enviaron a servir al castillo de Kameyama, cerca de Kioto y allí, durante los nueve años siguientes, aprendió artes marciales, caligrafía, literatura, poesía, la ceremonia del té, danza, el arte de coser y del ikebana (arreglo de flores). Una educación basada en la disciplina, uno de los pilares de la cultura samurái, llegando a ser maestra ninja y considerada desde muy joven una guerrera, que sin duda lo fue en los demás aspectos de su larga vida. Tras completar su formación, Rengetsu regresa al templo Chion-in, donde vive y trabaja con su padre.

A los 42 años, tras la muerte de su padre, Rengetsu se queda completamente sin vínculos familiares. Las monjas solas y sin familia no podían quedarse en los templos, así que se ve obligada a abandonar Makuzu-an y buscarse otro medio de vida. Vive en cabañas de la zona de Okazaki, en Kioto, cerca de los santuarios, y aprende a hacer cerámica de manera autodidacta, observando a otros artistas.

Viajera incansable y desapegada, se dice que llevaba todos sus enseres en una pequeña maleta con los utensilios indispensables para sobrevivir haciendo cerámica. Creaba objetos de la vida cotidiana, los decoraba con sus poemas y los vendía para su sustento. Los materiales eran accesibles, barro y agua, que además de baratos estaban al alcance de sus manos. Todo lo demás, inspiración y alma poética, sobradamente la acompañaron el resto de sus días.

Los poemas de Rengetsu eran del género waka clásico, siguiendo el patrón de 31 sílabas en versos de 5 líneas siguiendo la cadencia 5-7-7-7-7 y que se caracteriza por una gramática compleja y por emplear referencias literarias e históricas. Es un tipo de poesía con una larga historia en Japón y cuya composición requiere una fundamentada educación literaria.

Rengetsu eligió esta forma poética para expresar artísticamente conceptos budistas profundos, como la impermanencia de todas las cosas, así como la alegría y la tristeza, su fascinación por la luna llena de otoño y su conexión con la naturaleza, en la que se sentía integrada.


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